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Queridas urbanitas, la huelga feminista también se hace en los pueblos

Las mujeres de Alburquerque ocuparon la barandilla el 8M de 2018.

Marta Borraz

Las mujeres de Alburquerque también querían saber qué era 'mirar la vida pasar' desde la barandilla. Como muchos otros, este municipio de Badajoz cuenta con la típica acera con pasamanos que da a la plaza del pueblo en la que suelen apostarse grupos de hombres en fila que charlan y observan el entorno durante horas. “Nos parecía muy simbólico porque es un espacio muy masculinizado, así que la ocupamos. Estuvimos allí unas cuantas mujeres durante un rato”, explica Gloria. Esta mujer de 40 años, que vive en el pueblo desde hace más de 20, asegura que este 8M volverán a instalarse en la barandilla como una de las acciones enmarcadas en la jornada de movilización. Y es que la huelga feminista también tiene empuje en el ámbito rural.

“La iniciativa partió el año pasado de un grupo de mujeres que no queríamos ir a las ciudades precisamente para que se viera que también hay lucha en los pueblos”, cuenta Gloria, que gestiona un albergue y un aula de aprendizaje desde el colectivo CALA, de donde se ausentará el próximo viernes para hacer huelga de 24 horas. Aunque la ocupación de la balaustrada no fue lo único que pasó el pasado Día Internacional de la Mujer en Alburquerque, sí fue lo más significativo. “Los hombres se fueron a la acera de enfrente. Se sintieron desconcertados, pero nosotras les decíamos que solo queríamos saber cómo se sentía la vida desde la barandilla”.

Un hilo de Twitter de la socióloga Cristina Hernández que se hizo viral puso de manifiesto el año pasado que, a pesar de que el foco mediático se ponga sobre las grandes ciudades, el 8M también se mueve en los pueblos. Así ocurrirá igualmente este 2019 ante la convocatoria del movimiento feminista de hacer huelga en cuatro ejes: cuidados, laboral, estudiantil y de consumo. “El feminismo ha llegado a los pueblos. El pasado 8M se demostró y este año estamos convencidas de que también”, explica Teresa López, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (FADEMUR).

Ellas aprovechan la convocatoria para reivindicar que hay un feminismo más allá de las ciudades; un feminismo que se ocupa de cosas que en las urbes se viven como ajenas: por ejemplo, la invisibilidad de la mujer en el campo y en la ganadería, que en muchos casos trabaja “en la sombra” sin cotizar ni cobrar oficialmente, o la práctica ausencia en muchos municipios de recursos para las víctimas de violencia machista. “La realidad que se muestra como 'lo normal' es la urbana y el resto somos 'paletas', 'chistosas', 'débiles' y al fin y al cabo, inferiores. Esto en algunos casos se ha interiorizado tanto que cuesta romperlo y que no se sienta con orgullo ser mujer rural”, analiza Gloria, que reivindica a las mujeres que han conseguido romper barreras y celebra la capacidad, dice, que hay en los pueblos de “hacer juntas cosas, sabiéndonos diversas.

El impacto de un grupo de mujeres

Las distintas situaciones de las mujeres hacen que la incidencia de la huelga laboral, señala López, vaya a ser desigual, como ya ocurriera el año pasado y como pasa en las ciudades. Sin embargo, en el ámbito rural prefieren trascender a las cifras y quedarse con el impacto de las que sí paran y de las acciones colectivas. Eso a pesar de que a ojos de las ciudades quizás no sean de gran importancia: “El año pasado éramos unas 30 mujeres en la concentración, luego hicimos una comida colectiva y después nos fuimos a Burgos ciudad a la manifestación. Este año también lo haremos”, apunta Julia Quintana desde Cilleruelo de Abajo, un pueblo de no más de 300 habitantes, según el INE.

Esta mujer de 54 años, que tiene dos hijos que ya no viven allí, lleva más de 20 teniendo que demostrar que es capaz de hacer su trabajo igual que un hombre. Así lo expresa cuando se le pregunta por su empleo en el ámbito de la agricultura, un sector, junto a la ganadería, en el que las mujeres siempre han trabajado aunque de forma no oficial. A pesar de que hay una ley aprobada desde 2011 para reconocer la titularidad compartida de las tierras y sacar de la invisibilidad a las ganaderas y agricultoras, “buena parte de la Administración está boicoteando su implantación”, denuncian desde FADEMUR.

Julia, presidenta de la Asociación de Mujeres Rurales de Burgos, es una de las excepciones. Ella es propietaria de la tierra y trabaja como seleccionadora de semillas, principalmente cereales. Un oficio que le lleva a encontrarse con discriminaciones cotidianas muy habitualmente: “Cuando empecé era peor y me decían que no podía hacer el trabajo como un hombre. Ahora sigo teniendo que demostrar todos los días que soy igual de válida”. ¿Y qué pasa con los cuidados? “Las mujeres seguimos siendo las que nos encargamos principalmente. Hombre, ha cambiado. Ahora muchos nos dicen que nos echan una mano, pero no es compartido”.

“¡Ese día los maridos que se organicen como quieran!”, responde sobre la huelga también de tareas domésticas a la que llama el movimiento feminista. “Es algo que ya hemos comentado entre nosotras. Hacemos huelga en casa”. En marzo Julia apenas tendrá ya trabajo, así que en lo que respecta a lo laboral, no acudirá. “En el ámbito rural es difícil para muchas hacer huelga. Muchas mujeres en los pueblos trabajan en ayuda a domicilio o en residencias de ancianos, que son espacios muy feminizados en los que cuesta”, explica. La mujer asume, por otro lado, que algunas mujeres que se encargan “de forma oculta” de la administración de las tierras no trabajarán ese día.

“Estaban haciendo historia”

La agricultora confiesa que el año pasado no se atrevieron a poner delantales en las ventanas de las casas, una de las acciones diseñadas por el 8M para reivindicar la importancia de los cuidados, pero que este año sí lo harán. También los colocarán en Miño (A Coruña), un pueblo de algo más de 5.000 habitantes en el que un grupo de mujeres, entre las que está Arantxa, promovieron en 2018 la movilización feminista. “Hicimos una concentración que superó nuestras expectativas, así que este año vamos a hacer manifestación”, apunta. Su hija, además, no irá a clase ese día y su hijo, adolescente, “se apañará”.

Para ella el pasado 8M fue especialmente emocionante ver cómo las más mayores del pueblo acudían a la concentración que celebraron en el centro del municipio. Aunque había mujeres de todas las edades, recuerda Arantxa, “Miño nunca había hecho una concentración solo por ellas”. “Muchas –prosigue– habrían acudido antes con sus maridos a movilizaciones por otras causas, pero en esta ocasión estaban convencidas de que estaban haciendo historia”. Desde entonces, el feminismo se ha instalado con más fuerza en el pueblo, como ha ocurrido en muchos otros lugares, centros de trabajo y familias de España. “Comenzamos a escuchar conversaciones en el supermercado”, ilustra Arantxa.

En Alburquerque, el pueblo de Gloria, las acciones han seguido y ella nota que se habla más abiertamente de feminismo, que ya no es una palabra tan maldita. Entre otras cosas, el pasado diciembre organizaron una multitudinaria carrera por el pueblo contra el asesinato de Laura Luelmo y en los próximos días definirán más concretamente las actividades para este año. 

Lola también cree que en Huelma, el pueblo de Jaén de 6.000 habitantes en el que vive, cada vez hay más mujeres sumándose al feminismo. Aunque ella ya lleva tiempo en la pelea, el año pasado animó a convocar una reunión de cara a movilizar a la gente el 8M. Y fue todo un éxito. “En esa primera asamblea éramos unas 18 mujeres, que es mucho para un pueblo pequeño. A partir de eso comenzamos a repartir octavillas, a hacer delantales y pancartas”. Este año repetirán la convocatoria aunque haciendo una mayor incidencia en que los hombres se movilicen también para ocuparse de los cuidados.

En Huelma, explica Lola, hay muchas mujeres que se dedican profesionalmente al sector de los cuidados, lo que dificulta que puedan parar. “En el colegio y en el instituto sí hicimos huelga”, cuenta esta maestra de lengua y francés recientemente jubilada. Aunque todas las mujeres consultadas para este reportaje coinciden en señalar las dificultades a las que suelen enfrentarse en el ámbito rural, piden que sus realidades sean tenidas en cuenta y reivindican que hay feminismo más allá de lo urbano. “Por ejemplo, en la matanza del cerdo, un proceso que se hace en los pueblos, cuando estás aquí ves que ellos celebran cuando está todo ya troceado, pero las mujeres se quedan trabajando hasta que está todo limpio. ¿Quién se fija en eso?”, se pregunta Gloria desde Alburquerque.  

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