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Rajoy, entre el caos y la nada

El PP ya ha repartido entre todos sus dirigentes, militantes y simpatizantes el argumentario que va a repetir una y otra vez en los cinco meses que faltan hasta las elecciones generales, y después, si el resultado de esa convocatoria les irrita tanto como el de los comicios municipales y autonómicos del 24 de mayo. Ya saben, los portavoces peperos se han empeñado en convencer a la ciudadanía de que los bárbaros han invadido los ayuntamientos, con la colaboración del PSOE y de Pedro Sánchez, ese “extremista” que ocupa su secretaría general, “saltándose la voluntad democrática de los españoles”, según expresión pronunciada por el propio presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el Congreso de los Diputados.

Es como si Rajoy y sus huestes pretendieran sugerir que los consistorios han sido tomados al asalto y no por la fuerza de los votos de quienes han apoyado las candidaturas de izquierdas —que juntas suman más papeletas y más concejales que el PP— y que son esos ciudadanos españoles de los que él mismo habla, salvo que al presidente del Gobierno solo le parezcan españoles los que votan al PP y al resto los vea como a vándalos, en cualquiera de las acepciones que recoge el Diccionario de la RAE, desde la primera, “pertenecientes a un pueblo bárbaro”, a la tercera, “que cometen acciones propias de gente salvaje y desalmada”.

Parece que el PP sigue sin entender lo que está pasando, que no se ha enterado de que la mayoría de los ciudadanos quiere otras políticas y otras actitudes. Por eso, ante la imagen refrescante de alcaldesas y alcaldes que van a trabajar en metro, andando o en bici, que pasan de oropeles y reservan la parafernalia para los actos de representación, los dirigentes populares reaccionan acusándoles de radicales peligrosos que van a traer el caos. Esa sensación de caos, de “¡dios mío, ¿a dónde vamos?!”, es precisamente la que quieren extender recuperando la estrategia de la crispación que tan buenos resultados les ha reportado en ocasiones anteriores. Ya han empezado con el ruido y la imagen de enfrentamiento, confusión y desorden, un escenario terrible para el que solo ofrecen una alternativa: ellos y su capacidad para el ordeno y mando.

Nada más que eso. Porque si Rajoy vino a admitir el jueves que su mal resultado electoral estaba causado por las consecuencias de la crisis y la corrupción, no parece, sin embargo, que lo haya asumido y esté dispuesto a cambiar nada. Ni las caras. Hasta el momento solo ha sustituido a Carlos Floriano por Pablo Casado, que ya estaba ahí, porque da mejor en la televisión.

No se plantea, desde luego, un cambio de políticas para dejar de descargar sobre la vida de los más débiles las consecuencias de una crisis económica en cuya génesis no participaron. Nada, tampoco, de tratar de impedir que los que la generaron se vayan de rositas. Nada de buscar una redistribución de las rentas mediante unos impuestos progresivos y unas políticas sociales más justas. Nada de devolver los derechos laborales y de acabar con los trabajos precarios y los sueldos insuficientes. Nada de asumir las responsabilidades políticas en los casos de corrupción y de colaborar con la justicia para su esclarecimiento. Nada.

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Publicado el
20 de junio de 2015 - 18:55 h

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