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ANÁLISIS

La escasez de oxígeno está matando a miles de personas. ¿Por qué no hablamos más de ello?

Una persona transporta un tanque de oxígeno mientras otras esperan turno para la carga de oxígeno en la alcaldía de Iztapalapa, en Ciudad de México.

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El cuidado básico de pacientes graves es simple: necesitan que el aire entre y salga y que la sangre circule. La pandemia ha demostrado consistentemente lo pobremente equipados que están los sistemas de salud para responder a esas necesidades alrededor del mundo. Se ha prestado mucha atención a las vacunas, al tratamiento terapéutico con medicamentos y a los respiradores en los últimos meses, mientras se ha dicho relativamente poco sobre la necesidad humana más básica de todas, el oxígeno.

El oxígeno nos rodea, y sin embargo escasea en muchos escenarios de atención a la salud. Esto se debe a que la infraestructura necesaria para brindarle oxígeno a los pacientes, como los grandes evaporadores aislados al vacío (que son como termos gigantes y muy fríos), es relativamente cara y requiere mantenimiento regular y rellenados con oxígeno líquido. Donde no están disponibles, los hospitales pueden utilizar concentradores que extraen oxígeno del ambiente. Necesitan electricidad y aire comprimido, que, una vez más, es escaso en muchos sitios. O pueden usar tanques acumuladores de oxígeno, que permiten tratamientos terapéuticos de corto plazo. Pero necesitan ser rellenados regularmente y eso depende de líneas de suministro seguras.

Soy doctora especializada en medicina respiratoria y en cuidados intensivos. Afortunadamente nunca he estado en una situación donde un paciente necesitara terapia de oxígeno y no estuviera disponible. Pero esa es exactamente la situación que enfrentan los trabajadores de la salud en muchos otros países. Durante la pandemia, los sistemas de suministro de oxígeno se vieron presionados en casi todos lados. En el Reino Unido, hospitales de algunas décadas de antigüedad han tenido dificultades para lidiar con los aumentos en los números de pacientes que necesitan los flujos de oxígeno altos que se utilizan en las terapias modernas. En algunos países de ingresos bajos y medios, la infraestructura para suministrar oxígeno a los pacientes ni siquiera existía.

Los pulmones humanos son enormes superficies de intercambio de gases, compuestos de diminutos sacos de aire llamados alvéolos (estirados y aplanados, su superficie es comparable a la de media pista de tenis). El propósito de los pulmones es transferir oxígeno del aire a la sangre para mantener el funcionamiento de las células del cuerpo, y transferir dióxido de carbono de la sangre de regreso al aire. El virus que causa la COVID-19, el de la gripe y otras causas de la neumonía vuelven a los pulmones menos eficientes en la transferencia de oxígeno a la sangre, una situación conocida como insuficiencia respiratoria hipoxémica aguda.

El tratamiento inmediato de pacientes con insuficiencias respiratorias hipoxémicas agudas es el oxígeno. Aunque la Organización Mundial de la Salud haya incluido el oxígeno en la Lista de Medicinas Esenciales para el tratamiento de insuficiencias respiratorias desde 2017, la gente sigue muriendo por su falta. En 2017, la neumonía –una enfermedad tratable– mató a más de 2,5 millones de personas en todo el mundo, de las cuales un tercio eran niños menores de cinco años. Antes de la pandemia trabajé con compañeros en Uganda en la investigación de los efectos de la insuficiencia respiratoria hipoxémica aguda en países africanos. Encontramos que el 4,5% de los pacientes que llegan a las salas de emergencias en Uganda tenían esa condición, causada frecuentemente por la neumonía. El promedio de edad de esos pacientes era de 38 años; el 77% moría antes de salir del hospital.

Podríamos prevenir miles de muertes al año

Hay estudios que han demostrado que la terapia de oxígeno puede reducir el riesgo de muerte por neumonía en un 35% y que las mejoras en el acceso al oxígeno salvarían las vidas de más de 120.000 niños cada año. El oxígeno puede ser administrado a los pacientes que lo necesiten a través de simples mascarillas que utilizan hasta 15 litros de oxígeno por minuto, sistemas de flujo alto que usan hasta 60 litros de oxígeno por minuto o sistemas de alta presión que usan más de 70 litros de oxígeno por minuto. El elemento clave es una fuente segura, abundante e ininterrumpida de ese gas.

Los tratamientos complejos, como las terapias con medicinas costosas o los respiradores mecánicos, pueden producir mejoras marginales en la tasa de supervivencia, pero suelen ser las cosas más simples las que salvan la mayor cantidad de vidas. Los gobiernos y la legislación han fracasado en resolver la escasez de oxígeno alrededor del mundo. Asegurar que cada paciente que necesite oxígeno lo obtenga, tanto durante la pandemia como en el futuro, no es un desafío insuperable; de hecho, si los científicos pudieron resolver cómo suministrar oxígeno a los astronautas que viven en la Estación Espacial Internacional durante meses, deberíamos poder asegurar su provisión a quienes lo necesitan aquí en la Tierra, donde quiera que vivan.

La pandemia ha puesto las inequidades en el acceso a tratamientos esenciales como medicamentos y vacunas en el centro de atención. El oxígeno debe ser incluido en esa lista. Mejorar su disponibilidad mundial significaría invertir tanto en cadenas de suministro capaces de responder a los aumentos en la demanda como en infraestructura – vaporizadores, electricidad, cañerías, ingeniería y cilindros – necesarios para su provisión. El oxígeno médico corresponde en torno al 1% del suministro mundial de oxígeno; el resto es usado principalmente en aplicaciones industriales, como la minería o la producción de acero. Proveer oxígeno médico a los pacientes podría prevenir miles de muertes cada año.

La doctora Charlotte Summers es profesora de medicina de tratamientos intensivos en la Universidad de Cambridge.

Traducción de Ignacio Rial-Schies

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