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Pedro Sánchez, ante el fantasma de una nueva investidura fallida: diferencias y semejanzas tres años después

Si PSOE y Unidas Podemos no llegan a un acuerdo in extremis, Sánchez volverá a fracasar en un proceso de investidura como en 2016

"Primero son las políticas y luego el Gobierno", dijo hace tres años y ha repetido durante las últimas semanas

Tras esa investidura fallida, Sánchez fue forzado a dimitir por su partido para favorecer la investidura de Rajoy: ahora es él quien reclama la abstención del PP

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Pedro Sánchez en la sesión de investidura

Pedro Sánchez durante la sesión de investidura en 2016

"Al no haberse alcanzado la mayoría requerida y, en consecuencia, no haberse otorgado la confianza de la Cámara para la investidura, esta circunstancia se comunicará a su majestad el rey a los efectos de lo dispuesto en el artículo 99.4 de la Constitución y, por lo tanto, se levanta la sesión". Era viernes, 4 de marzo de 2016, y el entonces presidente del Congreso, Patxi López, cerraba así la primera sesión de investidura fallida de la historia de la democracia española.

Pedro Sánchez vuelve a intentarlo tres años después en un escenario que plantea notables diferencias pero que puede acabar de la misma manera. Porque si bien es cierto que tras la renuncia de Pablo Iglesias a formar parte de un gobierno el camino parecía allanado, la escalada de reproches entre ambos líderes políticos durante sus intervenciones en la sesión de investidura del lunes parecía alejar las posturas en una de las negociaciones más complejas que puede haber: en la que se decide un gobierno de coalición. "Si no llegamos a ese acuerdo, no voten con la ultraderecha contra un candidato socialista", pidió Sánchez, "sería la segunda". 

Tras las elecciones de diciembre de 2015, Mariano Rajoy rechazó el encargo del rey de someterse al pleno de investidura en primer lugar. "En este momento tengo una mayoría absoluta en contra", dijo, pese a ser la fuerza más votada y considerar que "lo mejor para España" era un gobierno PP-PSOE-Ciudadanos. Contaba con 123 escaños, los mismos que ahora tiene Sánchez, que a principios de 2016, cuando aceptó de rebote la petición del monarca, solo contaba con 90 diputados. "La democracia española tiene que resolver la elección de un presidente de Gobierno por un Congreso mucho más plural y complejo, así que todas las fuerzas del cambio estamos llamadas a entendernos", dijo entonces el líder socialista.

Comenzó así un proceso de negociaciones para recabar los 176 votos a favor necesarios en una investidura que dejó titulares que recuerdan a los leídos estos días. A finales de enero de aquel año, Sánchez ya había afirmado que "los votantes de Podemos, como los del PSOE, no entenderían" que sus partidos no se pusieran de acuerdo. "Nos hemos puesto de acuerdo en ponernos de acuerdo", dijo el pasado mes de mayo Pablo Iglesias tras salir de la primera reunión para negociar la actual investidura con el presidente en funciones. "Nuestros electores no entenderían que no nos entendiéramos", repitió la vicesecretaria socialista, Adriana Lastra, durante su intervención este martes en el pleno de investidura. 

En 2016 ambas formaciones no llegaron a un acuerdo; tras el 28A, y a menos de 48 horas de la segunda votación, tampoco lo han conseguido aún. Han pasado casi tres meses desde las elecciones y los posibles socios de Sánchez (Unidas Podemos, PNV, Compromís y ERC) han utilizado el atril del Congreso para acusar al líder socialista de inmovilismo a la hora de plantear una negociación.

Iglesias en el Gobierno, "el principal escollo"

Sánchez se ha presentado este martes a la votación con 124 apoyos amarrados: los de su grupo y el del diputado del PRC, el partido de Revilla. Son menos que los que tuvo en su anterior intento. Entonces eligió como socio a Ciudadanos, con quien había pactado la presidencia del Congreso y con quien terminó por firmar un acuerdo de legislatura con 200 medidas. Un acuerdo hacia el que intentó, sin éxito, atraer a Podemos y al resto de partidos "a izquierda y derecha" a través de su apoyo o abstención.

Finalmente, el PSOE acudió a la investidura con el único apoyo de los 40 diputados de Ciudadanos y el de Coalición Canaria (131, 45 menos de la mayoría absoluta) y el resto en contra. Las intervenciones previas a la primera votación dejaron unos discursos broncos. Iglesias acusó a Sánchez de estar "rendido a las oligarquías y los poderes fácticos", una acusación que repitió hace unos días durante una entrevista en La Sexta y que ha molestado entre los socialistas: "Claro que se está presionando a Pedro Sánchez (en referencia al Ibex35), se nota hasta en los bandazos que ha ido dando".

Tras el fracaso de Sánchez en la investidura en 2016, el líder socialista abandonó su escaño con rictus serio, se acercó al asiento de Albert Rivera y le estrechó la mano. Aún intentó lograr otro acuerdo a tres, entre PSOE, Ciudadanos y Podemos, que quedó en una foto de la reunión que mantuvieron en el Congreso en abril de 2016 y que no dio frutos.

Las relaciones entre los socialistas y Ciudadanos no han podido ir a peor desde entonces. Rivera no solo ha establecido una línea roja alrededor del PSOE y del "sanchismo", sino que ni siquiera acude a las reuniones a las que es convocado por el presidente en funciones. "No tengo nada más que hablar con él", dijo Rivera hace un par de semanas. Durante su intervención el lunes, Rivera ha llegado a acusar al presidente en funciones de tener un plan a diez años y una banda para "llegar al poder, perpetuarse y criminalizar a los rivales políticos", de legitimar a Batasuna y de pactar con la extrema derecha, en referencia a JxCat.

Su posición, aunque anunciada antes de las elecciones, y la estrategia de pactos también a nivel autonómico y local, donde ha elegido al PP como socio con la muleta de Vox, le ha costado una de las mayores crisis internas del partido, con la dimisión de Toni Roldán y Javier Nart, ambos en la Ejecutiva, así como la de otros miembros destacados, como su candidato a la alcaldía de Barcelona, Manuel Vals.

Rajoy también vivió una investidura fallida

La repetición electoral del 26 de junio no facilitó la aritmética para formar gobierno, pero reforzó al PP como partido más votado. Subió 14 escaños, hasta los 137; mientras, el PSOE perdió cinco y se quedó con 85. Con todo, Rajoy continuaba con una mayoría absoluta en contra y fracasó en una primera investidura a finales de agosto.

El PSOE se sumergió en una crisis interna entre los partidarios de favorecer al 'popular' en segunda votación con su abstención y el "no es no" de su secretario general. Una crisis que desembocó en la dimisión en bloque de 17 miembros de la Ejecutiva Federal lo que, en la práctica, obligaba a su disolución, en una especie de golpe de Estado para forzar la dimisión de Sánchez como líder del partido a finales de septiembre de 2016.

Ya con Sánchez defenestrado tras el polémico Comité Federal de octubre de 2016 que lo echó de la Secretaría General, Rajoy se presentó a una segunda investidura. La dirección del PSOE, controlada entonces por barones como la presidenta andaluza, Susana Díaz, optó entonces por la abstención.

Para evitar facilitar con su voto la investidura de Rajoy y no votar contra el criterio de su partido, Sánchez abandonó su acta de diputado antes de la votación. 15 diputados socialistas rompieron con la disciplina de voto. Entre ellos están la actual presidenta del Congreso, Meritxell Batet, la ministra de Defensa en funciones, Margarita Robles y el presidente del Senado, Manuel Cruz.

En su primera entrevista tras renunciar a su acta, con Jordi Évole en La Sexta, Sánchez explicó que había "responsables empresariales y del sector financiero" que intentaron "influir para que hubiera un gobierno conservador" y que "determinados medios de comunicación" le dijeron "que si hubiera entendimiento con Podemos ellos lo criticarían". El País ha sido uno de ellos", sostuvo.

Sánchez también acusó a los barones de su partido de haberle impuesto no aceptar el apoyo de los independentistas, mientras en esta ocasión ha reclamado a Casado que se abstenga "si no quiere que la investidura del gobierno de España dependa" de esas mismas fuerzas. Sobre el partido de Iglesias, el por aquel entonces militante socialista –había renunciado a sus cargos en el partido y a su acta de diputado– afirmó que se equivocó al llamarlo "populista" y "al firmar solamente con Ciudadanos y no firmar con Podemos", además de reconocer que "el PSOE tiene que mirar de tú a tú y trabajar codo con codo con Podemos". Unas declaraciones que le han perseguido durante estos días en boca de varios dirigentes de Unidas Podemos. 

Del "no es no" a retirar "barreras"

Otra vez como secretario general del PSOE, ahora como líder del partido más votado y ante una segunda oportunidad de salir victorioso de una nueva investidura, Sánchez trata de llegar a un acuerdo con Iglesias mientras no se cierra a otras opciones. El lunes le planteó que "si no llegamos a un acuerdo, ¿cuál es la situación? ¿cuál es?", para pedirle que "no voten con la ultraderecha contra un candidato socialista". A la vez, reclamaba la abstención de PP y Cs: "No les pido que apoyen este proyecto, lo que les pido es que retiren las barreras y permitan que España tenga gobierno. Lo que les pido, lo que les exijo, es que España avance". 

Esta estrategia ha enfrentado a Sánchez con el fantasma de su "no es no". El líder socialista insiste en que no hay alternativa y que "España ya eligió entre izquierda y derecha el 28 de abril". "No puede venir aquí a exigir todo a cambio de nada", le recriminó Casado tras su discurso de investidura en el que afirmó que "es muy difícil fiarse de que el adalid del 'no es no' ahora diga que tenemos que abstenernos casi coactivamente". 

Los diputados socialistas que se abstuvieron en la investidura de Rajoy en octubre de 2016 enviaron una carta a los 'populares', titulada 'Un camino difícil y honorable' reclamando "reciprocidad". "No es de recibo que quien hizo eso (el 'no es no' y la moción de censura con el apoyo de los independentistas) ahora solicite el apoyo del Partido Popular para su investidura", respondieron desde la formación conservadora.

Si Sánchez fracasa el jueves, se abre un escenario incierto en el que no pueden descartarse unas nuevas elecciones, que tendrían lugar el 10 de noviembre. Cabría una segunda intentona en septiembre, como la de Rajoy, pero los socialistas tratan de trasladar la presión a Unidas Podemos y al resto de grupos rebajando esta posibilidad. "No hay segundas oportunidades", repiten.

Lastra intentó la semana pasada marcar un nuevo paralelismo con el año 2016: "Tendremos que recordar lo que pasó en el 2016. Pablo Iglesias votó en contra de la investidura de un presidente socialista, el rey llamó a consultas y no hubo un segundo intento. Se fue a elecciones directamente".

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