Los grandes mitos universales como guía para la vida
De un tiempo a esta parte, sobre todo a raíz del éxito de Irene Vallejo con El infinito en un junco (2019), el mundo antiguo y la cultura grecolatina, tanto en sus obras originales como en forma de nuevas reinterpretaciones, han vuelto a las mesas de novedades de las librerías y dan pie a no pocas adaptaciones dramáticas o audiovisuales. No es casual: en las épocas de incertidumbre, el ser humano tiende a buscar respuestas en ese pasado que parece inmutable, fijo, seguro. Nada como los mitos, los grandes relatos fundacionales, para tener un referente al que aferrarse, una fuente de inspiración o de simple confort.
En los años noventa, dos investigadoras con experiencia en psicoterapia clínica vieron el potencial del mito para explicar los misterios de la vida y hacer más soportables sus tormentos. En realidad, el fenómeno no era nuevo –Platón recurría a mitos para ilustrar sus teorías, Jesús enseñaba mediante parábolas–, pero ellas, Liz Greene (Nueva Jersey, 1946) y Juliet Sharman-Burke (Londres, 1947), supieron adaptarlo para sus coetáneos. El resultado fue Sabiduría mítica (1999; Errata naturae, 2025, trad. Mario Lamberti), una suerte de guía erudita que, tomando mitos de diferentes tradiciones, analiza cómo estos pueden ayudar a meditar sobre cada etapa, desde la concepción hasta la muerte.
Porque, en lo esencial, no hemos cambiado tanto. El libro se divide en cinco bloques, siguiendo un hilo cronológico: los orígenes familiares y la infancia, el viaje iniciático del joven, el amor y las relaciones, la vocación profesional y el poder, y la vejez y el último viaje. En cada uno se narran diversas historias que muestran distintas escenas arquetípicas, acompañadas de un comentario que las traslada al presente. Ejemplos de mitología griega, romana, egipcia, nórdica, hindú o maorí, historias bíblicas y materia artúrica, entre otros; una diversidad que, por un lado, refleja la enorme riqueza cultural colectiva, y, por otro, revela que, en el fondo, no somos tan diferentes.
Del nacimiento al viaje iniciático
En el comienzo hubo una familia, o algo parecido. La relación entre padres e hijos es el primer conflicto que cada uno afronta en la vida: en ocasiones son las expectativas que los padres han puesto sobre los hijos, como Tetis, diosa del mar y por lo tanto inmortal, que no quería resignarse a ver morir a su hijo, el mortal Aquiles; otras veces es dejarles ir cuando crecen, algo que a un padre como Enopión le cuesta asumir, por lo que niega la mano de su hija a los pretendientes, que nunca le parecen lo bastante buenos para ella; o la rivalidad entre padre e hijo, como Teseo, celoso del joven hijo hasta el punto de echarlo de casa (del reino) por temor a que lo suplante en belleza y vigor ante su nueva esposa.
Pero la familia va más allá del nido: la historia de Poia, recogida por los Pies Negros de Norteamérica, habla de la superación de un trauma generacional a partir de la conexión entre abuelo y nieto. Entre los hermanos, imagen de amor incondicional y de envidias, no podían faltar Caín y Abel, lastrados por el (siempre injusto) favoritismo paterno, ni los competitivos Rómulo y Remo; pero está asimismo la leal Antígona, que pone sus principios y el amor a su hermano por delante de su propia seguridad.
Cuando el muchacho crece, llega el desafío de convertirse en adulto. Este rito de paso puede conducir a un camino espiritual, como le ocurre a Siddharta, que siente la llamada de una vocación más grande que los planes que su padre el rey tiene para él, y se atreve a seguir su instinto y a renunciar a las comodidades; salir del nido es, al fin, enfrentarse por uno mismo a los obstáculos que llevarán a la autonomía personal. Otros, en cambio, son más inmaduros, como Parsifal al comienzo de la búsqueda del Grial, o tienen metas inalcanzables y deben aprender a aceptar sus limitaciones, como al héroe Gilgamesh.
Las relaciones afectivas y la realización profesional
No hay duda: el amor y las relaciones ocupan un lugar central en la existencia. Un sinfín de mitos exploran el despertar sexual, la pasión, el matrimonio, la ruptura o la deslealtad en la pareja, entre otros conflictos. El libro recoge el relato del bello Narciso, demasiado pagado de sí mismo para ser capaz de amar a otro; de la diosa anatolia Cibeles, posesiva de su hijo hasta el punto de obligarlo a hacer un voto de fidelidad absoluta que trae unas consecuencias trágicas; o del mago Merlín, que lo pierde todo cuando se enamora, en un mito que representa el riesgo de confundir el valor de la persona con el de sus posesiones.
El triángulo es otro motivo que no podía faltar, comenzando por Zeus, al que las autoras describen como “el arquetípico adúltero en serie”, casado con “la arquetípica esposa celosa”, Hera. Mientras él se deja llevar por el deseo incontrolable, ella es lo bastante astuta para tramar venganzas en contra de sus amantes. Ambos reflejan “dos dimensiones de la psique humana permanentemente en guerra”, pero el “reír juntos” los reconcilia. Otras historias ofrecen una muestra de integridad, amistad y amor profundo, como el triángulo conformado por el rey Arturo, la reina Ginebra y Lancelot; o de lealtad inquebrantable en contra de todo y todos, como la de Penélope esperando el retorno de Ulises.
La otra cara de la vida adulta se centra en la función social, la autosuficiencia, la gestión del poder y los recursos. El mito celta de Lugh habla de la perseverancia en la búsqueda de vocación, que a menudo implica adquirir diversas habilidades y saber adaptarse a las circunstancias; el relato griego de Aracne evidencia el peligro del orgullo, con una joven tan vanidosa que es incapaz de llevar su don con modestia y se atreve a retar a la misma diosa que le ha concedido ese talento; y otro clásico griego, el rey Midas, ejemplifica como ninguno que las riquezas no garantizan la felicidad, y que hay que tener cuidado con lo que se desea.
El final del camino
A diferencia de lo que sucede en la sociedad occidental, la mitología no teme abordar el último viaje: la vejez, la enfermedad, el dolor, la muerte. Puede resultar desgarrador o bien convertirse en un proceso de autodescubrimiento que dota de un nuevo sentido la existencia. El Job bíblico, con sus duras pruebas, encarna el emblema de un anciano que acepta con pundonor los reveses de la vida, y sin perder la fe en Dios, que en el mundo laico puede interpretarse como esperanza en el futuro. El mito de Eurídice y Orfeo, por su lado, ilustra lo que ocurre cuando se es incapaz de aceptar la pérdida, la desesperación de aferrarse a lo imposible, y de la que hoy el mercado se aprovecha.
El pacto de Fausto con el diablo revela la fragilidad de apostarlo todo a lo externo –la sensualidad, la vanidad– en lugar de trabajar el crecimiento interior, que es lo que dará confianza y bienestar cuando los placeres de la carne se agoten. El relato de Maui, de origen maorí, cuenta la osadía de un héroe que se cree por encima de la muerte, lo que hoy adquiere la forma de promesas de conservación criogénica y de elixires milagrosos. Para concluir, el libro se cierra con el mito hinduista de Indra y las hormigas, un relato que recuerda esa verdad universal de que, en la despedida, reyes y humildes se igualan. Nadie puede escapar a la muerte, aunque algunos tengan más recursos para retrasarla.
Esto es solo un pequeño aperitivo de lo que contiene esta fascinante Sabiduría mítica, una lectura que, más allá de que se tome como guía o no, resulta instructiva por la cantidad de tradiciones que recoge y logra despertar la curiosidad por profundizar en el conocimiento de diferentes mitologías. Es una reconciliación con los saberes clásicos, que se presentan de una manera más amena y dinámica que en una compilación más convencional. Liz Greene y Juliet Sharman-Burke consiguen algo nada fácil, como es presentar de forma original y en otro contexto unas historias de sobra conocidas.
Los mitos, ya se sabe, son arquetipos, llevan las situaciones y los personajes al extremo; abundan en la perversión, la violencia y la pasión desaforada, con frecuencia conducen a destinos trágicos, de castigo y muertes crueles. Por eso mismo, a su lado, las flaquezas y contratiempos humanos se relativizan, y es posible consolarse al pensar que, de hecho, no somos los primeros en pasar por un determinado trance, ni es lo peor que nos puede ocurrir. Los dioses (y los demonios) contemporáneos están en la mente humana, y leer buenos libros siempre ha sido un antídoto para, como mínimo, mantenerla despierta.
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