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Opinión - El 'tiro' del ministro Cuerpo, por María Álvarez

No digamos que no vimos venir la próxima de Trump

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump (C-R), acompañado por el senador Lindsey Graham, republicano por Carolina del Sur, habla con los periodistas a bordo del Air Force One el 4 de enero de 2026
6 de enero de 2026 21:56 h

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Estábamos el sábado todavía recuperándonos de la resaca de Nochevieja y entretenidos con las compras de Reyes, cuando la agresión de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro del presidente Maduro y su esposa nos pillaron descolocados. A nosotros y a todo el planeta, en plenas Navidades y sin verlo venir. Cuatro días después estamos todavía encajando la noticia, ha habido algunas protestas, los gobiernos empiezan a salir del estupor, y los demócratas estadounidenses van declarando su rechazo a la acción de Trump. 

De aquí a una semana tal vez ya seamos del todo conscientes de la gravedad de lo sucedido, y empecemos a actuar (en las relaciones internacionales, en las calles o en los tribunales norteamericanos). Pero para entonces ya será tarde, y tal vez Trump haya dado otro paso que nos pille de nuevo con el pie cambiado y reanudemos el ciclo de incredulidad, estupor y reacción lenta. Quizás sea un ataque a Irán (amenazó hace días con acudir “al rescate” de los manifestantes si eran reprimidos), un portaaviones en aguas cubanas (“Cuba será algo de lo que acabaremos hablando muy pronto”, adelantó ayer mismo), una paz impuesta en Ucrania, o alguna decisión demencial en política interna. Sea lo que sea, nos cogerá a todos descolocados, nos obligará a seguirle en su carrera loca, y Venezuela quedará atrás, superada, fuera de agenda, pronto olvidada, y con Maduro esperando años en el limbo como le pasó a Assange.

La estrategia de Trump es siempre la misma: política disruptiva, puñetazo en la mesa, acciones radicales que nos cogen con el pie cambiado, a las que ni siquiera sabemos responder y que, cuando por fin reaccionamos, son superadas por un nuevo puñetazo, otra acción más radical que la anterior, y otra vez todos fuera de juego. “Atacar, atacar, atacar”, es la primera regla de Trump según cuentan en su imprescindible biopic The Apprentice. Con esa estrategia de llevar la iniciativa y descolocar a sus rivales se manejó Trump en los negocios, en la política y ahora también en las relaciones internacionales. Atacar, atacar, atacar, y los demás defendernos como podemos, pero siempre bailando al son que marca su tambor loco.

Decimos que Trump es imprevisible y justificamos así nuestra lentitud de respuesta, pero qué va: es totalmente previsible, no hace nada que previamente no haya anunciado, sin disimulo, con todas las palabras. Dijo que intervendría en Venezuela, y así ha hecho. Amenazó en campaña con redadas y deportaciones de migrantes, y empezaron nada más llegar. Anunció en su primer día de presidencia que impondría aranceles a todos los países, y dicho y hecho.

Todo está en su agenda, que no es precisamente secreta. El problema no es de imprevisibilidad, sino de inverosimilitud: no nos lo podemos creer, incluso aunque diga que lo va a hacer. Es una ruptura de esquemas (y de reglas y leyes) tan brutal que choca con nuestro principio de verosimilitud: no puede ser cierto, nos frotamos los ojos, nos cuesta creerlo. Pues ya podemos espabilarnos, reformular lo que hasta ahora considerábamos inverosímil, y tomarnos en serio sus amenazas, porque no son bravuconadas sino anuncios oficiales de los próximos pasos: Cuba, Irán, Colombia, Groenlandia… Luego no digamos que no lo vimos venir.

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