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El Pequeño Nicolás, timador de timadores

El caso revela el tipo de clase política y empresarial que tenemos en España, donde cualquier chiquilicuatre sin currículo pero con pico es capaz de llevarles al huerto

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La Policía Municipal de Madrid investiga si Nicolás usó uno de sus coches

En esta España en negro -como las tarJETAS, pero con saldo negativo-, ahogada por la corrupción, los tesoreros creativos, los mangantes de cuello blanco, los paraísos fiscales, los caciques y una pléyade de políticos mentirosos y cobardes, el Pequeño Nicolás parece una luminaria de candor, un tipo inofensivo, uno de esos caraduras de cine, como Frank Abagnal, el personaje de Leonardo DiCaprio en Atrápame si puedes. Nadie descubrió la impostura porque se movía en un mundo de impostores. La impostura general ha sido su mejor camuflaje.

Le acusan de falsedad, estafa y usurpación de funciones públicas, delitos graves si no eres político, banquero o amigo de quien asciende o traslada jueces para alargar los procesos hasta embarrancarlos. El pequeño Nicolás es un genio: un timador de timadores, lo que tiene guasa y mérito. Le podrían aplicar la eximente de "quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón", pero me temo que en esta Españistán no hay indulgencia que valga si no perteneces a un clan, a una banda cleptocrática, sean cuales sean las siglas y banderas. Si eres un ‘outsider’ y dejas en ridículo al poder, a su coreografía, y más en tiempo preelectoral, es probable que te lo hagan pagar caro. ¿Irá a prisión antes que Miguel Blesa, Rodrigo Rato y Ángel Acebes?

Francisco Nicolás Gómez Iglesias, que es como se llama el tipo inquietante de hoy, nació en Madrid el 18 de abril de 1994. Inició su carrera para llegar a ser otro hace unos cinco años. Lleva un 25% de su estancia en la Tierra viviendo del cuento de vivir del cuento, y eso sin pasar por un partido o sindicato, ser consejero de una caja o estar dando vueltas en una puerta giratoria. Que se sepa nunca ha compartido pupitre con familiares ni allegados de José María Aznar (el hombrecillo insufrible) ni de Esperanza Aguirre, impulsores de las meteóricas y millonarias carreras de Blesa, Juan Villalonga y Arturo Fernández; tampoco se ha casado con la hija del jefe, como Alejandro Agag. Eso que se ahorra. 

Lo del Pequeño Nicolás tiene mérito, se mire por donde se mire. Sabemos que su presunta novia, que le llama 'Fran', es un chica de bandera de 19 años considerada una de las reinas de la noche madrileña, y a quien un periódico dado a la sensación llama ‘La Pechotes’, un mote que creció a sus espaldas entre bailongo y bailongo. Desconocemos si el rescate del apodo es una descripción, un truco para posicionar en Google o un intento de ocultar su identidad. Por si hubiera dudas, el mismo diario añade: "Es el sostén de Nicolás".

Pues La Pechotes (¡ojo Lobo, que acabas denunciado en Micromachismos!) anda haciendo declaraciones a la prensa ávida de noticias de enjundia, en las que alaba la bondad y mesura de su Fran. Nadie se resiste al efecto Warhol y a los 15 minutos de fama. Después de tanto esmero con el mote, que fue trending topic en Twitter (#lapechotes), otro diario algo más a la derecha, reveló el nombre, el apellido y el rostro sin pixelar de la (muy) agraciada. Tiene que ser la misma porque dice las mismas cosas que La Pechotes.

El Pequeño Nicolás disponía de una flotilla de automóviles de lujo cuyo alquiler abonaba, al parecer no tan religiosamente, que algo se le tenía que pegar al chico del mundo turbio en el que se movía. Necesitaba chófer porque aún no tiene carné de conducir. Se quejan los de la empresa de coches de que les ha dejado a deber 5.000 euros. Me parece escandaloso que se lloriqueen por esa minucia cuando los de Caja Madrid nos han tangado a todos 22.000 millones de euros y aquí estamos tan calladitos, a ver si nos dejan votar sin trampa en las elecciones de mayo.

Los cochazos ayudaban a vestir el personaje, a dotarle de suntuosidad, de boato, algo esencial para que la primera impresión confirmara lo que decía ser. En todo timo, como el célebre del tocomocho, es capital que el timado se sienta un poco timador. El éxito está en la empatía, en la confusión de quién es quién.

El Pequeño Nicolás no tiene carrera universitaria, aunque lo intentó en el Colegio Universitario de Estudios Financieros, un lugar de postín capaz de dar lustre a cualquier currículo. Su primer intento fueron los estudios de Administración y Dirección de Empresas. No aprobó ni una. Le permitieran pasarse a Derecho, disciplina en la que, de momento, solo ha aprobado cuatro. Tanto milagro en un centro que presume de exigencia y rigor se debió a que venía recomendado por un alto cargo de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, más conocida como FAES, el chiringuito desde donde Aznar sigue dando por ahí y por allá.

Sus compañeros de clase, envidiosos del éxito, sostienen que el Pequeño Nicolás es un tipo del montón, poco aplicado y distraído, pero con mucha labia. La labia es uno los motores que mueven la política en negro. También aseguran que exhibía delirios de grandeza, que presumía de amistades de altos vuelos. Incluso han surgido psicólogos como setas en las televisiones diagnosticándole a distancia un ego narcisista descomunal que le ha empujado a rechazar a sus padres e inventarse una identidad. Los psicólogos en televisión suelen bajar tanto el nivel que Mariló Montero podría pasar por uno de ellos. Así están las cosas. 

Los envidiosos no acaban aquí. Hay presuntos amigos que afirman que La Pechotes es una mujer de bandera fuera de su división, que ligaba con otras mayores y que parecía disponer de un harén particular. También viborean de que su atractivo se debía a que gastaba el dinero a espuertas, como un émulo de Jordan Belfort, el personaje de El Lobo de Wall Street (¡Otra vez DiCaprio!), el filme de Scorsese. Una de sus discotecas favoritas era la difunta Buddha del Mar, una pasarela en la que se dejaba ver todo aquel y aquella que tenía algo que enseñar o de qué presumir.

En defensa del Pequeño Nicolás debemos esgrimir un hecho incontestable: nadie, ni compañeros ni vecinos, han pronunciado esa frase tan odiosa y manida que se suele escuchar en los casos de delitos graves, y más si hay cámaras de por medio: "Parecía tan normal". No la han dicho porque el novio de La Pechotes no es normal, es un lince, un caradura de gran tonelaje, y por lo que se sabe inofensivo para las arcas públicas, las de todos. Vamos, que no es Rato.

Se le acusa de falsedad, estafa y usurpación de funciones públicas en un país en el que aún se discute si el uso de tarjetas opacas es legal o no, un país que se asombra por los 15,5 millones dilapidados por los consejeros de una caja arruinada en lugar de exigir respuestas sobre los 22.000 millones de euros saqueados y que Bankia y los demás receptores de ayudas devuelvan hasta el último céntimo, como si fueran uno de nosotros. El Pequeño Nicolás solo ha mangado unos miles de euros a unos mangantes y dejado sin pagar los coches y no se sabe si los alquileres de las casas de El Viso y Puerta de Hierro. Y solo con 20 años.

El caso revela el tipo de clase política y empresarial que tenemos en España, donde cualquier chiquilicuatre sin currículo pero con pico es capaz de llevarles al huerto, sacarles comisiones por unos servicios no prestados bajo la promesa de influencia o de un negocio mayor. Es el mismo esquema de los Pujol, Urdangarín y de tantos otros. En un país serio estas cosas no pasan. En un país serio Mariano Rajoy no podría seguir de presidente del Gobierno después de saberse que el PP usó dinero negro de origen ilegal para remodelar su sede. Tampoco podría seguir Mato como ministra de Sanidad y tantos otros y otras.

El Marqués de Prosperidad, como le llamaban en su barrio debido al tren de vida y sus maneras de rico, logró colarse en el centro del poder del PP y moverse a sus anchas. Ha conseguido fotografiarse junto a la crème de la crème del universo conservador, que también es, por mera casualidad, no piensen mal, la crème de la crème del sumario del juez Ruz.

Las fotos tenían dos funciones: dar carnaza a los psicólogos de la tele y hacerse con un impresionante 'book' de primeros espadas (Aznar, Botella, Aguirre, Fernández y un largo etcétera) que potenciaba la credibilidad del personaje. Al empresario de Ribadeo le engatusó con un supuesto encuentro con el rey, que no era real, valga la redundancia, reunión a la que el Pequeño Nicolás se presentó con una caravana de coches con luces de policía y dos escoltas. Tanto 'show¡ acojona a cualquiera. Y más si el imberbe dice que es agente del CNI. También dice mucho de este país que tuviera que ser una embajada extranjera la que diera la alarma de la impostura.

El asunto de los escoltas es otra prueba de cómo funciona la impunidad, la política y el capricho. Resulta que Alberto Ruiz Gallardón creó, cuando aún estaba vivo, una unidad policial clandestina en el Ayuntamiento, de la que nos enteramos ahora, y cuyas funciones y controles democráticos no están claros.

Pese a todo, el gran golpe del Pequeño Nicolás fue colarse en el besamanos de los reyes recién ascendidos al trono. Estar entre los invitados era la garantía máxima de que el portador de la invitación contaba con favores.

El 'selfie' con Arturo Fernández, empresario de los empresarios de Madrid y que debe una talegada a sus acreedores, pagaba a sus trabajadores parte de la nómina en B y está también en el lío de las tarjetas opacas, es gloriosa. La miras una vez, solo de refilón, sabes al instante quién es el malo de la película. Para los despistados: el malo es el que no va a ir a la cárcel.

Tiene el chico un aire a Zelig, el personaje de una de las mejores y más valoradas películas de Woody Allen. La diferencia es que él no necesitaba disfrazarse para posar con los poderosos. Sus abogados no solo preparan estos días su defensa, también los contratos para un libro y quizá una película propia, que el verdadero negocio no ha hecho más que comenzar. Dios salve al Pequeño Nicolás.

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