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Paula Franco, fundadora de Organic.Studio: “Puedes usar algo que desechas, transformarlo y volver a darle una segunda vida”

Paula Franco, fundadora de Organic.Studio, en su laboratorio

María Laura Ferreira Niño

Donostia —

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Paula Franco Hernani (Usurbil, 2000) se considera más de ciudad que de pueblo desde que se mudó a Donostia a los 16 años. Se licenció en Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid, una etapa de aprendizaje que disfrutó enormemente, pero que también le dejó una persistente sensación de vacío. Sentía que la carrera se había quedado anclada en metodologías del pasado —“olía a antiguo”— y echaba en falta herramientas de creación contemporáneas, como impresoras 3D o cortadoras láser, así como materiales alternativos que fueran más allá de las tradicionales piedras, maderas, resinas o siliconas.

Esa búsqueda de nuevos caminos la llevó a cursar un programa de Biodiseño en Bilbao, en el Bio Design Center. Allí descubrió la intersección entre el diseño y la biología y aprendió a trabajar con biomateriales, diseño 3D y tintes naturales. Tras ejercer como docente del programa al año siguiente, Paula regresó a Donostia decidida a asentarse y poner en práctica todos sus conocimientos en un espacio propio. Sus primeros experimentos nacieron en un semisótano de apenas cinco metros cuadrados y sin ventilación, donde la rápida descomposición de los materiales llegó a resultar peligrosa. Esto la impulsó a diseñar un plan de negocio para abrir un estudio adecuado.

Tras dos años intensos de emprendimiento en solitario, sostenido gracias a la docencia y al apoyo familiar, Franco se prepara para afrontar el tercer curso de su estudio en la calle Egia 1, donde recibe a este medio con una sonrisa en la cara. Lo que empezó siendo una obsesión personal con la piel, se ha convertido en un espacio de experimentación para Franco, y de aprendizaje para quien desee participar en sus talleres y workshops.

Estudió Bellas Artes en la Complutense de Madrid, pero terminó adentrándose en el biodiseño. ¿Cómo fue ese paso de la escultura tradicional a experimentar con microorganismos y laboratorios?

Cuando empecé mi licenciatura, aunque fueron cuatro años muy divertidos, sentía que me faltaba algo. Me parecía una carrera antigua... Olía a antiguo. Me interesé mucho en volumen y escultura, que es donde empezó todo el interés por los biomateriales, pero echaba de menos otro tipo de material que no fuesen resinas, siliconas, madera o piedra. En el primer año de escultura estábamos ahí picando piedra; que sí, que hay que tocarlo, pero yo quería algo más digital, más tecnológico. Al terminar la carrera estudié Biodiseño en un programa que se llama Fabricademy, en el nodo del Bio Design Center de Bilbao. Allí vi un mundo de oportunidades al unir el diseño y la biología, y dije: “ostras, esto era lo que necesitaba”.

Su investigación con biomateriales comenzó por una motivación muy personal: quería reproducir la piel humana. ¿De dónde surgió esta búsqueda?

Yo soy una persona con problemas de piel. Tanto yo como mi familia hemos sufrido de acné, dermatitis, psoriasis... Digamos que la piel en mi caso ha sido espejo de todas mis emociones y ha transmitido el estrés muy bien. De pequeña esto me generó una especie de trauma, pero luego le di la vuelta y fue una inspiración para mis proyectos en Bellas Artes. Uno de estos, por ejemplo, fue colaborando con una dermatóloga del Hospital Ramón y Cajal en Madrid. Le propuse hacer una instalación artística y ella misma me dio contactos de pacientes que habían pasado por enfermedades cutáneas muy duras. Ahí empezó toda la investigación. Tenía mi habitación en Madrid llena de esquemas, que aquello parecía el FBI intentando encontrar un culpable. Para conseguir una escultura con volumen que tuviese esa textura de la piel, los materiales convencionales no me servían, entonces así llegué a mi primer biomaterial, la celulosa bacteriana, que empecé a cultivar en mi casa compartida en Madrid. ¡Pobrecillos mis compañeros! Eso es una kombucha y olía a vinagre. Estuvo tres meses cultivándose y al sacarlo era como una piel de pollo, pero al secarse disminuyó un montón y parecía cuero. Lo terminé presentando en el White Lab, dentro del Festival Art Battalion.

Tras estudiar en Bilbao y trabajar allí, decidió volver a Donostia y emprender sola. ¿Cómo nació físicamente Organic.Studio y qué ha supuesto llevarlo adelante estos dos primeros años?

Al volver a Donosti quise asentarme y ver qué hacía con todo lo que llevaba practicando. Empecé en un semisótano cerca de mi casa de casi no llegaba ni cinco metros cuadrados, en un garaje, sin ventilación. Ahí creaba mis primeros biomateriales y mi materioteca, pero al no tener ventilación todos los materiales empezaban a descomponerse y era un poco peligroso. Lo estudié con mi familia y surgió la idea de dar clases para poder pagar un local adecuado y grande, que hay que pagar todos los meses. Mi padre me ayudó muchísimo con el plan de negocio, que a mí se me quedaba gigante porque yo soy licenciada en Bellas Artes, no en números ni economía. Ha sido lanzarse a la piscina, pero estoy muy agradecida con mi padre por darme esas pistas y esa dirección. Estos dos años de emprendimiento han sido muy fuertes, muy duros. Crear algo desde cero sola es muy solitario y silencioso; te tienes que gestionar tú el tiempo y organizarte. Dar clases empezó como un motor económico, pero ha acabado en algo que me apasiona. De pequeña me imaginaba pintando cuadros sola en una habitación, muy solitaria, pero cuando entro a Organic.Studio me transformo, me encanta transmitir, enseñar mis conocimientos y hablar con la gente.

Para conseguir su materia prima colaboras con la hostelería local. ¿Cómo surgió esta colaboración y de qué manera ha logrado poner en marcha el proyecto?

Al final mi materia prima es el residuo de otros, y como no genero tanto en mi casa como para que eso sea mi material, fui a la hostelería local. Donosti es considerada una ciudad gastronómica importante y genera toneladas semanales de residuos. Estuve trabajando gracias a una subvención que me dio el Gobierno vasco, con la que empecé todo esto, y colaboramos con cuatro restaurantes en un proyecto que se llama Onda Vide: de residuo a recurso. En este proyecto colaboré con arquitectos, químicos, expertos en gastronomía del Basque Culinary Center y un filmmaker para la parte audiovisual, porque llevar las redes sociales toma muchísimo tiempo y a mí nadie me ha enseñado a grabar ni a comunicar. Para buscar a los restaurantes colaboradores subimos un vídeo a Instagram planteando la idea y recibimos bastantes mensajes; desde ahí nos fuimos acercando a estos cuatro restaurantes. Cada uno nos ofrecía un residuo diferente y estuvimos a lo largo de un año investigando sus propiedades para ver cuál funcionaba mejor.

Muestras de biomateriales de Organic.Studio

Ha decidido no añadir resinas sintéticas ni aceites tóxicos, buscando que sus piezas sean 100% orgánicas y compostables. ¿Es difícil defender la idea de que un objeto de diseño deba ser efímero y tener fecha de caducidad?

Mi mentalidad con todo esto es no seguir perjudicando al planeta. El plástico me parece un material exquisito, maravilloso, pero el problema es su sobreproducción. Por eso intento, y consigo, no añadir ningún producto químico ni perjudicial; evito resinas y aceites tóxicos, todo intenta ser 100% orgánico y compostable. Podría ponerle un poco de sintético para que dure, pero no quiero. Creo que es necesario que haya este tipo de materiales compostables y, además, si veo que funcionan, ¿para qué contaminar? ¿Para qué hacerlos más resistentes si en realidad quiero que sean materiales efímeros? Un material se puede descomponer en cinco meses si tú quieres, o durar tres años. Tengo piezas de tres años que no están intactas, se ve que tienen vida y que han sufrido un poquito la humedad o el clima, pero ahí está la imperfección. El biomaterial está en constante transformación. Cuando empiezan a ondearse, ya hay que llevarlos a otra vida: echarlos a la tierra o volver a cocinarlos, que también se puede.

¿Ve viable realmente un futuro en el que parte de las vajillas de un solo uso o el packaging de la hostelería se fabriquen con estos biomateriales?

Esta es la pregunta de oro, y a mí me exige mejorar cada día. No es fácil. Todo lo que conlleva investigación y es nuevo necesita tiempo. Poniendo en comparación el nylon que hoy se utiliza para casi toda la ropa, necesitó entre 15 y 20 años de investigación para llegar a un resultado claro. A día de hoy, el biomaterial es muy costoso de producir a grandes cantidades y todavía no hay un biomaterial con el que digas: “ya puedes hacer todo el packaging con esto”. Todavía necesita tiempo y, sobre todo, inversión, porque el plástico es súper barato y es muy difícil competir con él. Pero ahora todo el mundo habla de sostenibilidad y está como acojonado con lo que está pasando en el mundo, con el cambio climático y los destrozos por la alteración de todo lo que producimos. Hace falta un cambio. Es importante que el diseñador piense cuánto va a durar lo que hace y para qué necesita que sea de plástico; pensemos que hasta el microplástico ya está dentro de nosotros, en la sangre. A veces es frustrante sentir que quieres cambiar el mundo y luego sales fuera y el sistema funciona de otra forma, pero no tengo la fuerza de cambiar el mundo yo sola.

En sus talleres y workshops enseña a utilizar residuos cotidianos como materia prima. ¿Qué busca que se lleve la gente que asiste a su estudio?

A veces es muy difícil cambiar las cosas, pero por lo menos a la gente que viene aquí sí que quiero transmitirles otra forma de vista, que vean el residuo con otros ojos. En los talleres no solamente hablamos de residuos, hablamos de formas de crear y de construir con las manos. Intento transmitir que no hay por qué crear algo desde cero; puedes usar algo que desechas, transformarlo y volver a darle una segunda vida. A mí me parece maravilloso. Cuando realmente estás produciendo algo con tus manos, cambias; yo misma soy más cuidadosa con lo que tiro y uso. Además, siempre hay un intercambio de conocimientos muy chulo porque los alumnos también me enseñan a mí cosas; cuando vienen me cuentan que usan las cáscaras de huevo para tal cosa o que hacen tintes naturales de otra forma.

También ha lanzado el Kit DIY CaCO₃ para trabajar la biocerámica en casa. ¿Cómo logró adaptar este proceso de laboratorio a una cocina común?

Me encanta cómo me haces la pregunta porque el Kit CaCO₃ (que viene de carbonato de calcio) surge de pensar cómo meter todo esto en una cajita. La biocerámica es uno de mis materiales favoritos; es muy parecida a la cerámica de barro tradicional pero no necesita cocción, se seca al aire libre. Es muy fácil de manipular y con solo tres ingredientes ya puedes producirla: usamos algas combinadas con el carbonato de calcio del residuo de mejillón y la cáscara de huevo. Aparte de ofrecerte todo lo que necesitas, el kit te enseña paso a paso con un vídeo a desinfectar, secar y triturar las cáscaras de huevo que tú mismo generas en tu casa para que continúes experimentando en tu cocina. Le tengo mucho cariño a este proyecto y la gente que viene a los talleres de biocerámica se lo suele llevar a casa para seguir practicando.

Está a punto de comenzar su tercer año al frente del estudio. ¿Qué objetivos tiene marcados para este nuevo curso?

Vengo con muchas ganas tras unas vacaciones donde he intentado desconectar, que lo necesitaba. Tengo ganas de dar formación y de seguir investigando. Como objetivo concreto para finales de este año, me gustaría que la web que estoy desarrollando tuviese más cuerpo. Hasta ahora la gestión de reservas y la comunicación ha sido bastante caótica y un poco desastrosa: la gente me escribe por Instagram, por correo, por teléfono... Al tener una web que dé forma al proyecto, tendré a la gente interesada en algo concreto más organizada. Esta misma semana voy a lanzar la web, así que tendré que hacer marketing ahí y espero que de aquí a finales de año dé sus frutos.

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