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ANÁLISIS

Guaidó se la juega a un golpe de Estado… que probablemente pierda

Sea como fuere, Guaidó ha arriesgado muchísimo, quizás de manera innecesaria, pero también es posible que haya llevado a un punto de tensión tan alto a la élite oficialista que esta se haya planteado por primera vez sus posibilidades reales de supervivencia, y ello facilite una hipotética negociación

El presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó (c), participa en una manifestación en apoyo a su levantamiento contra el gobierno de Nicolás Maduro este martes, en Caracas (Venezuela).

Juan Guaidó (c) participa en una manifestación en apoyo a su levantamiento contra el gobierno de Nicolás Maduro este martes, en Caracas (Venezuela). EFE

No es sencillo dar un golpe de Estado. De hecho, la mayoría de ellos acaban fracasando por los motivos más variopintos. En un golpe que pretenda ser exitoso es conveniente tomar los aeropuertos, estaciones de ferrocarril, emisoras de radio y televisión y edificios gubernamentales clave, desde ministerios al palacio presidencial. Puestos a pedir, retener a figuras fundamentales del Estado, desde el ministro de Defensa al presidente, ayuda bastante a una consecución favorable del golpe.

Guaidó y Leopoldo López no consiguieron ayer ninguno de ellos. Antes de que saliese el sol en Caracas, el presidente encargado se plantó en las afueras de la base aérea de La Carlota acompañado de Leopoldo López, figura clave de la oposición hasta ese momento confinado en arresto domiciliario, un puñado de soldados y varios vehículos blindados. Desde ahí y a través de distintos vídeos en directo en las redes sociales, Guaidó llamó al “cese de la usurpación” y a una nueva fase de la llamada Operación Libertad, y para ello invitó a los militares a sumarse en lo que en la práctica suponía una llamada al alzamiento militar en todo el país para forzar la caída del Gobierno de Nicolás Maduro, acompañado de un masivo acompañamiento civil en las calles.

Apenas un día después de aquella jugada siguen siendo inciertos los pasos que debían venir después y, sobre todo, la probabilidad de que estos se diesen. Guaidó y López solo consiguieron pasar varias horas en un puente sobre la autopista protegidos por unas decenas de soldados y policías, esperando un alzamiento militar que nunca llegó.

No se conoce con exactitud qué llevó a una asonada en apariencia tan mal coordinada y con tan poco recorrido. Las informaciones más verosímiles apuntan a que este golpe estaba inicialmente programado para el día dos de mayo, justo después de las grandes marchas que estaban convocadas para el Día del Trabajo. Sin embargo, estas hipótesis también indican que Guaidó iba a ser detenido para entonces, por lo que se decidió adelantar el golpe y así ganar la iniciativa. Desde luego, por cómo se han sucedido los hechos, estos evidenciaban una escasa planificación, una carencia que suele jugar malas pasadas en este tipo de situaciones. Guaidó, como ocurrió con el también fallido intento de cruzar ayuda humanitaria entre Colombia y Venezuela a finales de febrero, especulaba con la bola de nieve que siempre ha añorado desde que se proclamó presidente encargado: a mayor número de militares o actores que se sumen rápidamente a su causa, mayor probabilidad de que más militares se cambien de bando para no verse en el lado perdedor. Sin embargo, durante estos meses ha sido incapaz de echar esa bola de nieve a rodar. Tampoco conviene descartar que distintos mandos que en principio se habían adherido a la jugada de Guaidó decidieran desmarcarse a lo largo de la jornada por las escasas probabilidades de éxito que parecía tener el plan.

No obstante, el intento de ayer podría ser tanto una fase final, es decir, el golpe definitivo para que Maduro cayese, o una fase intermedia por la cual tensionar más a la población y, sobre todo, al estamento militar, obligándoles a posicionarse —aunque no necesariamente de manera pública—. Conviene recordar que las Fuerzas Armadas han sido un objetivo habitual de los mensajes de Guaidó desde que se proclamase presidente. Son ellos —o más bien la poderosa y amplia cúpula militar,— la que controla los resortes del país, incluyendo al presidente Maduro. Las enormes prerrogativas y regalías que han recibido durante años por parte del oficialismo para ganarse su lealtad —que de momento está siendo ampliamente correspondida— han llevado a los militares a controlar sectores estratégicos de la economía, desde la petrolera estatal PDVSA hasta la empresa eléctrica Corpoelec —cuya mala gestión llevó a los numerosos y prolongados cortes eléctricos en el país—, pasando por la distribución de alimentos —un sistema del que millones de familias venezolanas dependen para subsistir—. Por eso, su cooperación es indispensable para un cambio de poder político en Venezuela, y en la actualidad la inmensa mayoría de esa cúpula no tiene alicientes para alinearse con Guaidó, dejar caer a Maduro y arriesgarse a perder un sistema con el que controlan el Estado a su antojo.

Otra cuestión no resuelta todavía es qué iba a ocurrir en el plano estratégico que fuese peor para la oposición a Maduro que intentar dar un golpe de Estado con pocas probabilidades de éxito. Hasta una hipotética detención de Guaidó por parte del oficialismo, aunque poco conveniente en el plano operativo, hubiese clamado al cielo para la comunidad internacional. Cuesta creer —porque Maduro, a pesar de las habituales caricaturizaciones a las que es sometido, no es tonto— que el chavismo se hubiese atrevido a detener a Guaidó y a reprimir con enorme dureza las marchas del primero de mayo.

Por lo pronto, el presidente encargado parece haber dilapidado buena parte del capital político que le quedaba. Una asonada fallida es un registro en el historial que pesa demasiado de cara a conseguir nuevos apoyos; deja cabos sueltos que pueden perjudicar a aliados —como la detención del director del SEBIN por estar involucrado en el golpe—; daña las redes y estructuras creadas en el lado propio y pone en un compromiso a las decenas de apoyos internacionales que había recibido durante estos meses. El panorama no debe parecer halagüeño si el propio Leopoldo López decidió refugiarse en la embajada de España en Caracas junto a su familia, quizás la antesala de una petición de asilo y de, si los medios diplomáticos lo permiten, un exilio fuera de Venezuela.

Con todo, lo vivido en estas horas tampoco habla especialmente bien de Maduro. Su desaparición total de la escena pública —más allá de las palabras de Pompeo sobre que estaba en un avión listo para despegar rumbo a Cuba— es anómala en este tipo de situaciones, ya que en anteriores conatos de golpe o momentos de inestabilidad no ha dudado en aparecer en actos del partido o en medios de comunicación para dirigirse a la nación. Ayer no lo hizo, lo cual hace pensar que, de forma consciente o inconsciente, el oficialismo no tuvo todas consigo durante algunos momentos y temió poder acabar perdiendo la partida, por lo que poner a salvo a Maduro sería una prioridad del régimen.

Sea como fuere, Guaidó ha arriesgado muchísimo, quizás de manera innecesaria, pero también es posible que haya llevado a un punto de tensión tan alto a la élite oficialista que esta se haya planteado por primera vez sus posibilidades reales de supervivencia, y ello facilite una hipotética negociación. Quizá el presidente encargado acabe detenido o decida salir de Venezuela, pero cuesta creer que pueda salir indemne de tal desafío político. A pesar de que se han producido numerosos intentos, ningún golpe triunfa en el país desde hace más de sesenta años. Por lo pronto, Guaidó no va a romper esa racha.

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