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Jugando a las siete y media

Sin Mariano Rajoy, Rivera carece de discurso. O, mejor dicho, se queda con el discurso de la extrema derecha, hacia el que se ha ido deslizando a velocidad de vértigo en los últimos meses

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juego vil, que no hay que jugarlo a ciegas,

 pues de mil veces que juegas,

 o te pasas o no llegas.

 Y el no llegar da dolor,

 porque indica que mal tasas,

 más ay de ti si te pasas,

 si te pasas, es peor.

Seguro que muchos lectores se acordarán de la genial interpretación de Fernando Fernán Gómez, que sin duda habría tenido mucho que decir sobre lo que ha ocurrido en España  en estos últimos años. Seguiría teniendo mucho que decir.

Este “juego vil” es el que ha estado practicando Albert Rivera con el binomio corrupción/regeneración en medio de una de las crisis más graves de la democracia española desde la entrada en vigor de la Constitución.

Albert Rivera ha jugado a presumir de azote de la corrupción y adalid de la regeneración, al mismo tiempo que sostenía al partido protagonista de la corrupción, con la finalidad de que su discurso regeneracionista siguiera teniendo credibilidad.

Jugó en Murcia amenazando con votar la moción de censura contra Pedro Antonio Sánchez, si el PP no lo obligaba a dimitir. Y tasó bien. Se cobró la pieza con su discurso de la regeneración, manteniendo al partido corrupto en el Gobierno.

Volvió a jugar en Madrid, amenazando con votar la moción de censura contra Cristina Cifuentes, si el PP no la obligaba a dimitir. Y volvió a tasar bien, con la rentabilidad añadida de que el PP tuvo que recurrir a técnicas mafiosas para forzar la dimisión de la presidenta. El discurso de la regeneración seguía dando frutos, al tiempo que se mantenía al partido corrupto con tintes mafiosos en el poder.

A la tercera va la vencida. Y así ha sido. En la repetición de la operación con la moción de censura contra Mariano Rajoy, Albert Rivera no ha sabido tasar adecuadamente  y SE HA PASADO. Ni Mariano Rajoy, ni Pedro Sánchez han aceptado el doble chantaje que Ciudadanos les había dirigido. Al primero para que convocara elecciones o dimitiera. Al segundo, para que retirara la moción de censura.

Con la no aceptación del chantaje, la inconsistencia del discurso regeneracionista y la simultánea dependencia de la corrupción para hacer creíble su estrategia ha quedado en evidencia.

La conducta de Albert Rivera durante la tramitación de la moción de censura y durante la sesión en que se la debatió y votó se adecúa perfectamente al calificativo que Muñoz Seca le asignó al juego de las siete y media. Ha puesto de manifiesto su disponibilidad a convivir con la corrupción tanto tiempo como sea necesario para hacer avanzar su candidatura a la presidencia del Gobierno. Estoy contra la corrupción si me ayuda a ser presidente del Gobierno. Si no me ayuda, convivo perfectamente con ella.

La contradicción entre sus deseos y los de la sociedad española era insoportable. Mientras la inmensa mayoría de los españoles necesitaban que Mariano Rajoy dejara de ser presidente del Gobierno, Albert Rivera necesitaba que se mantuviera en la Presidencia. Sin Mariano Rajoy, Rivera carece de discurso. O, mejor dicho, se queda con el discurso de la extrema derecha, hacia el que se ha ido deslizando a velocidad de vértigo en los últimos meses. Posiblemente, en este deslizamiento  José María Aznar le echará una mano.

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