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Emergencia climática, emergencia política

Pocos problemas son tan fácilmente identificables como el cambio climático, cuyo freno depende de una acción política conjunta y drástica hoy ausente

Sólo la recuperación del bien común y su preeminencia sobre los espurios intereses individuales podrá acabar con la catástrofe anunciada de nuestros días

Jóvenes dan comienzo a la semana de acciones por el clima frente al Congreso

EFE

Las elecciones generales se acercan en España y ninguna de las grandes problemáticas que afectan de verdad al conjunto de la ciudadanía está sobre la mesa. Llama especialmente la atención la ausencia del debate climático, y más teniendo en cuenta que la situación en la que nos encontramos ya, ahora mismo, en estos precisos instantes, es dramática. A la acumulación de catástrofes naturales se añade la evidencia palmaria a nuestro alrededor de las consecuencias más directas del calentamiento global. Escribo estas líneas a finales de octubre y principios de noviembre en manga corta y mientras el río más cercano, el otro gran Tajo, se ha convertido en apenas un riachuelo desfigurado. La emergencia climática no es un eslogan, es la descripción de una realidad cada vez más amarga y, sobre todo, real.

Las causas de esta catástrofe que ya es actual y no imaginada son de sobra conocidas y todas fácilmente identificables por la acción del ser humano; una acción que se desenvuelve, además, amparada y potenciada por un sistema económico ilógico, tendente a la hiperconcentración y al deterioro de todas las formas de vida. Los muros de nuestra "casa común" se desmoronan delante de nuestros propios sentidos, pero somos incapaces de reaccionar colectivamente, de manera drástica y determinante. Colectivamente, reitero, porque el cambio climático no es un problema individual, sino que afecta al conjunto de las comunidades políticas en las que vivimos quienes habitamos esta gran "casa común" llamada Tierra. Y es un problema que no puede ser tampoco solucionado individualmente, sino a través de la acción común y colectiva, es decir, a través de la política. Aunque sean loables y necesarios los cambios de comportamiento individuales, el freno drástico al cambio climático sólo puede venir dado por la toma de decisiones políticas de envergadura que afecten al corazón del sistema económico.

He aquí la primera clave de la cuestión: únicamente la defensa del bien común, que se identifica en este ámbito con la defensa misma de nuestra supervivencia, puede evitar que la emergencia climática se instale definitivamente y cambie por completo las condiciones mínimas de la vida humana. El compromiso contra el calentamiento global ha de ser también, de este modo, un compromiso político con la dirección del bien común que, hoy por hoy, se residencia esencialmente en el poder político de los Estados y en su concierto internacional. Las conductas aisladas y las muestras individuales de ecologismo no sirven para el objetivo último que se proponen si el sistema político, que es el que de verdad tiene actualmente capacidad de modificar los rumbos colectivos, sigue mirando para otro lado. Ante la emergencia climática de poco vale el aforismo de "soluciones locales a problemas globales": se necesitan soluciones globales a problemas que son también globales. De poco o nada vale, asimismo, el espaciar esas posibles soluciones, en fragmentarlas o graduarlas, porque la emergencia es ya de tal envergadura y actualidad que sólo puede ser enfrentada con medidas correctoras determinantes y decisivas. Y aquí reside la segunda clave.

Si la acción ha de ser colectiva y común, política al fin y al cabo, y si esa acción ha de ser drástica y quirúrgica, ¿puede protagonizarla el poder político con el sistema económico actualmente vigente? La respuesta ha de ser necesariamente negativa por cuanto es ese sistema la causa y el impulso del mismo problema al que se le quiere dar solución. La respuesta ha de ser política para ser colectiva y decisiva, pero para ser ambas cosas necesita incidir en el corazón mismo del capitalismo. Cuando es éste el que controla y dirige a la política, y no al revés, el conjunto de soluciones para atacar radicalmente (de raíz) la emergencia climática se vislumbra inalcanzable, una mera ensoñación utópica. Si la causa de los niveles de contaminación insalubre en las grandes ciudades es el uso desmedido de los coches, ¿por qué no se limita radicalmente su utilización? Si las centrales térmicas son responsables de una parte considerable de las emisiones contaminantes que causan el calentamiento, ¿por qué no se cierran todas mañana mismo? Si las transnacionales esquilman los recursos del planeta y acaban con sus reservas biológicas más preciadas, ¿por qué la comunidad internacional, los Estados, no las frenan? Si nuestro modo de vida es incompatible con la vida misma, si los niveles de consumismo acelerado superan los límites biológicos de nuestro planeta, ¿por qué no existe una acción colectiva y política que incida en la necesidad de imponernos límites?

Por eso hemos de recuperar la preeminencia del bien común, del interés público, sobre la amalgama de espurios intereses privados que impiden la posibilidad de imponer un freno drástico a una emergencia que es también común a todo el género humano; una emergencia que no es sólo climática, sino también política. Y que está afectando de manera especial a los más pobres, a los desprotegidos, a los eternos olvidados. Millones de desplazados climáticos ya nos anuncian un infausto futuro (cercano), y no habrá bochornosas componendas ni inhumanas concertinas que puedan pararlos. El Papa Francisco, en su Encíclica ecologista Laudatio Sí, es claro al respecto: "La falta de reacciones ante los dramas de nuestros hermanos y hermanas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil."

La sociedad civil se funda en la fraternidad, en la corresponsabilidad de una comunidad política compartida. De Aristóteles a Arendt, todos los clásicos del pensamiento político que nos han precedido lo han defendido, lo han reiterado. Y casi todos nosotros, ante una crisis que nos amenaza como especie misma, parece que lo hemos olvidado. No estoy hablando de ningún ismo, de ninguna ideología a la izquierda o a la derecha del espectro; estoy simplemente recordando que, si vivimos en comunidad, y lo hacemos porque somos animales políticos, el interés de esta comunidad está por encima de los beneficios económicos de una parte insignificante de sus miembros, por muy adinerados que sean. Es completamente irracional que el conjunto de las relaciones económicas y políticas se guíen, como se guían hoy, por el interés de unas oligarquías cada vez más concentradas y cuyo capital, por si fuera poco, se debe más a la suerte de la herencia parasitaria que al esfuerzo del mérito y la capacidad.

O enderezamos el rumbo colectivo de una economía pensada para unos pocos y que se cree separada de la política, aun dominándola con sus opacos y oscuros instrumentos, o no habrá solución a corto ni largo plazo para la gran y verdadera crisis que ya nos afecta a todos. La salida a la emergencia climática sólo podrá ser política, común; y esperemos que sea, además, democrática. De momento, y más en una España paralizada, se vislumbran pocas esperanzas.

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