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El día más largo en Sardinero Beach

Ni España ni Santander estuvieron entre los que defendían un mundo de libertades, sino, sotto voce (era 1944), en el bando opresor

Macron y May comienzan las conmemoraciones del desembarco en Normandía

EFE

En la noche del próximo 26 de septiembre puede que aparezca un paracaidista británico enganchado en la aguja de la iglesia de los Carmelitas o que algún noctámbulo se tope con un pelotón de la división de choque 'Uno Rojo' perdido por la calle del Carmen o que nadie pueda dormir en la Avenida García Lago por los cañonazos de las baterías antiaéreas alemanas. Puede que todo Santander se despierte cuando oiga los motores de la flota aérea norteamericana sobrevolando los tejados de la ciudad y alguno tenga que sujetar los botes de la alacena por la vibración. Compadezco al que madrugue y se tope en el jardincito de su adosado con un John Wayne fumando un puro y transportado en parihuelas por sus soldados. No es descartable tampoco que muchos sintonicen una nada clandestina BBC para enterarse de que El Sardinero se ha convertido en Omaha Beach y Santander llegará, al fin y con 75 años de retraso, al Desembarco de Normandía. Pero Santander no es la ciudad de Caen ni El Sardinero es Omaha Beach, aunque la capital cántabra siga teniendo en su nomenclátor a grandes espadones del franquismo a los que no haría mucha gracia este acontecimiento.

Santander recreará entre el 27 y el 29 de septiembre el Desembarco de Normandía y esto hay que leerlo dos veces porque da que pensar, aparte de dejar al lector ojiplático y como alelado. Una recreación histórica es como un juego de guerra para mayores, supuestamente un homenaje bienpensante a no se sabe muy bien qué, con el añadido del público mientras se toma un vermú a la vera de aguerridos granaderos napoleónicos o hurañas huestes de Corocotta. Nos gusta disfrazarnos y sentir las emociones fuertes, siempre y cuando sean tan falsas como la guardarropía de los figurantes. De romanos en Los Corrales a franceses en Muriedas, con las casacas bien limpias y la botonadura de latón brillante, el espanto de la guerra en la reconstrucción histórica queda reducido a una mera nota a pie de página y puede servir entonces para muchas cosas: para pasar un rato divertido, para sentirnos valientes y fuertes, para pensar qué suerte tenemos de haber nacido aquí y ahora, para salir fieramente en Instagram, para aplaudir el despliegue de la testosterona militar y aplaudir de paso a la bandera (¿barraestrellada?)... e incluso sirve para tergiversar la Historia.

Ni España ni Santander estuvieron entre los que defendían un mundo de libertades, sino, sotto voce (era 1944), en el bando opresor. No hay nada que conmemorar. No hubo ningún desembarco en España y el que va a haber ahora es más 'fake' que el bronceado de un vampiro. Porque en el mayor conflicto que el mundo ha vivido, los defensores de las libertades, que para bien y para mal han hecho posible el mundo en que vivimos, eran los otros y los otros no pasaron por España. De hecho, mientras esos otros se la jugaban por las ideas de los demás, por estos pagos seguía muriendo gente por sus propias ideas.

Si se falsea el presente, ¿por qué no reescribir lo que ocurrió? Al soldado Otero, gallego él, sí le mataron en Omaha Beach, ocho años después de que la sublevación de Franco le sorprendiera en Santander. Pero el soldado Otero no aparecerá por El Sardinero. Ni está ni se lo espera. Ni aparecerán los republicanos de La Nueve de Leclerc que desembarcaron en Utah Beach y ya no pararon hasta entrar en París y en el Nido del Águila. Si se miente con lo que acontece a diario con el mayor descaro, ¿por qué no darnos un homenaje de ficción con el pasado?

El español es el único bípedo racional que puede estar al tiempo a los dos lados de un fusil, ser a la vez el agresor y la víctima, el vencedor y el perdedor, y quedarse tan ancho. Y se comprobará en septiembre, cuando se aplauda a rabiar lo que no ocurrió porque, como buenos acomplejados que somos con la Historia, estaríamos encantados de haber estado allí si hubiéramos podido estar, a ser posible sin tener que mojarse los pies.

En la moderna terapia génica se utilizan los virus como vehículos de transporte de material genético destinado a la curación. Se toma un virus, se le extrae su carga genética patógena, se le introduce un gen terapéutico, y se le deja correr por la sangre a ver qué pasa. Con la Historia estamos viviendo lo mismo que con estos vectores virales: se les quita la carga genética, es decir, la verdad histórica, y se les deja campar vacíos de contenido o con nueva carga vírica del más variado pelaje ideológico, siempre nacionalista, que es de lo que se trata.

Puestos a jugar a las recreaciones históricas, se me ocurren unas cuantas, estas sí, verdaderas. El embarque de los niños de la guerra, el alojamiento en un campo de concentración en la Magdalena y el asesinato de 140.000 personas todavía enterradas como perros en cunetas y fosas por todo el país. No me digan que no es un plan ideal para pasar una tarde de domingo con los amigos.

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