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El poder del amor moderno

Lo que nos contaron del amor antes del primer beso

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Mar Manrique

Periodista, cofundadora de WATIF/ @marmanriique —
3 de enero de 2026 22:29 h

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La primera vez que leí una escena romántica fue en sexto de primaria. No me refiero al tipo de amor sonrojante, con cartas perfumadas y palabras zalameras, sino al que te introduce, de repente, en el mundo de los adultos. Mientras esperaba a que mis padres me llamaran a cenar, leía con el flexo encendido tumbada en la cama, preparada para esconder el libro bajo la almohada en cuanto fuera necesario. En las primeras páginas de la novela Gossip Girl, Blair Waldorf planeaba perder la virginidad con quien era su novio de entonces, Nate Archibald, en una cama con unas sábanas rojas de satén. Recuerdo el poder de esa imagen; pensé en lo glamuroso del acto. La noche de amor terminó por no consumarse, pero ese poso quedó en mí: la idea, lujuriosa e irreal, de que el primer amor se hace revestida de raso. Lo más curioso es que había sacado ese libro de la biblioteca escolar. 

A la lectura secreta de los libros de Cecily von Ziegesar le siguió otra igual de clandestina: la de las historias escritas por adolescentes en las páginas de Facebook. Como si fueran los capítulos de un libro, las autoras desglosaban los fragmentos de su relato en diferentes publicaciones. Me podía pasar horas leyéndolos: el choque frontal de los protagonistas cuando se encontraban en los pasillos; los libros esparcidos después por el suelo; el ping del chat de Messenger que anunciaba un nuevo mensaje; el cruce de miradas entre ellos. Todas, en algún momento, habíamos anhelado vivir esas situaciones antes, incluso, de haber recibido nuestro primer beso. 

Son estos productos culturales los que moldean nuestra idea de amor romántico. La expectativa responde a los libros y las películas con las que crecemos; la realidad, en cambio, se teje a través de las relaciones de nuestro entorno. Entre ambas, hay un tira y afloja que poco tiene que ver con el ideal que me vendió la élite adolescente de Manhattan. El amor real es mucho más torpe y complejo. Entonces, ¿por qué a los 26 años sigo recurriendo a la literatura romántica como remanso entre ensayo y ensayo? ¿Por qué Cleopatra y Frankenstein descansa ahora en mi mesilla de noche? 

Qué buscamos cuándo leemos amor

Según el informe Mujeres que leen en España, impulsado por la plataforma Entre Editores, la novela romántica es el segundo género favorito de las mujeres lectoras de todas las edades. Entre las más jóvenes (18 a 25 años), el género romántico ocupa el primer puesto, con un 72% de preferencia; y en el grupo de 26 a 35 años, baja al segundo lugar, con un 57%. Pero ¿de dónde nace la predilección por las historias de amor? 

Ya en 1984, la académica Janice Radway sostenía en su investigación Reading the Romance: Women, Patriarchy, and Popular Literature que las novelas románticas permitían a las mujeres, especialmente a las casadas y las madres, tomarse tiempo para sí mismas y restaurar lo que a menudo se diluía con el cuidado de otros: el sentido del yo. Radway defendía que la fuente de consuelo que ofrecen estas historias es tan poderosa que la fantasía experimentada puede llegar a enmascarar la necesidad de transformar las condiciones del mundo real. 

Andrea Proenza, autora de ‘Cartografías del deseo amoroso’, me explica que durante la etapa del franquismo sucedía algo similar: “Las mujeres acudían a la novela rosa como una especie de salvoconducto para esos tiempos de pobreza e infelicidad”. Si bien la literatura romántica les hacía evadirse de sus propias vidas, también funcionaba como semilla de frustración, porque les prometía una narrativa idealizada del amor. Hoy esa búsqueda del final edulcorado sigue vigente. Las usuarias de TikTok lo reconocen. Ante la pregunta “¿Por qué lees novelas románticas?”, Lilly, una británica de 18 años, responde: “Para experimentar esto” Se refiere a un fragmento de la novela Happy Place, donde el protagonista masculino, Wyn Connor, le dice a su expareja: –Y entonces te conocí y no me sentí tan perdido ni sin rumbo. Porque aunque no hubiera nada más para mí, sentía que quererte era para lo que estaba hecho. 

La entiendo. Yo también suspiré por el amor de Peeta Mellark y Katniss Everdeen en las novelas de ‘Los juegos del hambre’. Tal fue el flechazo que, durante parte de mi adolescencia, desarrollé una ligera obsesión por Josh Hutcherson, el actor que dio vida al personaje literario. Hubo también otras historias que definieron mi perspectiva sobre el amor: ‘Canciones para Paula’, de Blue Jeans, o ‘Bajo la misma estrella’, de John Green. Pasé la tarde entera leyendo esta última novela desde la tablet, deseosa de saber si, como esperaba, Hazel y Gus continuarían su amor alejados de los tanques de oxígeno del hospital. Estas relaciones tenían un denominador común: la intensidad emocional. Los grandes gestos. La promesa de que el sentir es sagrado y de que todo lo puede. 

Sin embargo, los finales de las novelas no casaban con mis primeros encuentros amorosos. A diferencia del amor literario –donde, como dijo la profesora de literatura inglesa Mary Bly a la revista Los Angeles Review of Books, se garantiza “un final emocionalmente satisfactorio y optimista”– el mío estaba caracterizado por la intermitencia y una sensación de extrañeza cada vez que acababa una cita. “¿Es esto el amor?”, me preguntaba de camino a casa, tras una conversación superflua sobre trabajos de clase y planes de fin de semana. Tal vez por eso necesitaba refugiarme en las historias románticas, para creer que las demostraciones grandilocuentes existían en algún sitio, aunque fuera en el papel. 

No estaba sola. Según me cuenta Marta Araquistain, editora en Grijalbo (Penguin Random House), algunas lectoras bromean con que, por culpa de este tipo de novelas, han perdido la esperanza de encontrar el amor. ¿Qué hombre estaría a la altura del protagonista de una novela romántica? El salto entre los personajes ficticios y las personas de carne y hueso, sin embargo, no parece hacernos abandonar el deseo de un final feliz. “Nos gusta creer que, como nuestras protagonistas favoritas, podemos acabar teniéndolo todo”, dice Marta.

____, eres mi lugar seguro

Me avergüenza reconocer que, siendo ya estudiante universitaria, mis amigas del colegio me incitaron a ver en el cine After: aquí empieza todo, la primera entrega de la saga que se popularizó entre las usuarias de Wattpad, la plataforma donde crear, leer y compartir capítulos de manera gratuita y en comunidad. La sala estaba llena de adolescentes que gritaban cada vez que el actor Hero Fiennes Tiffin se quitaba la camiseta. Con cada nuevo grito mis ganas de hundir la cabeza en el bol de palomitas aumentaban. Era un recordatorio más –pensé– de que yo no pertenecía a esa sala; de que la película estaba hecha para quinceañeras y no para chicas de veintiuno. 

Sé que diez años antes me hubiera sentido de otra manera. De hecho, puede que yo también hubiera gritado y aplaudido con las palmas sudorosas. No fui una gran usuaria de Wattpad, pero sí leí algunas de sus historias, a menudo “fan fictions” protagonizados por Justin Bieber o los chicos de la banda One Direction. María, una joven de 25 años, también tuvo Wattpad durante la adolescencia: “Me lo hice para encontrar historias romanticonas que estuvieran un punto subidas de tono”, cuenta. Con esa intención, ir a la biblioteca dejaba de ser una opción viable. Era mucho más fácil leer gratis, desde el móvil y sin tener que dar explicaciones. Así, Wattpad permitía a algunas chicas desarrollar un hábito lector, incluso si en sus casas nadie leía. ¿Lo mejor? Ellas podían ser las protagonistas de la historia –gracias a esas ingeniosas rayas en blanco donde podías escribir tu nombre– y comentar la lectura de los capítulos, publicados semanalmente, con otras usuarias. En la plataforma, las ratitas de biblioteca, como se autodenomina María, se sentían menos solas.

La sensación de comunidad que nació en Wattpad se ha amplificado dentro del contenido literario de las redes sociales. Las plataformas, afirma la editora Marta Araquistain, han logrado transformar lo que antes se percibía como un placer culpable –un tipo de novela que ni siquiera se consideraba “leer de verdad”– en un punto de encuentro para lectoras adolescentes. Para el sector editorial, tanto Wattpad como BookTok, la comunidad literaria de TikTok, han resultado imprescindibles. Si Wattpad se ha convertido en cantera de talento de autores jóvenes y el lugar idóneo para encontrar voces nuevas; BookTok contribuye, dice Marta, a que ciertas novelas se conviertan en auténticos éxitos de ventas, sobre todo en géneros como el romántico o la fantasía. Los datos lo confirman: también según el informe de la plataforma Entre Editores, hoy la principal fuente de recomendación de libros son las redes sociales, seguida de las librerías.

Príncipe azul busca dulce heredera

Quizá sea esa necesidad de evasión –heredada del siglo pasado– o el deseo de vivir un amor como el de los libros lo que explica por qué, en el pasado Sant Jordi, una de las novelas más vendidas entre el público juvenil fuera Acelerando en rojo. La historia tiene como protagonista a Chiara, hija de una familia de empresarios, y a Asher, una estrella de la Fórmula 1. Son “dos corazones rotos que intentan recomponerse”, y su romance reúne dos de los tropos literarios más populares de la novela romántica juvenil: el “sports romance” (amor deportivo) y el “enemies to lovers” (de enemigos a amantes). A ellos se le suman otras narrativas que también triunfan, como el “romantasy”, una mezcla de romance y fantasía, y el “dark romance”, donde “los protagonistas son moralmente grises y las dinámicas relacionales suelen ser algo perturbadoras”, afirma la editora de Grijalbo. 

After, el fanfic escrito por Anna Todd –y la película que me hizo sentirme fuera de lugar entre chillidos adolescentes– forma parte de esta categoría. En ella, Tessa, una chica aplicada y sin vida social, se fija en Hardin, el chico malo que usa la violencia para intimidarla. Rompe una guitarra, inicia peleas con otros chicos y manipula a Tessa a su antojo. “En ese momento pensaba que no la debía tratar así, pero el libro te engancha y quieres vivir una historia de amor. No te planteas que sea mejor o peor”, explica en retrospectiva María, la ratita de biblioteca. Cuenta que siempre entendió que era un amor tóxico, pero aun así su prototipo era el mismo que el de la protagonista: un malote que la ignoraba repetidamente. “Pensabas que con amor y paciencia lo ibas a curar, pero no es así. No cambian”, afirma. Aunque los libros te hagan creer que sí. 

“A mí me da miedo”, reconoce Andrea Proenza, la autora de Cartografías del deseo. Ha visto vídeos de booktokers afirmando que no les gustaría recibir ese trato, pero que les encanta leerlo en las novelas. Cree que una persona de veinte años puede discernir entre un comportamiento adecuado y uno cuestionable, pero que una niña preadolescente lo tiene más complicado. A pesar de que este tipo de historias continúan triunfando, Marta Araquistain, de Grijalbo, remarca la variedad actual en el tipo de relaciones literarias: “Ha habido avances respecto a hace unos años. Vemos más diversidad, protagonistas LGBT con tramas complejas que van más allá de salir del armario, y cuerpos no normativos”. El sexo también juega un papel importante. Ahora esas escenas son también más realistas y diversas aunque sin la pasión visceral de Hardin y Tessa que llenó el cine de suspiros. 

A las escenas de sexo y las narrativas variadas, Marta añade otro componente nuevo: hoy en día, las protagonistas femeninas superan el test de Bechdel y tienen motivaciones e inquietudes más allá del amor. De hecho, explica la editora, el atractivo de los protagonistas masculinos reside en que buscan conocer a la mujer que quieren, y no en el pasotismo adornado con unos ojos verdes. Eso sí, advierte: “No vamos a negar que el 90% también es guapísimo y mide metro ochenta como mínimo, y ellas suelen ser preciosas pero inconscientes de su propia belleza... Tampoco hemos cambiado tanto”. 

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de algo. Si ahora me tumbara en la cama, encendiera el flexo y volviera a leer el intento fallido entre Blair y Nate, vería esa historia con otra luz. Sé que nadie hace el amor entre sábanas rojas de satén, y también sé que nadie debería empeñarse, como tantas protagonistas, en una relación que no funciona. Pero eso no impide que mi ojo lector siga buscando el final feliz y que, tenga catorce o veintiséis, lo siga anhelando.

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