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Hemos dado positivo en piojos

Diario personal de la cuarentena por coronavirus

Elena Cabrera

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¿Cuántas semanas llevamos sin colegio? Ah, no, que son solo dos días. Pues ya estoy agotada. Mi hija Eleonor y yo nos hemos vuelto a levantar a las 7 de la mañana. Mi plan era el de ayer: desayunar rapidito y empezar el día con alegría pero, a la que me he descuidado, mientras me desembarazaba de mi propia pereza, me he encontrado a Eleonor con la Play encendida y enganchadísima al Horizon Chase Turbo. No eran ni las 8. Mientras le lanzaba los primeros reproches del día, me ha enseñado un menú en el que podía escoger diferentes circuitos de coches ubicados en su lugar correspondiente en el globo terráqueo. “Guau —me dice—, no sabía que Hawai era una isla en medio del océano”. Entonces me he callado y he pensado que con esto convalidábamos la lección de geografía del día.

Un colacao, cinco galletas, una punzada de culpabilidad porque hoy en el desayuno del cole habría tomado tostada con tomate, y una partida de Horizon Chase Turno más tarde, le metí prisa para pasar por el baño antes de las 9 (hora a la que comienza mi jornada laboral) y abordar la importante epidemia de la que hablábamos ayer: los piojos. En el grupo de WhatsApp de la clase se han mandado amenazas serias si no se aprovecha la cuarentena para acabar con la plaga de una vez. Estaba segura de que no tendría, que se estaba rascando por un champú mal lavado. Mentira. Nueve. Nueve piojos me sonrieron desde la lendrera hoy por la mañana.

En cuanto encendí el ordenador y me senté en mi silla, me llegó el primer “¡¡mamá!!” desde el otro lado de la casa. Me levanto. Es que no había arrancado ni el sistema operativo. Resulta que (ella) no entendía nada de los deberes que le habían puesto (yo, tampoco) y a las 9:37 ya nos estábamos gritando la una a la otra. Mucho.

El colegio está usando los blogs que tienen por cada curso para mandar ejercicios y soluciones. También sugieren videos de flauta, fichas de social science y natural science (el bilingüismo madrileño a tope, ya sabéis), páginas de lectura y un dictado diario. He visto todo lo que había pendiente y he querido gritar “¡¡mamá!!” yo también. Un rato después le he pedido disculpas por gritarle y me ha perdonado a cambio de ajustar el compás, cambiarle la mina, afilarla y no sé cuántas cosas más que no hacía desde hace treinta años.

Cuando pensaba que se había cancelado todo lo cancelable, una nueva crisis se desata en el chat familiar a las 9:43 de la mañana: se toma la decisión de suspender los cumpleaños familiares que estaban previstos para este fin de semana y el siguiente. ¡Los cumpleaños! Jamás pensé que llegaríamos a ese extremo. Si las Fallas se han suspendido seis veces desde 1886, los cumpleaños de mi familia política no se hubieran pospuesto ni por la Guerra Civil ni mucho menos la de Cuba. No hay, para ellos, nada más sagrado que la celebración de un cumpleaños. Con la confirmación de la cancelación de los grandes fastos ya en mi WhatsApp, no me atrevo a decírselo a Eleonor, que va de disgusto en disgusto.

Hoy Alberto no está en casa, así que a las 11 (el recreo, como en el cole, no se perdona), bajo a mi hija al patio de la casa de su compañero de clase, donde, como ayer, se juntan solo tres para echar unas canastas, saltar a la comba y comerse una barrita de cereales. Aún así, mantienen las distancias, pero yo sé que es por los piojos. El padre del compañero, que se está ocupando de sus hijos estos días, acepta que la deje con ellos e incluso, ante mi cara de agobio, que se quede en su casa a hacer el obligado dictado diario. Casi dos horas después me la traen de vuelta. Eleonor agita un dictado con letra bonita y cien faltas de ortografía que le perdono porque le han hecho escribir una cuartilla con la biografía de Rita Levi-Montalcini que empieza diciendo: “cuando la niñera de Rita murió de cáncer, esta decidió que quería ser médica”.

Nos han regalado un paquete con seis mascarillas desechables y no sé muy bien qué hacer con ellas. Eleonor rápidamente ha tenido una idea: ha sacado su maletín rojo y se ha puesto a jugar a ser médica, como Rita Levi-Montalcini. En este momento, ella debería estar haciendo los ejercicios de geometría y yo traduciendo un libro de 300 páginas pero me tumbo en el sofá y dejo que me ausculte: “te vas a morir —me dice—, tienes coronavirus”. No sé si reír o llorar y hago las dos cosas.

Lo que tengo esta tarde es una cita con el médico y otra con el fisio. A lo loco. Todos los audios que me mandan (y todos acaban siendo fake) dicen que no atienden consultas en los centros de salud. En cambio, mi médico de cabecera tenía un montón de horas disponibles y yo tengo el colon tan irritado que me creo lo que me dice mi Rita Levi-Montalcini. Esta tarde voy a poner a prueba el sistema de salud, a ver qué pasa.

Hoy los casos confirmados son de 2.950 en España, 22.328 en Europa y 124.519 en el mundo. En Madrid parece que estamos confinados pero no es cierto: por mi WhatsApp me sigue entrando de todo. Me pica la cabeza, no sé si ya lo he comentado por aquí.

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