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El último refugio

Nunca en un país que, por no tener, no tiene ni letra su himno, hubo tantas enseñas en las balconadas como cuando la selección nacional ganó las dos Eurocopas o el Mundial de Suráfrica

Es el nuestro un país en el que somos muy dados a eso que los más jóvenes denominan el postureo. Cuelgas una bandera en tu balcón y ya te crees -y te creen- más patriota que nadie

Ser patriota y amar a tu país es levantar cada mañana la persiana de un negocio, comenzar la jornada y cumplir con las atosigantes obligaciones fiscales

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Hay una escena en ‘Senderos de gloria’, esa obra maestra de Stanley Kubrick ambientada en la primera gran guerra, en la que el coronel Dax, del ejército francés, pronuncia la frase atribuida al británico Samuel Johnson. Es cuando recibe órdenes de su superior, el general Mireau -instrucciones que intuye desembocarán en una masacre para sus soldados-, con la intención de arrebatar una posición al ejército alemán: la colina de las hormigas. Para ello Mireau, un burócrata en la retaguardia, apela al patriotismo. Mientras, Dax, un idealista en la trinchera, sostiene que ningún hombre merece morir por una bandera. Y menos, si eso conlleva ‘juegos de poder’.

Estos últimos días hemos asistido al rebrote del amor patrio, escenificado por la insistente petición de colocar banderas en los balcones. Nunca en un país que, por no tener, no tiene ni letra su himno, hubo tantas enseñas en las balconadas como cuando la selección nacional ganó las dos Eurocopas o el Mundial de Suráfrica. El fútbol, ese que algunos consideran el opio del pueblo, o el pan y circo del régimen franquista, ha sido hasta hoy lo único capaz de aglutinar en torno a su bandera a los españoles de toda raza, condición y credo.

Es el nuestro un país en el que somos muy dados a eso que los más jóvenes denominan el postureo. Cuelgas una bandera en tu balcón y ya te crees -y te creen- más patriota que nadie. Los que así lo entienden, parece más bien que lo que defienden es un patriotismo de hojalata. Ser patriota y amar a tu país es levantar cada mañana la persiana de un negocio, comenzar la jornada y cumplir con las atosigantes obligaciones fiscales. Es también trabajar en una escuela o en un hospital, poniendo tu mejor empeño, tu saber hacer e incluso tu imaginación, aunque seas consciente y padezcas los recortes que ha atizado un Gobierno a la educación o la sanidad públicas. Es acudir, como miembro de las fuerzas del orden, en medio de las inclemencias, a la llamada de auxilio de un ciudadano a altas horas de la madrugada o patrullar sin descanso por las carreteras de España para garantizar la seguridad vial de todos. Es también ser un misionero o un profesional sanitario en lo más profundo del continente africano, rodeado de insectos y miseria, ayudando a la gente que nada tiene y esbozando una sonrisa. O ser soldado en misión de paz, jugándote el pellejo, en las numerosas zonas de conflicto distribuidas por el globo terráqueo.

Ese es el patriotismo bien entendido, aunque haya quien lo confunda con lo que algunos le han contado. Ser patriota no es, ni mucho menos, llenarse la boca con palabrería barata, ponerse una pulserita rojigualda en la muñeca o un pin en el ojal de la chaqueta, teniendo el bolsillo bien cubierto desde un cargo público. Es algo que, como el movimiento, se demuestra andando.

Y quizá también, como escribió el poeta, lo que se consigue golpe a golpe, verso a verso. Resulta evidente que en este asunto nosotros no tenemos, ni por asomo, el ADN de los estadounidenses o los franceses, por poner dos ejemplos palpables. Casi todo lo absurdo de nuestra conducta suele ser el resultado de imitar a aquellos a los que no podemos parecernos, algo que dijo también el mencionado doctor Johnson. Y es que, como le espetó el coronel Dax a su despreciable general, el patriotismo siempre será el último refugio de los canallas.

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