El avance de la ultraderecha

Giorgia Meloni, entre Santiago Abascal y Macarena Olona durante la campaña andaluza.

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Muchas personas se preguntan, con inquietud, cuál pueda ser la causa o causas del avance de la ultraderecha. Ante todo, conviene aclarar desde el principio que este crecimiento de partidos ultras es muy desigual a lo largo y ancho del globo terráqueo. Sin embargo, circunscribiendo el asunto a los países de Europa Occidental, mi reflexión es la siguiente.

Hagamos, de entrada, un poco de historia. En la década del año 30 al 40, del siglo pasado, varios de los países europeos más importantes estaban gobernados por fuerzas fascistas, empezando por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler lo que, a la postre, condujo a la II ª Guerra Mundial. Hasta 1943-1944 prácticamente toda Europa Occidental estaba controlada por esas fuerzas ultras, versión nazi o dictaduras militares, incluyendo la España de Franco y el Portugal de Salazar. Pues bien, todos esos sistemas políticos, que habían conducido a nuestro continente al desastre, fueron derrotados en 1945 por una alianza entre EEUU-Gran Bretaña y la URSS, más una suma de múltiples movimientos de Resistencia, en la que participaron decenas de miles de combatientes españoles republicanos. Al terminar aquella espantosa contienda, Europa quedó devastada y la población no deseaba volver a los regímenes políticos anteriores “liberales”, que habían dominado entre las guerras del 14 y del 39. El caso más significativo de esta voluntad popular de cambio fue el de Gran Bretaña, cuando la ciudadanía, en las primeras elecciones de la postguerra, dio la espalda al “héroe” Churchill y otorgó el poder al laborista Attlee, con el fin de que hiciese una política social mucho más avanzada. Lo mismo sucedió en otros países como Francia o Italia, en los que incluso entraron, durante algunos años, ministros comunistas en los gobiernos. Por no hablar de los países nórdicos, gobernados durante décadas por la socialdemocracia. En todos estos países se hicieron profundas reformas progresistas, se nacionalizaron buena parte de la banca y los sectores industriales estratégicos, se implantaron sistemas fiscales potentes, se establecieron Estados de Bienestar- sanidad, educación, pensiones, servicios sociales etc.-, en una palabra, se repartió la riqueza y se redujo la desigualdad. Al mismo tiempo, se fortaleció la democracia, con partidos de centro derecha y de izquierda robustos y sindicatos con abundante apoyo del mundo laboral. Fueron los años llamados “los 30 gloriosos”, en los que la economía creció, como media, en torno al 4/5% anual, se alcanzó el pleno empleo, la desigualdad descendió y las fuerzas de ultraderecha no se comieron un colín. 

Sin embargo, a mediados de los años 70 y principio de los 80, al rebufo de la crisis económica -crisis del petróleo, etc.- y la decadencia de la URSS, se desencadenó una fuerte ofensiva conservadora-liberal, de origen anglo-sajón (EEUU y Gran Bretaña), con Thatcher y Reagan a la cabeza. Esta contrarrevolución de la derecha tuvo éxito y modificó el panorama de manera sustancial. No fue casualidad que esa ofensiva comenzase con el ataque a las Trade Unions, con la derrota de la larga y dura huelga de los mineros ingleses. Sindicatos que eran, en todos los países, el auténtico valladar frente a las pretensiones del capitalismo, ansioso por recuperar la tasa de beneficios. Ese contrataque se extendió por otros países de Europa y América, a través del llamado “consenso de Washington”: privatizaciones, liberalización de mercados, reducciones de impuestos al capital, recortes sociales y, lógicamente, aumento de la desigualdad. En los años 90 y siguientes este proceso se aceleró al compás de una mundialización económica y financiera no inclusiva y descontrolada de los poderes políticos democráticos. Procesos que van modificando las formas de vida y trabajo tradicionales, que provocan una paulatina desindustrialización y deslocalización de empresas hacía zonas más templadas, es decir, con salarios más bajos y, para remate, un aumento exponencial de corrientes migratorias. En los EEUU desde países de América Latina y hacia Europa un poco de todas partes, en especial de África subsahariana. 

En este contexto, se consuma la crisis del Estado-nación, espacio en el que había crecido la democracia representativa y el Estado de bienestar, los dos pilares del modelo social europeo o, mejor dicho, de la Unión Europea. La subsiguiente crisis económico-financiera del 2008/9 fue letal, porque si por un lado mostró, a la deslumbrante luz del día, las vergüenzas y los estragos del modelo neoliberal, por otro ahondó en el desprestigio de las fuerzas políticas y sociales tradicionales, que no fueron capaces de proteger a la ciudadanía sino todo lo contrario: austeridad, desempleo, recortes sociales etc. Consecuencia curiosa de esta crisis ha sido que partidos que jugaron un papel estelar después de la II ª Guerra Mundial, con base ideológica clara: demócrata-cristianos, socialistas, socialdemócratas, comunistas, liberales, han ido desapareciendo en no pocos países y han surgido, por el contrario, nuevas formaciones políticas con denominaciones “transitivas” o gaseosas como “ En Marcha”, “Hermanos de Italia”, “Insumisos”, “Adelante Andalucía”, “Ciudadanos”, “Alternativa por Alemania”, “ Fuerza Italia”, “Frente Nacional, ”Podemos“ o ”Vox“. Manifestación del proceso de desideologización en curso, que yo prefiero calificar de escasez de teorías políticas serias, favorecedoras de heterogéneos populismos y demagogias variadas.

Ahora bien, quizá el fenómeno que más ha contribuido al crecimiento ultra ha sido la desigualdad en la senda de una globalización excluyente. Por un lado, ha marginado a amplios sectores de la población y, por otro, ha fomentado procesos migratorios a veces explosivos. Ambos fenómenos han creado un público autóctono proclive a ser víctima de mensajes simples pero efectivos, de naturaleza xenófoba, nacionalista radical y anti muchas cosas: la globalización, el europeísmo, el feminismo, las corrientes LGTBI, el cambio climático, nuevas formas de familia, etc. 

El conjunto de estos procesos ha conducido, sin duda, a la incertidumbre e inseguridad de amplias capas de la sociedad, en una palabra, al miedo. Una incertidumbre o miedo que, como en otras épocas, se aferra a supuestas certezas del pasado. Por eso, estos partidos ultras -en sus diferentes modelos- pregonan y ensalzan las versiones más rancias de mitos tradicionales: el nacionalismo tóxico, las formas primitivas de religión, el machismo antifeminista, la familia más patriarcal y unos supuestos valores “de toda la vida” que solo han conducido a la desigualdad o a la violencia. Un ejemplo bien acabado fue el de Trump en EEUU, que empezó con el “America First” -lo primero América- y acabó en un golpe de Estado y negando a las mujeres la interrupción voluntaria del embarazo. Le siguieron Bolsonaro en Brasil, Putin con su injustificable guerra de Ucrania, Le Pen en Francia o Meloni en Italia, con su discurso incendiario de Marbella a favor de Vox. En el caso español influyó quizá de forma determinante el llamado “procés” de Cataluña.

Este avance de la ultraderecha no ha sido siempre eficazmente combatido por los partidos democráticos de centro derecha o de izquierda. Los primeros, porque han sido promotores de políticas de desprotección-austeridad-, obsesionados con la bajada de impuestos o, también, como en el caso de Madrid, asumiendo elementos ideológicos o culturales de la ultraderecha. Los segundos -en especial, una parte de la izquierda- por el abandono de elementos simbólicos, arraigados en la mayoría de la población, que se han dejado en manos de la derecha. Por ejemplo, la idea de España sustituyéndola por esa tontuna de “Estado español”, como si España no existiera. O la crítica desinformada de la Constitución de 1978, refiriéndose a ella como “el régimen del 78”, desvalorizando una conquista de la democracia en la que los movimientos sociales -sindicatos, etc.- jugaron un papel fundamental.

La conclusión es bastante evidente. Las tendencias de ultraderecha surgen de las crisis del capitalismo, cuando las fuerzas políticas y sociales de la democracia no son capaces de proteger eficazmente a las poblaciones y las instituciones de aquella se desprestigian. Labor de debilitamiento en la que juegan un papel estelar los medios de comunicación, mayoritariamente en manos de la derecha, con su descalificación sistemática de los partidos, de los políticos, exonerando siempre de cualquier responsabilidad a las grandes empresas, cuyo poder es muy relevante en este mundo globalizado. Véase los precios de la energía y otras tantas cosas.

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