Alaska conserva un Bosque Fantasma que surgió después del mayor terremoto de la historia del país en 1964
La tierra se abrió bajo los pies y lanzó polvo, tablas y trozos de asfalto por el aire mientras los edificios se inclinaban y el suelo se hundía a golpes secos. Aquel 27 de marzo de 1964, un terremoto arrasó Alaska y los hundimientos sepultaron barrios enteros de Anchorage entre grietas anchas y barro licuado que tragaba coches y postes.
El agua entró en las calles con fuerza y levantó barcos sobre los muelles partidos, y a pocos kilómetros los bosques quedaron anegados por mareas que avanzaban sobre las raíces recién expuestas. Los troncos se secaron de golpe, perdieron la corteza y, aun muertos, permanecieron clavados en el fango salado como si siguieran vivos.
El descenso del terreno convirtió zonas arboladas en marismas saladas que aún se pueden ver junto a la carretera
El terremoto de 1964, de magnitud 9,2, fue el más fuerte registrado en la historia de Estados Unidos y dejó bosques costeros hundidos bajo el nivel del mar que aún permanecen en pie. Según Smithsonian Magazine, el seísmo sacudió Alaska durante más de cuatro minutos, se sintió hasta Seattle y provocó 129 muertes, en su mayoría por tsunamis, además de daños valorados en unos 2.300 millones de dólares ajustados a 2013.
La ruptura liberó la presión acumulada durante siglos a lo largo de una falla de unos 970 kilómetros entre la placa del Pacífico y la de Norteamérica, y en algunas zonas el terreno se desplazó hasta 18 metros. En lugares como Girdwood, la superficie descendió casi dos metros y el mar ocupó de inmediato lo que antes era suelo firme.
Ese descenso repentino transformó bosques de agua dulce en marismas saladas. Las mareas del Turnagain Arm inundaron cada pleamar las raíces y mataron los árboles, aunque el suelo pobre en oxígeno frenó la acción de bacterias y hongos y conservó la estructura fibrosa de la madera.
Así surgieron los llamados Bosques Fantasma, extensiones de troncos blanqueados sin hojas ni corteza que siguen en el mismo lugar donde crecieron. A lo largo de la Seward Highway, cerca del punto kilométrico 90 entre Anchorage y Girdwood, esas columnas pálidas aún se distinguen desde la carretera.
Las perforaciones revelaron que grandes sacudidas se repiten desde hace miles de años en la región
Cuando los geólogos excavaron en el barro de esas marismas encontraron algo más que madera muerta. Bajo los troncos aparecieron capas alternas de vegetación enterrada y sedimentos marinos que indicaban episodios repetidos de hundimiento. Barrett Salisbury, responsable del programa de riesgos sísmicos y de tsunamis en la Alaska Division of Geological & Geophysical Surveys, explicó que “en las capas de turba se pueden ver hojas frágiles y materia vegetal que siguen en su posición de crecimiento, lo que muestra que el hundimiento fue rápido”. También señaló que “los anillos de los árboles muestran que murieron con rapidez”. Esos indicios descartaban un deterioro lento y apuntaban a un evento brusco.
Las perforaciones más profundas revelaron restos de bosques anteriores enterrados bajo depósitos de marea. En Cook Inlet se han identificado fechas aproximadas de hace unos 900 y unos 1600 años para otros grandes episodios tectónicos, y estudios en marismas costeras de la zona indican que terremotos capaces de generar tsunamis amplios se repiten cada varios siglos.
Rod Combellick, de la misma división geológica de Alaska, afirmó que “los investigadores han determinado que grandes terremotos con potencial para desencadenar tsunamis extensos han ocurrido aquí cada varios cientos de años durante al menos los últimos cinco mil años”.
El desastre de 1964 cambió la forma de entender la corteza y llevó a crear un centro de alerta en Alaska
El impacto no se limitó al paisaje. El estudio detallado del levantamiento y hundimiento del terreno tras 1964 aportó pruebas decisivas para aceptar la tectónica de placas como explicación del movimiento de la corteza, y abrió el camino a la paleosismología al demostrar que el barro y los árboles guardaban un registro de sacudidas antiguas.
Además, los tsunamis generados por el seísmo impulsaron la creación en Alaska del National Tsunami Warning Center de la NOAA, y décadas después investigadores relacionaron esas olas con la llegada a tierra del hongo Cryptococcus gattii, que había permanecido en el agua durante años. Mientras tanto, los bosques fantasma siguen clavados en el lodo y marcan el punto exacto en que la tierra cedió bajo la marea
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