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Milei insulta a España y la derecha patriótica calla

El líder de VOX, Santiago Abascal (i), y el presidente de Argentina, Javier Milei (d), durante el acto ‘Viva 24’ de VOX, en el Palacio de Vistalegre

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Lo que ha sucedido este domingo durante la visita de Javier Milei a España es de extrema gravedad. En un multitudinario acto de apoyo a Vox de cara a las elecciones europeas del 9 de junio, el mandatario argentino ha insultado públicamente al presidente del Gobierno de nuestro país, Pedro Sánchez, afirmando que pertenece a la “calaña de gente atornillada en el poder” y que “aun cuando tenga la mujer corrupta, se ensucia y tome cinco días para pensarlo”. Las palabras de Milei deberían merecer el repudio unánime de las fuerzas del arco parlamentario español y de la sociedad en su conjunto, más allá de las fricciones políticas que puedan perturbar o envenenar nuestro debate doméstico cotidiano. Como señaló al final de la tarde de este domingo en una declaración institucional el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, estamos ante un ataque contra las instituciones representadas por el presidente del Gobierno, así como ante una injerencia inadmisible de un dirigente extranjero en los asuntos internos de nuestro país y una quiebra sin precedentes de las relaciones diplomáticas entre dos Estados que han mantenido viejos lazos de hermandad.

El ministro Albares ha exigido a Milei una rectificación pública de sus palabras y ha llamado a consultas sine die a la embajadora en Buenos Aires. Además, en una conversación con el alto representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, este le ha transmitido que los insultos del mandatario argentino a Sánchez constituyen una acto intolerable. Es lo mínimo que cabe hacer ante la aberrante forma de entender la política que la extrema derecha está esparciendo ignominiosamente por el mundo, en muchas ocasiones con el apoyo activo o pasivo de la llamada derecha tradicional. En su declaración, Albares contó que había recabado entre las fuerzas políticas apoyo a su comunicado y que todas habían arrimado el hombro, salvo Vox y el PP.  Del primero por supuesto no cabía esperar ningún acto de defensa institucional de su país, por mucho que se le llene la boca proclamando a los cuatro vientos su patriotismo. Vox es lo que es: un partido extremista que ha hecho del insulto y el matonismo su norma de actuación. Su aquelarre del domingo en Vistalegre fue una exhibición de lo más granado del neofascismo que ya no es el lobo que viene, sino el que ya está aquí, entre nosotros, después de un proceso de blanqueamiento del que buena parte de los conservadores y más de un progresista partidario del appeasement tienen su dosis de responsabilidad. Además de Milei, sin duda la estrella de la jornada, pudimos ver en el estrado al ministro israelí de Asuntos de la Diáspora, el ultra Amichai Chikli, también vertiendo basura contra el presidente español por su posición ante la guerra en Gaza.

¿Y el PP? ¿Ese partido que se describe como mejor dotado para gobernar nuestro país? “Nuestra labor es hacer oposición al presidente de España, no al de Argentina”, han contestado a Albares. Al partido de Feijóo no lo mueve en este caso solo su proverbial iracundia contra Sánchez por el delito de tener la mayoría parlamentaria para gobernar, sino, también, su temor a que una muestra de debilidad en este incidente pueda favorecer a Vox en la lucha por espacio de la derecha. Por la combinación de ambas razones, la formación conservadora no ha tenido la decencia de reprobar lo que es, por mucho que se resistan a admitirlo, una ofensa en toda regla a su país. Cabría también pedir explicaciones a las grandes compañías que ayer acudieron, aunque con reticencias en la mayoría de los casos, a un encuentro con Milei en el que el desquiciado promotor de la “motosierra” económica les soltó una lección de una hora sobre la necesidad de erradicar de nuestra cultura el concepto de la justicia social. Por lo visto, dicha reunión la montó sobre la marcha el mandatario argentino para acallar las críticas de algunos medios en su país por utilizar el avión presidencial para un viaje que él mismo había calificado de personal. Sería interesante que el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, dijera sin ambages si eso, la motosierra de Milei, es lo que desean los empresarios españoles para nuestro país y qué posición tomarán ante la destrucción del tejido social de Argentina las empresas con intereses en el país sudamericano.

Milei no solo ha insultado al presidente y su esposa y al conjunto de los españoles (aunque el odio a Sánchez sea a veces tan enorme que impida a muchos entender que han sido ofendidos). Además, ha cometido la indecencia de hacerlo en España, donde contaba con todo el apoyo logístico del Gobierno para garantizar su seguridad durante su estancia, con lo que ello implica para el bolsillo de los contribuyentes.

A juzgar por la virulencia que irradia este personaje y el odio que transmite en cada intervención, es poco probable que ofrezca las disculpas que le solicita Albares. Y en todo caso, aunque finalmente se reencauce esta crisis, hay que tener bien presente el sombrío escenario al que nos enfrentamos los demócratas: el de una extrema derecha en expansión, en España y el mundo, que ha roto todas las reglas del juego de la convivencia y con la que ya no caben ambigüedades. Este incidente, cualquiera que sea su desenlace, debería movilizar al Gobierno progresista de Sánchez para poner en un lugar prioritario de la agenda europea la amenaza neofascista, más allá de los ejercicios retóricos con los que lavamos periódicamente nuestra conciencia ante un fenómeno que exige un nuevo impulso de nuestra fatigada democracia. 

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