Domitila contra la amnesia

Si Domitila Vicente no existiera, este país sería mucho más pobre de lo que es, mucho más ignorante y, desde luego, mucho menos digno. Domitila y su cuarentena de vecinos, afectados como ella por las preferentes, protestones como ella ante el Concello de O Rosal, su pueblo. Domitila y todos los que se soliviantan por lo que se les roba, lo que se les arrebata. Hombres y mujeres que son apaleados y no se rinden, que son multados y no se cansan, que son calumniados y siguen firmes. De vez en cuando consiguen un rincón en los periódicos, y de repente nos ponen en contacto con la realidad que los grandes titulares ningunean porque han hablado fulano de tal, que se va, o mengano de cual, que se queda -oh, sí, se quedan muchos más-, y eso parece más noticia.

Domitila es la gente, y mucho más que eso: es el rostro de las consecuencias de la crisis, es el bofetón de lo que pasa mientras el oráculo que nos preside asegura a los compadres y comadres que "esto es lo que hay", al tiempo que esconde precisamente lo que hay y muestra sólo lo que le gustaría que hubiera: amnesia y anestesia generalizadas.

Hace unos días, en un intento -logrado- de defenderme de capirotes y saetas, me hice de Filmin y volví a ver Margin Call, la película sobre el inicio del hundimiento de las financieras de Wall Street que rodó J. C. Chandor poco antes de que, en nuestro país, Mariano Rajoy fuera investido por las urnas con la mayoría absoluta que les permitió, a él y a los suyos, sacar a hozar a los absolutistas que llevaban dentro. Revisité la peli deliberadamente, harta de que la tendencia de los establecidos del momento consista en tratar nuestra ruina y nuestra desigualdad como si fuera tan inevitable como una epidemia, tan aceptable como los caprichos de la meteorología. Después de verla, pensé: qué lástima, ¿es posible que ya nos hayamos olvidado? Procesiones, vacaciones y pelillos a la mar, ¿así somos? ¿De verdad no vamos a dedicar ni unos minutos a reflexionar sobre la situación nuestra, que hasta la UE denuncia, y a que debemos gran parte de su rigor al ejercicio despiadado de la venganza de clase ejecutado por los gobernantes del PP?

Pero llegó el martes, y el azar juntó en el tiempo a dos gallegos opuestos y antípodas. Por un lado, Mariano el que oculta. Por otro, Domitila, con su indignación y sus andaderas, y esa ridícula acusación de asaltar, con sus huesos y a sus años, a los del uniforme y la porra. Recordándonos que, detrás de los que pegan y multan, siguen estando los que se forraron a costa de los que menos tenían.

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