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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

La guerra que no todos perdimos

El escritor David Uclés, tras ganar el Premio Nadal con 'La ciudad de las luces muertas'

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Prometía ser un encuentro literario de alto nivel, pero se ha convertido en el epicentro de una agria disputa. El ciclo de conferencias coordinado por el académico Arturo Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra fue cancelado tras una cascada de renuncias a participar.

Todo comenzó con la renuncia a participar de David Uclés, que expuso como motivo la presencia en el programa del expresidente José María Aznar y del exdirigente de Vox, Iván Espinosa de los Monteros. Para Uclés, compartir espacio con figuras que, a su juicio, han vulnerado derechos fundamentales, supondría una traición a sus principios y a la honestidad de su obra. A esta renuncia le siguió la del coordinador federal de Izquierda Unida, Antonio Maíllo. Tras este, le siguieron las de otras personalidades.

Siempre he tenido la duda de si participar en charlas o conferencias en las que, de partida, se blanquea el fascismo es un acierto o un error. Y es que el ciclo de conferencias comenzó mal con su título: “1936: La guerra que todos perdimos”.

Días después de que estallara todo, Pérez-Reverte escribió en su red social: “Sin duda hubo un bando vencedor y un bando derrotado; pero todos los españoles perdimos mucho: la libertad, la justicia, el progreso, los derechos civiles, la liberación de la mujer, la dignidad y la democracia”. Sin embargo, la realidad es que esa democracia, esa libertad, esos derechos humanos, los perdieron solo los que lucharon para defenderlos. Hubo una parte de la población que no perdió nada de eso porque no quería nada de todas esas cosas. 

A esto le acompañó un artículo titulado “La guerra que todos seguimos perdiendo”. Al decir que “todos perdimos” diluye la responsabilidad específica del bando golpista. Reverte presenta el conflicto como un “destino trágico” en lugar de como el resultado de decisiones políticas y militares concretas, lo que resta rigor al análisis histórico. El artículo fracasa en su intención de presentarse como un baluarte de la libertad de expresión porque no acepta la libertad de asociación. 

Hay cierto ejercicio de cinismo frente a las familias que, noventa años después, siguen buscando en cunetas y fosas los restos de sus familiares. No pierde igual quien escribe una columna en un gran diario nacional que quien debe recurrir a la justicia internacional para recuperar el cuerpo de un abuelo. Mientras los vencedores pudieron enterrar, honrar y dignificar a sus muertos desde 1939, una parte de España sigue perdiendo la batalla por el derecho al duelo. Para estas personas, la guerra no es una metáfora intelectual, es un duelo suspendido por decreto.

La “pérdida común” se desmorona con la pervivencia de la simbología franquista en el espacio público. No es una pérdida compartida cuando un familiar de un represaliado madrileño debe caminar cada día bajo una placa que reza “Calle de los caídos de la División Azul” porque un alcalde se niega a aplicar la Ley de Memoria Democrática. La existencia de estas calles es la prueba de que la guerra, para algunos, se sigue ganando (en forma de honor público) y para otros, se sigue perdiendo (en forma de humillación cotidiana).

Muchos acusan a Uclés de sectarismo e incoherencia por retirar su asistencia. Señalan que no tiene reparos en publicar con el Grupo Planeta (donde también publica Aznar) o en aceptar premios con nombres de raigambre falangista, como el Nadal. Estos argumentos son, cuanto menos, endebles. 

Que un escritor comparta una plataforma comercial (por ejemplo, una editorial) con alguien no implica que valide sus ideas. Bajo esa lógica, ningún autor podría publicar en grandes grupos editoriales, Amazon o vender en librerías donde existan libros de ideologías opuestas. Es una exigencia de pureza absoluta que haría imposible cualquier actividad profesional en el mundo contemporáneo para un escritor. Estar en el mismo catálogo editorial (Planeta) es una relación comercial indirecta. Uclés no colabora con Aznar por el hecho de que sus libros compartan almacén. La posible equiparación con el ciclo de conferencias sería si Uclés escribiese un libro junto a Aznar, pero no es el caso.

Respecto al argumento sobre el Premio Nadal, aunque su nombre rinde homenaje a Eugenio Nadal (redactor de la revista falangista 'Destino'), el premio ha evolucionado durante 80 años hacia una institución literaria plural. Ganar un premio no significa suscribirse a la ideología de la persona que le dio nombre hace casi un siglo. Los críticos intentan establecer un anacronismo: juzgar una decisión de 2024 basándose en el contexto de 1944. Además, rechazar el Nadal por su origen obligaría a rechazar casi cualquier institución española que sobreviviera o naciera durante la dictadura, lo cual es un argumento reduccionista. Por esa regla de tres no podríamos escuchar el Concierto de Año Nuevo ya que fue una creación nazi. Tampoco podríamos vestir ropa de Hugo Boss por haber hecho los uniformes de las SS, ni conducir un vehículo Volkswagen.

Se ha señalado las supuestas incoherencias de Uclés para presentarlo como un “izquierdista de salón”. Sin embargo, este argumento es igual de reduccionista que los anteriores. Sugiere que, para tener una posición ética sobre la memoria histórica, un autor debe vivir en la indigencia o fuera del sistema comercial. Es una forma de silenciar cualquier crítica social: si tienes éxito, eres un hipócrita; si no lo tienes, eres un resentido.

He llegado a leer columnas críticas con Uclés tituladas “El fascismo de los antifascistas” en las que la autora centraba la crítica en el supuesto ego del autor, evitando responder a la pregunta central: ¿es éticamente problemático que un congreso histórico sea copado por políticos en activo de ideología marcadamente sesgada? El artículo se centra en el ataque personal y no en la discusión de principios. Aunque lo más complicado de entender es lo de calificar de “fascismo” que un escritor decida, por voluntad propia, no asistir a un evento. Llamar “fascista” a quien ejerce su derecho a no compartir espacio con Aznar es una pirueta semántica que busca escandalizar más que analizar. 

Participar en un congreso, sentarse en la misma mesa y compartir un cartel publicitario sí implica una acción conjunta y una validación del espacio de debate propuesto. Por ese motivo, participar de este tipo de conferencias siempre me ha generado muchas dudas y pocas certezas.

La tesis principal de una de las participantes que renunció a asistir es que la cancelación supone una derrota para la convivencia. Grosso modo argumenta que evitar el encuentro empobrece la democracia, asume que cualquier foro es constructivo. Sin embargo, no aborda el argumento de fondo de Uclés: la diferencia entre un diálogo académico y un acto de propaganda. Al invitar a políticos en activo o de primera línea a un ciclo cultural, el diálogo corre el riesgo de convertirse en una plataforma de legitimación política. Para que un diálogo sea real, debe haber un consenso mínimo sobre la verdad histórica y un respeto escrupuloso por la libertad de los participantes. 

A pesar de todo esto, sigo teniendo más dudas que certezas respecto a la asistencia a este tipo de actos. Lo que sí tengo claro es que, noventa años después, la Guerra Civil sigue siendo una cuestión en la que el consenso sobre nuestro pasado sigue siendo una asignatura pendiente. Seguir creyendo que el proceso llamado 'Transición' cerró alguna herida es un error, mucho menos aún en los últimos tiempos en los que el revisionismo y blanqueamiento del franquismo es una realidad.

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