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Familiares agolpados a las puertas de Barajas y viajeros solitarios en la terminal: "Parece un cementerio"

Un vigilante de seguridad pone orden a la entrada de la T1 entre los pasajeros y los familiares que esperan

Un tercio de los 178 vuelos que están programados este miércoles en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas operan desde la recién inaugurada T1. Es la primera vez en tres meses que la terminal originaria abre sus puertas después del estado de alarma, pero no a todo el mundo: solo a quien enseñe su tarjeta de embarque a los agentes de seguridad y tenga la mascarilla correctamente colocada. Nuevas reglas que responden al levantamiento de restricciones que acordó ayer la UE y que, en el caso de España, da la bienvenida a turistas de otros 13 países.

Con ello, la seguridad del aeropuerto busca evitar aglomeraciones en las terminales, pero el desconcierto termina provocando ese mismo agolpamiento en las dos únicas puertas de cristal disponibles. "Está siendo una locura y solo es el primer día", se lamenta una de las dos vigilantes que controla el acceso mientras atiende a dudas, ruegos para ir al baño y quejas de los familiares por no poder dar un abrazo a su ser querido tras la recogida del equipaje.

"Llevo casi un año sin ver a mi hija porque vive en París y no pudo venir la Navidad pasada. Ahora me arrepiento de no haber ido yo o de no haberla presionado más", cuenta Patricia con los ojos clavados en cada persona que cruza arrastrando una maleta. Los reencuentros emotivos, en la "nueva normalidad", se viven la calle, lo mismo que las despedidas, que pillan a más de uno desprevenido. Un beso rápido, quizá demasiado, y unas palmaditas para no taponar la entrada al que va después. "Da muchísima pena. Entras solo y esto parece un cementerio", comenta Valeria, que vuelve a Roma para ver a sus padres pero no ha podido decir adiós en condiciones a su marido, que la esperará estos dos meses de verano en Madrid.

El primer vuelo que ha aterrizado en la T1 a las 10:05 procedía de Estambul, igual que el primero que se ha operado desde la capital. En total, 27 vuelos están previstos que lleguen a Madrid este 1 de julio, incluido alguno transoceánico desde Abu Dhabi o Buenos Aires. Por su parte, otros 20 saldrán de esta misma terminal, en su mayoría a países extranjeros de dentro y fuera de Europa, aunque se esperan con más asiduidad en los próximos días debido a la pronta publicación de la lista de la UE, como explican fuentes del aeropuerto a eldiario.es.

Al otro lado de la puerta, los que llegan están aún más inquietos que sus familias. Diego sale con la mirada desconcertada porque su padre dijo que iba a recogerlo y no lo encuentra, por lo que se acerca a preguntar a las únicas personas que deambulan por esa zona de la terminal: los periodistas. Cuando le dicen que todo el mundo en la calle, sonríe por debajo de su mascarilla. Su vuelo llega de Londres, lugar en el que trabaja y en el que asegura que los controles en los aeropuertos no son nada exhaustivos.

"La sensación de viajar en avión ha sido como la de siempre, exceptuando por la mascarilla. Los asientos estaban llenos, los azafatos se paseaban todo el rato y el señor que tenía al lado incluso se ha comprado una colonia", ríe este joven de 31 años. Aunque leyó en la prensa que el plan sanitario para viajeros internacionales incluía una toma de temperatura y un diagnóstico visual, solo ha sido consciente de entregar el papel del registro documental que traía impreso desde Inglaterra. "Si había cámaras termográficas, no me he fijado", admite.

Tampoco Jaime y Michela, que volaban desde Dublín y por primera vez en meses vuelven a su casa. "Nosotros no pudimos imprimirlo en Irlanda, pero por lo menos llevábamos nuestro propio boli. Compartirlo con todos los que bajamos de un avión no tienen ningún sentido", se queja ella. Tal y como ha informado Sanidad, la app para digitalizar los datos de los recién llegados -número de vuelo, nombre, contactos con COVID-19, lugar de residencia en España y motivo de la visita- estará disponible desde este mismo miércoles.

La imagen de la masa a las puertas choca con el vacío que se percibe dentro de la terminal. Aunque Aena ha dispuesto personal extra para el control sanitario fronterizo, el área de seguridad ha salido perdiendo en el reparto. "No entiendo cómo la gente es capaz de subirse a un avión estando como estamos. Va a haber más brotes seguro", se lamenta la vigilante mientras trata de explicar a un guía que no puede recoger a sus clientes dentro de la terminal. Pero hay muchos que llevaban soñando con este día desde que se decretó el estado de alarma.

Jaime es desarrollador informático y desde principios de este año su empresa le permitió teletrabajar desde donde quisiera. Él lo tuvo claro: Lisboa. Mientras planeaba la mudanza, la pandemia de coronavirus le obligó a retrasar sus planes hasta hoy, que hace fila ilusionado sin prestar demasiada atención a las noticias y a los riesgos. "No me da miedo subir al avión. Al final, si tienes cuidado es como ir en coche o en Metro", asegura.

A pesar de las continuas indicaciones por parte del personal de seguridad, de los megáfonos del aeropuerto o de los cientos de pegatinas en el suelo que ruegan guardar la distancia de seguridad, la despreocupación es la norma. "Es un poco inverosímil que obliguemos a mantener la distancia en la cola y que luego los pasajeros se vayan a subir a un avión lleno", resume una azafata de tierra. También admite que no percibe un ambiente muy distinto al de los anteriores días, cuando solo operaban vuelos de repatriación y negocios desde la T4.

La falta de familiares, unido a que los restaurantes y tiendas permanecen cerrados -aunque ayer la Secretaria de Transportes anunciase lo contrario-, inunda la T1 de viajeros solitarios, rendidos en el suelo por el calor y el aburrimiento y con la única compañía de sus maletas.

Solo los grupos de estudiantes Erasmus representan el ajetreo que se vivía antes en los aeropuertos. "Nos da mucha pena volver a Catania, pero ya nos hemos quedado más de la cuenta porque podíamos haber cogido un vuelo de repatriación", cuenta María, que descansa junto a una máquina de vending, la única opción para comer algo y coger fuerza antes del control. "Nos da un poco de miedo, no sabemos lo que nos vamos a encontrar", admite la italiana. Una sensación que aborda tanto a los que vienen como a los que se van.

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Publicado el
1 de julio de 2020 - 15:14 h

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