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Una izquierda que empuje a la izquierda

Archivo - El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, en el Pleno del Congreso.

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Ahora que la nostalgia es un bien de consumo que sirve para el pastoreo de almas, puede que recuerden unas de esas antiguas tiendas de ultramarinos donde se vendía todo a granel y una gran balanza romana ocupaba la atención de la clientela. Las había de brazo móvil, esas que tenían un solo plato y mediante una pesa que se deslizaba a través del mástil encontraban el punto de pesaje preciso, y estaba también la más interesante y que ha trascendido como símbolo de justicia y equidad, la balanza Roverbal, que tenía dos platos encima del mástil y que con una serie de pesos móviles colocados en el plato contrario al producto que se quería pesar encontraba el equilibrio. La política es un sistema de contrapesos donde las fuerzas ideológicas operan colocando pequeños pesos en su plato para que la balanza se rinda hacia su lado y que funciona en múltiples ocasiones con el peso de los mensajes en la opinión pública. Pequeñas batallas ganadas que funcionan como elemento de contrapeso a las políticas públicas para virarlas a la izquierda. En España tenemos un problema, cada vez existen menos manos funcionando en esas dinámicas y dentro de poco no quedará nadie que tire hacia la izquierda. 

Inmersos en una nueva transición, si la entendemos como un momentum en el que se está creando una nueva hegemonía cultural, hay que atender de nuevo a los viejos usos y costumbres que emanaron de aquel proceso histórico, y no hay nada como leer El País para entender hacia dónde discurren los intereses de la clase dominante que fija el nuevo sentido común y cuáles son las líneas y aspirantes a ocupar los puestos de la intelectualidad orgánica. En los últimos días se han podido leer dos piezas que sirven para comprender cuál es el peligro al que nos enfrentamos desde la izquierda si no somos capaces de reaccionar a tiempo y asumimos que no se puede delegar en los partidos del Gobierno y las fuerzas sindicales de concertación para lograr mejoras materiales desde la izquierda. Alguien tiene que moverles a la izquierda a ellos. 

Ignacio Sánchez Cuenca escribió un artículo analizando los hitos y el funcionamiento del Gobierno de coalición alabando a Unidas Podemos por haber sido responsable en la coalición y no haber dado la batalla al PSOE en asuntos polémicos y a su vez servir como garante para que el PSOE no vire hacia posiciones socioliberales, como ha hecho cada vez que ha gobernado en solitario. El filósofo considera que no se puede afirmar de forma seria que las políticas del Gobierno sean radicales ni que se desvíen de lo que se hace en otros países europeos al hacer más creíble las credenciales socialdemócratas del PSOE y evitar así la vía de agua del partido hacia la izquierda. No cabe duda que la diagnosis de la problemática es cierta, los gobiernos del PSOE siempre han pecado de escasa ambición por la izquierda. Pero hay un problema. La subjetividad de Ignacio Sánchez Cuenca no le ha dejado ver que se basa en una premisa muy socialdemócrata. Si desde su posición ideológica considera que no son posiciones radicales es que este Gobierno está pecando por el mismo lado de siempre, por ser poco ambicioso por la izquierda y por lo tanto existe el riesgo, no de que el electorado se vaya a otro partido porque ahora ambos forman parte del Gobierno, sino de desmovilizar a su electorado. 

La aceptación de las políticas del Gobierno de coalición desde las páginas de El País marcan el sentido común. Están siendo un gobierno de orden, no se están desmadrando y sus medidas están más próximas al socioliberalismo del PSOE que al espectro poscomunista que opera en Unidas Podemos. Al artículo de Ignacio Sánchez Cuenca se ha sumado un editorial de El País sobre la necesidad de no subir los salarios a los trabajadores porque eso implicaría que la inflación seguiría subiendo hasta hacerse estructural. Esto es una alerta roja que no podemos desdeñar, por lo que dice y por el argumento que esgrime para que la clase trabajadora se pliegue y se conforme. El editorial advierte que la consecución de la reforma laboral es un logro que hay que dejar asentarse y esperar a que arraigue y consiga los objetivos de mejora salarial, así que hasta entonces no hay que tomar más medidas de mejora salarial. Los currelas ya tienen la reforma laboral, hay que conformarse. Una validación de la reforma laboral de 2012 como muro infranqueable, el valladar insalvable que impedirá avanzar. El riesgo de vender una reforma descafeinada como un triunfo se ha concretado y ahora es el clavo ardiendo al que se agarran las clases dominantes para impedir más avances. 

Si hay un martillo pilón que amasó la disidencia de los derechos de la clase trabajadora fue la palabra consenso. Una denominación amasada a través de una composición de fuerzas que, debido a pequeña representación de los intereses de clase en las posiciones políticas, siempre ha obligado a ir a rebufo, haciendo concesiones y perdiendo derechos. Si quien tiene menos fuerza pacta con el que más tiene el acuerdo siempre será de mínimos. Habrá consenso, pero siempre perderemos los mismos. La consecución de derechos y su ampliación siempre ha sido mediante la representación sindical con la fuerza de la lucha en la calle, sin presión social no hay diálogo posible ni mesa en la que sentarse y esa máxima está quedando diluida cuando en la actualidad el partido de izquierdas en el Gobierno y las grandes fuerzas sindicales operan defendiendo lo logrado en sus políticas de consenso y no empujando hacia la izquierda. Quien tiene que exigir ahora se conforma. 

Unidas Podemos funcionaba como esa fuerza tractora que movía a la izquierda al PSOE y a las políticas públicas, pero no quedará nada de eso si se preocupa de defender políticas de consenso que son, a la fuerza, mucho menos ambiciosas porque exigen renuncias que dejan sin representación al electorado potencial que ocupa su espectro ideológico. La reforma laboral es el epítome máximo de la dinámica de conformismo que se quiere instaurar dejando a un lado las voces críticas para aceptar lo logrado como el borde del abismo. La reforma, en minúsculas, es un símbolo, pero no de lo que se consigue, sino de lo máximo a lo que podemos aspirar. Una línea roja que marca el terreno de lo posible y el marco exiguo en el que la izquierda puede moverse. Sin deseo no hay avance, sin utopía no hay conquistas, sin nadie que tire a la izquierda cada vez nos moveremos más hacia la derecha. 

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