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Zuckerberg tampoco sabía nada

Mark Zuckerberg, fundador y consejero delegado de Facebook

Antón Losada

Un supuesto investigador de la Universidad de Cambridge, un psicólogo ruso americano, Alexander Kogan, obtiene permiso para acceder a los datos de centenares de miles de usuarios de Facebook para una “investigación académica”, de cuyo objeto, veracidad o naturaleza tampoco sabemos nada. A través de este adorable investigador, una empresa oportunamente llamada “Cambridge Analytica” accede a esos datos de manera irregular. Con semejante arsenal de información, Cambridge Analytica participó en la campaña proBrexit y facilitó al equipo de Donald Trump acceder, se estima, a más de cincuenta millones de votantes sabiéndolo casi todo sobre ellos, quiénes son, dónde viven, qué les gusta, qué les preocupa…

Cambridge Analytica fue fundada por Steve Bannon, el ideólogo de Trump hasta que le mandó a hacerse con el control del Partido Republicano, y otros personajes del núcleo duro Trump, como el millonario Robert Mercer. Aunque desde el mismo nombre del garito todo apesta a tinglado montado exclusivamente para acceder de manera ilegal a eses datos, a Facebook, la empresa que si cuelgas una foto de una teta te cierra la página en cinco minutos, le ha llevado tres años enterarse, detectar el flujo de datos robados y finalmente desactivar las cuentas.

El escándalo ha alcanzado tales proporciones que, agobiados por la espectacular caída en Bolsa, en Facebook acaban de entregar la cabeza del jefe de seguridad; para que haga de cortafuegos y las llamas no lleguen a Mark Zuckerberg, el máximo exponente de esa nueva generación de multimillonarios corporativos que actúan como si llevar zapatillas deportivas, jugar al ping-pong en la oficina y no ponerse corbata les eximiera de dar explicaciones, cumplir la ley o pagar por sus delitos.

Lo más sorprendente del Escándalo Facebook reside, sin duda, en lo burdo del montaje para hacerse con los datos. Cuando uno esperaba sofisticados hackers, programas espía y granjas de servidores en Pakistán, lo que nos encontramos no pasa de un entramado tan tosco y obvio que parece hecho por tipos que lo único que saben de ordenadores es que, cuando se ponen tontos, hay que apagarlo y volverlo a encender.

Con la corrupción política esperábamos encontrarnos sofisticados entramados financieros, empresa pantalla y artefactos financieros invisibles e irrastreables, pero nos acabamos topando con maletines y sacos de dinero, testaferros analfabetos pluriempleados y las típicas cuentas en Suiza. Con la corrupción virtual nos hemos llevado un desengaño semejante. Esperábamos encontrarnos un tinglado intrincado y obscuro a lo Matrix y nos damos de narices con la Gurtel de toda la vida: un tipo que cobra por poner la cara y una empresa fantasma de manual que trafica en B con los datos.

Facebook, la empresa que cuelgas una foto de la Maja desnuda y te cierra la página, jura que no sabía nada. En eso la corrupción virtual también se parece a la corrupción política: los jefes tampoco sabían nada, nunca. Y en eso también su credibilidad es la misma: cero. Claro que lo sabían, eso ya no ofrece duda. Si añadimos a este escándalo su papel en la campaña de las presidenciales USA o en la difusión de fake news, la cuestión realmente acuciante ahora es averiguar por qué Facebook y su dueño tenían tanto interés en que Donald Trump se sentara en el Despacho Oval.

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