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La agenda oculta

Lo contrario de la realidad no es la ficción, sino la propaganda. Y la propaganda tiene algo que no tiene la verdad: es mucho más fácil de digerir, carece de aristas y de matices, entra directamente hasta el estómago.

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John Carpenter, uno de los malditos reverenciados de la historia del cine, tiene una película apenas recordada, un poco más vista, que se puede considerar el precedente de Matrix. Se titula 'They Live' y cuenta la historia de un hombre y unas gafas de sol que permiten ver la realidad 'real' que  se esconde debajo de la realidad 'evidente'. Es una película de terror que, años después de su estreno, despierta la hilaridad de un adolescente. Vista ahora es un poco naif, es cierto, pero tiene precisamente ese encanto de décadas pasadas y una vigencia política asombrosa, cosa que demuestra que esto de la preocupación por ser manipulados, más allá de los casos clínicos de paranoia, preocupa de antiguo a la especie.

Una de las maneras más antiguas de manipular consiste en seleccionar lo que se transmite o, mejor dicho, como se decía antaño: centrar el debate. ¿De qué hablamos? ¿De qué no hablamos? Controlando la agenda (porque la agenda no se establece sola, ni baja esculpida en piedra del monte Sinaí), no hace falta mentir, pero sí, como toma de decisión que es implica una manipulación y por lo tanto un engaño. De hecho la manipulación es previa a la escritura y la emisión de imágenes. Se elige qué mostrar y, en consecuencia, se elige qué ocultar. Se manipula arrinconando.

¿De qué hablamos cuando hablamos? ¿Cuáles son los temas que nos ocupan a diario? ¿Es la liquidación parsimoniosa pero imparable del planeta Tierra? ¿Centran nuestras conversaciones la pérdida de derechos y/o los que sufren? ¿O hablamos de fútbol, realities y esos eternos debates políticos que juegan con las vísceras menos nobles? Quien establece la agenda, establece el debate y al tiempo hurta el debate.

Los medios de comunicación realizan un auténtico servicio social cuando establecen (señalan) y desarrollan (informan) una agenda realmente sustantiva, cercana a la vida cotidiana de los ciudadanos y también, por elevación, próxima a las grandes fuerzas que entran en liza a diario para condicionar esa vida. Un medio de comunicación, como el microcosmos que es, reproduce a pequeña escala en su interior este choque de trenes por establecer la agenda. Vive en su interior una pelea diaria por el establecimiento de su propia agenda, lidiando ante las presiones internas y externas. De ahí tal vez la pérdida de prestigio de la prensa, que no de necesidad, por el alejamiento actual del debate de las preocupaciones de la población, incluso de aquello que ni sospecha que debiera preocuparle.

Lo contrario de la realidad no es la ficción, sino la propaganda. Y la propaganda tiene algo que no tiene la verdad: es mucho más fácil de digerir, carece de aristas y de matices, entra directamente hasta el estómago. La verdad tiene otro problema añadido: cuesta económicamente más buscarla. Hace falta personal, independencia económica, no perder de vista quién es realmente el 'cliente' del medio. Para ejercer la propaganda solo es necesario un teclado y dos tres ideas que repetir machaconamente. Es tan efectivo como un anuncio de detergente y mucho más descansado. No es una casualidad de que el empleo en la profesión periodística se haya desarrollado más durante la crisis por la rama de los gabinetes de comunicación mientras las redacciones han ido encogiendo. La precariedad, a la postre, redunda en beneficio de la propaganda, que siempre está ahí, dispuesta a llenar las páginas de los periódicos, los guiones de radio, las escaletas de televisión. Desarticulada la capacidad de elaborar una agenda propia, la propaganda hace el resto del trabajo.

Apoyar todas las iniciativas que luchan por mantener a flote una agenda oculta es una de las tareas más importantes que le cabe acometer a la sociedad civil. Le va en ello la calidad democrática de su existencia y, posiblemente, con el tiempo, la calidad a secas de su existencia. Las reformas laborales, el hundimiento de las bases salariales, el recorte de los derechos, la tolerancia con los intolerantes, la terrorífica indiferencia ante la barbarie, la inmolación ridícula de los partidos de izquierda son imposiciones que penetran alfombradas por los establecedores de agendas.

La desaparición de un medio de comunicación, de una librería, de un centro cívico, de todos aquellos que en definitiva tienen la ambición de establecer una agenda propia de debate, puede que no sea responsabilidad de cada uno, pero sí que con el tiempo acaba afectando a cada uno. Por eso hay que apoyarlos, no sólo por los grandes conceptos que no es necesario citar aquí, sino por puro egoísmo.

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