La suspensión de pagos de la deuda rusa revela las primeras fisuras en la coraza financiera del Kremlin

Moody's confirma impago de Rusia sobre dos eurobonos por 100 millones

La historia económica rusa desvela dos episodios de suspensiones de pagos en sus obligaciones de deuda soberana. La primera en enero de 1918, tras el triunfo de la Revolución Bolchevique, diez meses antes de que Alemania firmase el armisticio que puso el epitafio a la Primera Guerra Mundial, cuando Vladimir Lenin se negó a reconocer ante los acreedores los compromisos de endeudamiento de la época zarista. La segunda, en 1998, seis años después de la extinción de la URSS cuando, acosada por la reconversión industrial y tras cinco crisis de gobierno, Moscú se confabuló con Occidente para abordar una reestructuración ordenada de sus pagos.

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Si se tiene en cuenta que el default de 1998 obtuvo el beneplácito occidental, y la tutela y la liberación crediticia de ayuda de las instituciones multilaterales, la suspensión de pagos que los mercados atribuyen al Kremlin desde el pasado 27 de junio es el primer conflicto de la deuda rusa en 104 años. El estado superó el periodo de gracia de 30 días para restituir los 100 millones de dólares de intereses pendientes de cobro debido al veto occidental al empleo del billete verde americano en las transacciones de origen ruso.

El primer impago de la Rusia de Vladimir Putin deja traslucir las fisuras estructurales de las sanciones económicas y monetarias contra Moscú y la exitosa artimaña impuesta desde el Banco Central de Rusia y el Ministerio de Finanzas para eludir el cerco financiero con la exigencia de cobrar en rublos por sus flujos comerciales. Rusia ha conseguido mantener la venta de sus servicios energéticos, el petróleo y el gas siberiano, que ha forjado la fósil-dependencia de las economías europeas durante décadas y que ha retrasado el veto total de la UE a los suministros de su vecino oriental.

Pero, ¿qué consecuencias tendrá esta insolvencia no reconocida por Moscú sobre su autárquico mercado doméstico? ¿Y en la esfera financiera internacional?

La habilidad rusa para continuar remunerando a sus acreedores internacionales a través de los ingresos recabados en su divisa nacional por sus ventas comerciales, pese a tener congeladas la mitad de sus 640.000 millones de dólares atesorados en moneda foránea por su banco central, empezó a emitir síntomas de agotamiento a finales de mayo. A raíz de la decisión de la secretaria del Tesoro americana, Janet Yellen, de prohibir que bancos estadounidenses siguieran canalizando pagos de deuda. Es decir, de acabar con la licencia bancaria de cobro de bonos rusos denominados en dólares, cuyo plazo expiró el 25 de mayo.

La maniobra de Yellen resulta paradigmática porque supone elevar un muro infranqueable por el que los acreedores renuncian a percibir retornos de sus recursos como tenedores de bonos rusos. Sin embargo, su receta parece haber empujado efectivamente a Rusia al default, como avanzó de forma expresa Moody’s. De nada sirvió que el titular de Finanzas, Anton Siluanov, se afanara en recalcar que había dado instrucciones claras para sufragar todos los cupones de pago de los 117 millones de dólares por el embargo occidental al uso de transferencias en billetes verdes. Desde el G-7, en su reciente cumbre en los Alpes alemanes, fuentes estadounidenses se vanagloriaban de “la eficiencia” sancionadora de EEUU y sus aliados y el “dramático impacto” al que iban a someter a la economía rusa.

En mayo, el rublo ha retrocedido un 23,4% frente al dólar. A pesar de la aclaración de Siluanov de que los vencimientos de la deuda en rublos “ofrecían la opción inmediata de su conversión a la divisa original” -es decir, en dólares-, los acreedores parecen haber aceptado los impagos como una alternativa ineludible. Mientras, el G-7 sopesa otra ráfaga de represalias que podrían incluir topes de tarifas a la energía rusa. Se trataría de la prohibición del transporte de petróleo y gas que excedan de un precio predeterminado y que una parte de los aranceles obtenidos de bienes made in Russia sirva para financiar el apoyo económico y militar a Ucrania.

Una vía de escape en la resistencia a las sanciones

Los analistas empiezan a poner en tela de juicio la capacidad del escudo protector de Rusia a las sanciones, amparadas en la necesidad imperiosa de Europa de adquirir gas y petróleo de Siberia, y la habilidad de Putin para manejar la energía como arma diplomática de primer orden con la que dividir a la UE y gestionar escaladas de precios a su antojo. La estabilidad de los mercados no está puesta en entredicho ni se espera un tsunami sistémico por esta suspensión de pagos soberano -escribía un editorial de Financial Times-, pero eleva el grado de preocupación sobre las deudas corporativas por los signos de colapso del rublo y la exclusión de sus empresas y del Gobierno ruso de la financiación internacional, así como la profunda recesión de su PIB.

“El impago de los cupones de bonos rusos es otro síntoma del daño que se ha infligido a Rusia”, precisa el FT y el fruto “más exitoso de las sanciones”, como lo revela la satisfacción que parece reinar en las cancillerías occidentales ante la morosidad sobre intereses de deuda a acreedores de sus propias latitudes. Hecho insólito ante el que recuerda que, en la suspensión de pagos de 1998, con reestructuraciones de deudas bajo una negociación concertada global e iniciada con suma e inusitada celeridad, se envió a la quiebra a varios hedge funds. Son pocos los inversores que especulan con bonos rusos desde 2014, pero resultan numerosos los que han invertido en activos vinculados a las reservas de gas y petróleo y en acciones de empresas energéticas rusas, ante la “relativa seguridad” de un modelo de autarquía económica que ha sabido, hasta ahora, capear las sanciones de EEUU y sus aliados y los escasos nichos rentables en los mercados desde el inicio de la guerra.

Para más inri, Moscú ha declinado acudir a la inmunidad soberana para solventar los pagos, una herramienta que habilita a los estados a acudir a la Justicia; en estos casos, a las cortes de arbitraje. Pero ningún juez parece en condiciones de permitir a los inversores acceder a activos rusos en el exterior o de garantizar que puedan renegociar sus compromisos, como se puede observar con el incremento de las coberturas de Credit Default Swaps (CDS), fórmula que resulta habitual en los mercados en estos supuestos y que hace acopio de miles de millones de dólares hasta que se produce una definición precisa de cada default, que cifre con exactitud las indemnizaciones. En una época en la que, en paralelo, se ha catapultado la deuda corporativa del sector privado ruso que, entre bonos y préstamos, ha adquirido vencimientos superiores a los 150.000 millones de dólares, más de 7,5 veces más que la losa de endeudamiento soberano del país en manos extranjeras, la mitad de los 40.000 millones de sus bonos oficiales.

Bien es cierto que las reservas de divisas extranjeras y oro rozan el billón de dólares -en concreto, los 922.000 millones-, pero el G-7 también baraja repeler el uso de lingotes de procedencia rusa como moneda de cambio. Y las deudas se acaban pagando. Moscú terminó de sufragar la zarista, repudiada históricamente, ya en 1996, dos años antes de su suspensión de pagos heredada de la Unión Soviética. Como ésta, sin predisposición negociadora ni el as de la reestructuración de las obligaciones en la manga, y con unos incrementos de los CDS del 80% en los contratos de seguros revisados esta semana, según datos de S&P, que augura que este impago será el primero de una sucesión de ellos este año, admite el Credit Derivatives Determinations Committees, uno de los lobbies de las industrias de fondos y bancos de inversión, donde no han tardado en dar credibilidad al impago de esta semana y a arrogarse “la declaración de suspensión de pagos rusa a su debido tiempo”. Los cánones bursátiles precisan que el cartel de default se cuelga de un país una vez el 25% de sus tenedores de bonos admite que no ha recibido sus pagos.

La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, ha querido, sin embargo, mandar un mensaje de tranquilidad a los inversores, al enfatizar que el impago ruso no ocasionará ninguna relevancia sistémica. Si bien otra de las voces más autorizadas de la arquitectura multilateral, la economista estadounidense de origen cubano, Carmen Reinhart, economista jefe del Banco Mundial, afirma que añadirá “nuevos riesgos” a un mundo en pleno cambio de orden internacional y “cada vez más convulso” desde el inicio de la guerra con Ucrania. En especial, en los mercados emergentes y en desarrollo, donde arraigarán con mayor virulencia la crisis alimentaria, energética y del resto de materias primas. Reinhart recuerda que entre 2010 y 2020, hasta la Gran Pandemia, la deuda externa vinculada a exportaciones de bienes y servicios se duplicó con una excepcional década de tipos de interés próximos a cero.  

En Bloomberg Economics auguran unos números rojos del 9,6% en Rusia en 2022, con una caída del 15,7% en el periodo estival en términos interanuales, lo que induce a avanzar que los daños colaterales de mayor enjundia se están iniciando estos meses. Los cálculos de Moscú son de una contracción de entre el 6% y el 8% de una economía acostumbrada a la autarquía desde 2014 tras las represalias occidentales por la invasión de Crimea. Todavía de más calado será el receso en el PIB ucranio, con un desplome del 45% según el Banco Mundial.

Varias empresas energéticas europeas, como Shell Oil o BP, se encuentran dentro del millar de firmas que han abandonado el mercado ruso en los cuatro meses de conflicto armado. Pero las del sector petrolífero y gasístico permanecen aún de forma sistemática. Por ejemplo, la francesa Total Energies ha anunciado que no dejará de comprar a Rusia hasta finales de este año, dando pábulo aún a la resistencia europea a poner coto a las entregas de hidrocarburos rusos que hasta ahora suponen el 30% del circuito de derivados petrolíferos y el 40% de los gasísticos. Mientras, Moscú amenaza con parar el Nord Stream I e iniciar un escenario de interrupción completa de los flujos de energía a Alemania.

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