Malasaña y Chueca se llenan de Stolperstein en recuerdo de vecinos deportados a campos nazis

Stolperstein colocado el viernes en el barrio de Chueca

Las mañanas en la ciudad se parecen unas a otras. El transcurrir de las calles, los horarios, el ir y venir cada vez más apresurado, lo saludos por compromiso…Pero hay, menos mal, sucesos que agujerean la tramoya de la rutina y muestran a los viandantes que por detrás siguen pasando cosas. Este viernes en muchos barrios el hecho más reseñable debieron ser los disfraces anticipados de los escolares por Halloween. En Chueca y Malasaña, sin embargo, una comitiva de hombres y mujeres se dedicó a sembrar memoria frente a algunos portales para sorpresa del vecindario.

Siguiendo el camino de baldosas doradas que conecta el centro de Madrid con el horror de Mauthausen

Siguiendo el camino de baldosas doradas que conecta el centro de Madrid con el horror de Mauthausen

Durante la mañana se colocaron una decena de Stolperstein, las piedras doradas que recuerdan en todo el mundo a deportados en campos de concentración nazi. El programa venía cargado y los organizadores –Jesús e Isabel, incombustibles– se propusieron cumplirlo al punto, de manera que quien se tomó los diez minutos de cortesía en la primera parada se perdió la colocación de la piedra. Fue en la calle Augusto Figueroa, 43, donde se recordó a José Arroyo Ayuso.

Siguieron los asistentes a primera hora hacia la calle de Pelayo, en busca del que fuera el último domicilio de Rodolfo Ruiz Dávila, que vivió en la portería del número 60 de la calle. Para llegar, nos cruzamos con gente desayunando en la plaza de Chueca y algunos guiris madrugadores sobre sus patinetes eléctricos.

El protocolo es el mismo en todas las paradas: el prisma hueco sobre el pavimento está ya preparado desde del día anterior. Al llegar, alguien monta el cartel que señaliza la pequeña ceremonia laica. Pone: “Una piedra, un nombre, una persona”, bajo la fotografía de muchas Stolperstein. Un operario retira la tierra del agujero con una paletina, saca la tierra (y la echa al lado con una escobita), remueve el cemento…

El joven operario se llama Ismael y pertenece a una empresa concesionaria de la Junta de Distrito, que facilita a los organizadores voluntarios de Stolperstein los detalles técnicos de la colocación. Ismael no es uno que pasaba hoy por aquí, ha asistido a otras jornadas ya y tiene el objeto dorado entre sus manos con el mimo al que obliga saber que se sostiene un pedazo de historia.

Mientras Ismael trabaja, Isabel o Jesús reclaman la presencia de un familiar de la persona homenajeada si lo hay, de alguien del entorno memorialista o de la creciente familia Stolperstein: cuando alguien recibe una piedra en su familia adquiere el compromiso de estar presente en otra colocación para entregársela a otra persona.

El ritual continúa con la colocación de la piedra, la lectura de unas palabras y –de nuevo Ismael entra en escena– el sellado con cemento. Hoy, además, se han depositado en los huecos pequeñas piedras de las canteras de Gusen o Mathausen, donde estuvieron presos los homenajeados. En Gusen, junto a Mauthausen, la esperanza de vida era un suspiro. Allí murieron unos 4000 españoles del bando republicano.

Como en todos los rituales, los asistentes también participan: lloran, aplauden, se abrazan, exhiben símbolos… En esta ocasión, alguien puso el himno de España desde una ventana. Uno de los asistentes hizo lo propio con La Internacional, con el móvil. Desde la ventana subieron el volumen del himno. También hay vecinos que salen al balcón y miran con curiosidad. O salen del portal y preguntan. Es el primer tropezón con la memoria provocado por el nuevo Stolperstein. Luego, vendrán muchos más, encontronazos con el adoquín pensados para hacer aflorar preguntas.

El tercer vecino de Chueca homenajeado esta mañana es José Martínez Álvarez, también asesinado en Gusen. Por primera vez esa mañana las tres decenas de personas que asistimos a la colocación constatamos la dificultad de parar en grupo, ocupar el espacio público y, simplemente, escucharnos a más de dos metros de distancia. A pesar de que el tramo de la calle Augusto Figueroa donde estamos es peatonal, el tránsito de camiones de reparto es continuo.

Luego, seremos una mini manifestación tranquila subiendo por Fuencarral para entrar en Malasaña. La siguiente parada es en la calle de El Escorial, donde aguardan los familiares de Fortunato Gil Aldea. Tres generaciones esperan emocionados y se pasan unos a otros la piedra, que antes de ser colocada es un cuerpo voluminoso. El más mayor, porta un dispensador portátil de oxígeno. “Gracias, espero que esto no se repita”, dice otro familiar con los ojos enjugados en lágrimas y un pin de la bandera tricolor.

Las dos siguientes piedras se colocarán en dos portales de la calle de San Vicente Ferrer. En el número 8, casa del jornalero y sargento de Artillería durante la guerra, Luis Espejo Díaz, oficia la ceremonia Malena, que además de vivir a dos portales pertenece a la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica. Jesús dice: “algunos decís que Isabel o yo dedicamos mucho a esto, pero hay gente que se pasa sus vacaciones abriendo fosas”.

En el 20 de la calle vivió Manuel Collar Cobos. A las 11.30 h pasadas, cuando la comitiva llega al lugar, Malasaña todavía se despereza y una limpiadora trabaja en el garito de enfrente. Otro jornalero, soltero, uno de los pasajeros del Convoy 927, también asesinado en Gusen.

¿El Convoy de los 927? Hablamos de los refugiados españoles víctimas de la primera deportación de población civil desde Europa occidental a un campo de concentración (Mauthausen) a bordo de camiones de ganado. Volveremos a oír hablar del convoy, en una parada posterior, por la presencia de Eufemio García, que era un niño cuando formó parte de la macabra expedición y es, posiblemente, su último pasajero vivo hoy. Su padre, Eufemio García García, fue asesinado en Mauthausen y frente a la que fue su casa en Madrid hay también una piedra dorada.

Pero es mediodía y la vida continúa en Malasaña. Hace una mañana estupenda y una conocida terraza de la Plaza del Rastrillo está a rebosar –la mayoría de los comensales son turistas–. Paramos frente a un portal señorial al final de la calle del Espíritu Santo. Allí residió Antonio Rosciano Cid. A diferencia de otros deportados, sí se le conocen familiares, pero no han querido estar en el homenaje. “En estos casos creemos que es aún más importante guardar su memoria”, se dice frente a la que fue la casa de este dependiente de tienda del barrio de Maravillas, que sobrevivió al internamiento y murió exiliado en México en 1986.

La siguiente parada fue una excepción. La norma dice que la piedra se coloca frente al último domicilio conocido del deportado. Sin embargo, en esta ocasión se ha incrustado a las puertas del Instituto Lope de Vega, en San Bernardo, donde Juan Bonet Bonell fue profesor en los años treinta y director al principio de la guerra. Fue excepcional porque tuvo trazas de acto oficial, con presencia institucional de diversos institutos públicos, del Concejal Presidente de la Junta, el Instituto Luis Vives de la capital mexicana –del que fue director durante su exilio el homenajeado– o del centro Sefard-Israel. Por alrededor, revoloteaban algunos alumnos del centro que, a partir ahora, convivirán con el Stolperstein a diario. La parada en San Bernardo fue larga, congregó a más de cincuenta personas y su incomodidad dejó de nuevo constancia de la dificultad de hacer algo en la calle que no sea simplemente pasar.

Con algunas espaldas ya doloridas y los pies cansados, llegó la última posta, en el número 33 de la calle de San Andrés. Allí vivieron los hermanos Jesús y Miguel Santos Alonso, ambos médicos, que tendrán a partir de ahora dos piedras grabadas con su recuerdo, este viernes subrayadas por las flores depositadas por sus sobrinas.

El pasado jueves fue el cumpleaños de Gunter Demnig, el artista que comenzó en 1992 la colocación de Stolperstein. Al día siguiente, una procesión de hombres y mujeres comprometidas en la lucha contra la desmemoria recorrían los barrios de Malasaña y Chueca. Rompían la monotonía de una mañana de viernes cualquiera. Sembraban semillas doradas para que tropecemos, miremos y formulemos preguntas.

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