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Opinión - 'La guerra encima y el enemigo en casa', por Rosa María Artal

Beneficios de distanciarse de las guerras de Trump

José Luis Albares junto a Pedro Sánchez este viernes
6 de marzo de 2026 21:27 h

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Las recientes amenazas de Donald Trump a España por la negativa a facilitar determinadas operaciones militares desde bases en territorio español, vuelven a poner sobre la mesa una cuestión fundamental: la soberanía de España en materia de defensa y seguridad y el lugar que España quiere ocupar en el mundo.

España mantiene acuerdos de cooperación militar con EEUU desde 1953, actualmente regulados por el Convenio de Cooperación para la Defensa entre España y Estados Unidos. Sin embargo, estos acuerdos no implican una cesión de soberanía, ni convierten el territorio español en una plataforma automática para operaciones militares estadounidenses. Las bases de Rota y Morón existen en virtud de un acuerdo bilateral y su uso está sujeto a autorización española. Por tanto, la negativa a participar en determinadas operaciones militares no es una ruptura de compromisos internacionales, sino el ejercicio legítimo de la soberanía nacional.

Ante las amenazas de Donald Trump, debemos tener en cuenta que la presencia de bases estadounidenses en España forma parte de una red militar diseñada para garantizar la proyección de poder de Estados Unidos en diferentes regiones del mundo. Mientras que para EEUU las bases representan ventajas estratégicas, para los países anfitriones como España pueden implicar riesgos significativos, por el hecho de convertirse en objetivos potenciales en caso de conflicto, como efectivamente ha ocurrido en las bases estadounidenses en Qatar, Bahréin, Kuwait, EAU, Irak o la base de Reino Unido en Chipre o en la base de la OTAN de Incirlik en Turquía, esta última con misiles y soldados españoles, atacadas por Irán, como respuesta a los bombardeos sobre su territorio.

Evitar entrar en la guerra

El No a la Guerra de Pedro Sánchez ha abierto el camino a un debate que hasta ahora parecía imposible, el de cuestionar la relación de vasallaje que impone EEUU y, en particular su actual presidente, con sus aliados. Con la negativa al uso de las bases militares en territorio español para atacar a Irán, el gobierno consigue evitar una participación indirecta en una guerra en la que nadie en este país quiere estar: el 76,8 % de la ciudadanía española reconoce que su mayor miedo es vivir una guerra y el 68% están en contra de la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán

Sin embargo, las declaraciones de la Ministra de Defensa Margarita Robles y el anuncio del envío de un buque de guerra a Chipre, aun con los matices de su función defensiva y disuasoria, muestran posibles incoherencias que pueden dejar sin efecto el liderazgo progresista de Sánchez conseguido tras su No a la Guerra de Trump y Netanyahu, en Irán y otros países de la región con ramificaciones de la influencia militarizada del régimen de los ayatolás. No debe minusvalorarse el riesgo de que un hipotético ataque, aunque fuera por accidente, que provocara daños o muertes de soldados españoles, podría arrastrar a España a la guerra en la que nadie quiere estar.

No repetir errores del pasado

España ya vivió una experiencia similar en 2003 con la llamada “foto de las Azores”, en la que el gobierno de José María Aznar impulsó la invasión de Irak junto a Estados Unidos y Reino Unido. Aquella decisión se tomó sin el respaldo mayoritario de la sociedad española, un respaldo que como hemos mencionado, tampoco existe para la participación de España en la guerra contra Irán. Sus consecuencias todavía resuenan en la memoria colectiva. La guerra de Irak no trajo estabilidad a esta zona de Asia Occidental, pero sí contribuyó a aumentar el clima de tensión e inseguridad globales. No olvidemos que el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid quedó marcado en ese contexto de guerra y polarización global.

La lección es clara, alinearse acríticamente con proyectos militares impulsados por otras potencias puede tener costes directos para la seguridad nacional. En ese contexto, mantener una posición prudente y marcar distancias con bombardeos o acciones bélicas no es debilidad ni deslealtad hacia nadie, es defender los intereses nacionales.

Las alianzas internacionales no pueden sustituir la responsabilidad de cada país de decidir su propia política exterior. El Gobierno español debe hacer uso de su capacidad de decisión soberana en materia de seguridad y defensa, como hace EEUU, Israel y los demás países de la UE. Negarse a participar en una escalada militar que no responde a los intereses del país no es un gesto hostil hacia ningún aliado, es una forma de evitar repetir errores del pasado que tuvieron nefastas consecuencias en todo el mundo, pero también en Europa.

Un saludable debate

Todo esto puede ser una oportunidad para España para introducir el necesario debate de la pertenencia a la OTAN. Más de cuarenta años después, cabe preguntarse si pertenecer a este club militar ha traído a España más seguridad y paz o, por el contrario, mayores riesgos de verse implicada en conflictos armados.

Algunos de los países más seguros y pacíficos de la Unión Europea son precisamente aquellos que no forman parte de la OTAN, como Irlanda o Austria, cuyos indicadores sobre paz y seguridad son sensiblemente mejores que los del resto. En el ranking del Índice Global de Paz de 2025, Irlanda aparece en segunda posición y Austria en cuarta posición.

Además, su gasto militar es mucho menor que la de los países OTAN que superan de media el 2% del PIB y que se han comprometido a llegar al 5%. Según datos SIPRI Austria dedica un 1% del PIB e Irlanda un 0,2% del PIB a gastos militares. España, arrastrada por la presión de la OTAN y Donald Trump, inyectó 10.500 millones extra al presupuesto militar de 2025 para alcanzar el 2,1% del PIB, llevando al gasto militar español a un récord histórico.

El valor de la neutralidad militar

España tiene una situación geográfica, un poder económico y social, una influencia política y cultural de primer orden. Tal y como presume Turquía de ser el puente entre civilizaciones y continentes, España también lo podría ser, entre Europa África e incluso con América Latina. Y, ¿por qué no? España también podría ser un punto de encuentro entre civilizaciones, culturas y religiones. Sí, también entre el cristianismo y el islam, y si por esto Abascal se tira las manos a la cabeza, solo debe mirarse en el espejo.

La oportunidad es todavía mayor. El posicionamiento de España con respecto al genocidio en Gaza, el embargo de armas a Israel, su distanciamiento de la Junta de Paz de Trump y su posición crítica con el falso plan de paz para Gaza, basado en convertir la franja en un resort turístico, es una oportunidad para profundizar en la estrategia, buscada o encontrada, de convertir a España en país con mayor legitimidad para promover la paz, el desarme, así como la negociación y resolución de conflictos. 

Desmilitarizar la política exterior

Una España alejada de la OTAN y de cualquier iniciativa militar de carácter colonial o imperialista aumentaría la percepción neutral y de país puente de España. Además, ¿qué mayor seguridad puede haber para un país que no ser objetivo militar de ningún otro?

En esa misma lógica, también cabría replantear la participación de España en misiones militares en el exterior. A lo largo de las últimas décadas, las Fuerzas Armadas españolas han participado en numerosas operaciones internacionales en el marco de la OTAN o la UE, desde Afganistán hasta el Sahel. Sin embargo, la seguridad de España no depende necesariamente de intervenir militarmente en conflictos lejanos. Eliminar las misiones militares en el exterior permitiría concentrar recursos en la seguridad del propio territorio, luchando contra las inundaciones, los incendios o demás catástrofes naturales. Así como liberaría recursos para tareas que sí contribuyen directamente a la estabilidad internacional, como la cooperación al desarrollo, las operaciones de salvamento y rescate y la ayuda humanitaria ante catástrofes.

Este tipo de actuaciones, además de salvar vidas y de aliviar el sufrimiento, reforzarían la imagen internacional de España como un actor comprometido con la paz y la seguridad humana, sin necesidad de participar en guerras o intervenciones militares que generan más inestabilidad de la que pretenden resolver.

En definitiva, distanciarse de las dinámicas de confrontación bélica impulsadas por la política exterior de Donald Trump no supone debilidad ni aislamiento para España, sino una oportunidad para reafirmar su soberanía y construir una política exterior coherente con los intereses y valores pacifistas de su ciudadanía. Apostar por la prudencia, el multilateralismo, la diplomacia y la resolución pacífica de los conflictos no solo reduce el riesgo de verse arrastrados a guerras ajenas, sino que también reforzaría el papel de España como un actor creíble en la promoción de la paz y la seguridad internacional. En un contexto global cada vez más inestable, defender una estrategia basada en la autonomía política, la neutralidad y la cooperación internacional puede convertirse no solo en una opción sensata, sino en una verdadera ventaja estratégica.

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