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The Guardian en español

Texas busca que las petroleras financien una barrera contra huracanes

Evacuados por los efectos de la tormenta Harvey recorren una inundada Interestatal 610

Tom Dart

Galveston, Texas —

Fue uno de esos momentos Eureka, aunque había mucha más agua que en la bañera de Arquímedes y no ocurrió en Grecia sino en Texas. El profesor de ciencias marinas Bill Merrell miraba por la ventana de un edificio antiguo que le pertenece en la ciudad costera de Galveston. La marejada y las lluvias del huracán Ike habían inundado su propiedad con 2,5 metros de agua. Una idea se le pasó por la cabeza: “Los holandeses no habrían aguantado esto”.

Inspirándose en los gigantescos proyectos que desarrolló Holanda para protegerse de las inundaciones, Merrill propuso un plan para Texas. El Ike Dike [Dique Ike], lo llamó. Consistía en una barrera costera de entre 80 y 95 kilómetros con rompeolas, dunas, compuertas y diques para rechazar las marejadas y evitar que el agua suba por el canal navegable Houston inundando una zona costera en la que viven cientos de miles de residentes y tienen su domicilio decenas de plantas químicas, refinerías y otras instalaciones industriales (además del Centro Espacial Johnson, de la NASA).

En medio de la crisis financiera mundial y en un estado como Texas, conocido por su escepticismo sobre el cambio climático y por su rechazo a la intervención gubernamental, el proyecto de Merrill fue ampliamente rechazado por políticos poco dispuestos a gastar como medida de protección ante una tormenta teórica (a pesar de que en 2008 el huracán Ike había causado unos 30.000 millones de dólares en daños a Texas). En palabras de Merrell, “los tejanos no tienen demasiada aversión al riesgo; los holandeses sí la tienen”.

Hasta que el año pasado llegó el huracán Harvey. En agosto de 2017 la tormenta tocó tierra a 320 kilómetros de Houston y se quedó allí cuatro días. En algunas partes del área metropolitana, cayó hasta un metro y medio de agua, con daños estimados en 125.000 millones de dólares. Al menos 68 personas murieron y más de 300.000 construcciones en el sureste de Texas se inundaron.

Pero se podría decir que Houston tuvo suerte. Se libró de la gran marejada y de los vientos huracanados. Un huracán potente que golpease directamente el canal de navegación Houston podría haber causado una de las catástrofes medioambientales y económicas más graves en la historia de Estados Unidos.

“La pregunta no es si va a ocurrir sino cuándo”, dice el responsable del Ike Dike en Pelican Island. Al otro lado de la estrecha calzada que lleva al centro de Galveston, allí es donde está su despacho del campus de la Universidad de Texas A&M.

Una política de recuperar y no de proteger

El 25 de agosto pasado, un año después de que Harvey tocara tierra, los votantes del condado de Harris acordaron un modesto aumento en su impuesto sobre los bienes inmuebles al aprobar una emisión de bonos por 2.500 millones de dólares que desbloqueará miles de millones más en fondos de Washington para adquirir viviendas, mitigar las consecuencias de las inundaciones y tomar medidas de precaución.

“La política de Estados Unidos se ha basado en recuperar y no en proteger; en general, los europeos no lo han hecho así, han destinado mucho más a la protección; pero recuperar se ha vuelto demasiado caro”, dice Merrell. “El otro aspecto negativo del enfoque de la recuperación es que perjudica especialmente a los pobres y a los ancianos porque no tienen los medios para reponerse, así que en mi opinión vamos a buscar cada vez más la protección”.

Pero el dinero para los proyectos más ambiciosos y caros aún no se ha asegurado, en particular el necesario para un tercer embalse que proteja al oeste y centro de Houston y para una barrera en la costa que funcionaría como una espina dorsal de protección para seis condados. Costaría entre 12.000 y 15.000 millones de dólares pero por el momento, el Congreso solo ha garantizado 3.900 millones de dólares para reforzar las defensas existentes y construir algunos diques nuevos.

A finales de septiembre, la agencia federal del Cuerpo de Ingenieros del Ejército debería publicar un borrador del plan de protección costera. Según Merrell, las recomendaciones serán similares a las de su Ike Dike. En el período de información y audiencia, lo más probable es que los ecologistas hablen de su preocupación por el impacto que tendrá una barrera sobre el paisaje y la fauna local.

Suponiendo que encuentren el dinero para financiarla, no parece probable que terminen de construirla antes de mediados de la próxima década. El estado de Texas tiene un fondo para emergencias de 11.000 millones de dólares pero los gobernantes locales republicanos quieren que sea el Gobierno de la nación el que financie la infraestructura. Lo mismo opinan los responsables de la industria que están contribuyendo con sus emisiones al cambio climático (lo que a su vez aumenta la intensidad de los huracanes).

De acuerdo con la agencia Bloomberg, los empleados del Gobierno tejano están considerando la posibilidad de buscar el dinero en los mercados financieros convenciendo a empresas como las petroleras para que emitan “bonos de adaptación”. Se trata de un nuevo tipo de activo financiero de riesgo que permitiría bajar las primas de seguros y destinar el dinero así liberado a inversiones en infraestructura.

Aunque todavía quedan peleas por la financiación del proyecto, el ambiente político y la opinión pública han dado un cambio radical desde la primera vez que Merrell propuso el Ike Dike.

La evacuación no es segura

Harvey fue la tercera inundación seria de Houston en tres años. “Han pasado diez años, no hemos hecho nada”, dice Merrell. “La gente ya no quiere más inundaciones”. Los peces espada azul brillante de su camisa contrastan con el cielo oscuro. El paisaje desde su oficina sugiere prosperidad y también peligro: por las instalaciones para los barcos y los seis kilómetros y medio de refinerías y plantas químicas de Texas City. El horizonte de las chimeneas tocando el cielo con sus llamas hace pensar en el vigor de la economía y en las tragedias pasadas.

Escapar no sería fácil ni siquiera con un alerta. Antes del huracán Rita (2005), la maniobra de evacuación masiva de Houston provocó unos gigantescos embotellamientos de tráfico. Murieron alrededor de cien personas por golpes de calor y accidentes, entre otros motivos. Hoy viven en Houston unos siete millones de personas, dos millones más que hace trece años. Muchos tienen sus casas cerca del agua, en las proximidades del mayor complejo petroquímico estadounidense y de uno de los puertos con más tráfico del país.

“Nos estamos volviendo más vulnerables”, dice Merrell. “Nos mudamos para vivir cerca de la costa y el mar se levanta para decirnos hola. Es el lugar perfecto para el desastre. Hay tormentas que podrían acabar con muchos de nosotros. Miles de nosotros. Y no estamos haciendo nada al respecto”.

Un día antes de la entrevista a Merrell, la tormenta tropical Gordon tocó tierra cerca de la frontera entre los Estados de Alabama y Mississippi, mientras el huracán Florence seguía su camino hacia la Costa Este. Hace poco, unas fuertes lluvias inundaron las calles de Galveston, haciendo patente la vulnerabilidad de la zona y el riesgo de que el peor escenario posible se haga realidad un día.

Pero diez años después del azote de Ike en septiembre de 2008, Merrell tiene por fin motivos para el optimismo. “Siento que hay una impaciencia de verdad por que se haga algo”, dice.

Traducido por Francisco de Zárate

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