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El 8M y la centralidad del cuerpo

El cuerpo se ha entendido como un campo de batalla violentado y agredido, como fuente de subjetividad y de procesos identitarios, y como la prueba irrefutable de nuestra necesidad de cuidados

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Una feminista sostiene una pancarta en la que se lee "Girl Power" en la Puerta del Sol.

Una feminista sostiene una pancarta en la que se lee "Girl Power" en la Puerta del Sol. Olmo Calvo

El 8M ha sido un éxito sin paliativos. Un éxito que ha superado las previsiones más optimistas y que ha sorprendido incluso a quienes seguían muy de cerca la convocatoria. La movilización de las mujeres ha dejado fuera de juego a buena parte de los partidos, a quienes intentaron demonizarla y fragmentarla, y a quienes no supieron calcular sus dimensiones. 

En este 8M ha quedado claro que la vivencia colectiva de las mujeres puede ser más movilizadora que los discursos pretenciosos y las disputas vacías; que las etiquetas que las dividen entre trabajadoras y “no trabajadoras” empiezan a ser irrelevantes; que la caricaturización del feminismo, el paternalismo soberbio y la violencia dialéctica de columnistas y medios de comunicación, no tenían ningún recorrido. Todos han claudicado. Las mujeres han demostrado que los sindicatos de las dos horitas, las habían infravalorado. Que hoy el mundo del “empleo” no es la única fuente de socialización, que las identidades no son rígidos compartimentos laborales, y que no puede seguir obviándose el carácter patriarcal de nuestro sistema productivo. 

La política institucionalizada, en sus diferentes formatos, se ha descubierto incapaz de prever y canalizar la protesta, y, en muchos casos, también incapaz de comprender el tejido de lo común que tenía por delante. Las mujeres han optado abiertamente por una conexión y una interacción no mediada. 

Entre otras cosas, el 8M español ha sido la respuesta a muchas de las preguntas y carencias que no ha sabido solventar el feminismo institucional. Un feminismo que se ha ocupado de atender a las demandas de representación de las mujeres, pero que no ha conseguido mejorar sustantivamente su situación global. 

Como ha señalado mi buena amiga Laura Gómez, en estos años, la agenda de igualdad se ha centrado, sobre todo, en impulsar el acceso de las mujeres al mercado como mano de obra barata y flexible, y en promover un cambio de valores que reconociera a las trabajadoras como ciudadanas, subalternizando, colateralmente, a las que “no trabajaban”. Las acciones afirmativas han acabado teniendo un impacto más positivo sobre la competitividad del mercado que sobre el nivel de vida de las mujeres, y, más allá de ciertos ajustes, no han logrado subvertir las desigualdades que están en el origen de su discriminación y su opresión

El 8M ha clamado, además, contra un feminismo homogeneizador, abstracto y desempoderante, que ha sido más sensible a los lobbies feministas que a su reivindicación organizada. Estos lobbies de salón, que fueron útiles por un tiempo, han acabado funcionando como el dique de contención de un feminismo más materializado y relacional, que es el que ahora está liderando el nuevo asalto. 

Las temáticas movilizadoras del 8M marcarán el futuro de las mujeres en España, y, en su mayor parte, se han articulado alrededor de la centralidad del cuerpo; una centralidad que ha sido el fruto de un efecto mariposa y cuyo eco se ha dejado sentir en lugares tan remotos como Italia, EEUU, Argentina, México o Chile. El cuerpo se ha entendido como un campo de batalla violentado y agredido, como fuente de subjetividad y de procesos identitarios, y como la prueba irrefutable de nuestra necesidad de cuidados. 

  1. Hasta la peineta de tener que estar a dieta / Yo elijo cómo me visto y con quién me desvisto. Las mujeres se han alzado frente a la mercantilización del cuerpo como objeto de reclamo, de intercambio sexual, agresión, explotación y violencia sexual.

Las limitaciones de la ley de violencia de género, que el Pacto de Estado ha querido superar torpemente, su deficiente aplicación y las resistencias judiciales de las que ha sido objeto, no han podido evitar que casi 1000 mujeres hayan sido asesinadas desde 2002-2003, ni que un 1,4 millones de mujeres y niñas hayan sido víctimas de violencia sexual en este país. Los casos de Diana Quer, Nagore Lafagge o de “la manada”, demostraron, además, que esa resistencia era compartida por una buena parte de la sociedad que también se ocupó de revictimizarlas. El hecho de que muchos casos de violencia sexual afectaran, sobre todo, a chicas jóvenes, ha prendido en los centros de secundaria y en las Universidades, alimentando la sororidad y la empatía de quienes se pensaban seguras y protegidas. Quiero ser libre y no valiente / Sola y borracha quiero volver a casa / Los violadores existieron antes que las minifaldas, fueron eslóganes que se gritaron por toda España. 

  1. Con pene o con vagina, mujeres combativas. El cuerpo se ha concebido también como una fuente de subjetividad, de deconstrucción de identidades o de reivindicación de derechos. Los procesos identitarios asociados al cuerpo, han sido la bandera de una diversidad de género que se ha convertido en el caldo de cultivo de un sinfín de delitos de odio. En 2016, los delitos de odio asociados a la LGTBIfobia aumentaron en un 36%. La LGTBIfobia, la homofobia, la transfobia y la bifobia, saltaron a las calles con el autobús tránsfobo de HazteOir, que venía a echar gasolina al fuego y que fue objeto de una virulenta contestación. Entretanto, el Orgullo se ha apoderado de las calles de las grandes ciudades españolas, en un tono tan atractivo como empoderante. Y puede decirse, incluso, que el feminismo académico más joven es hoy, eminentemente, queer.  
  1. No sé si yo salí de tu “costilla”, lo que sé es que tú saliste de mi “coño” / No soy Siri, búscate la vida / Manolo, hazte la cena tú solo / Te paso delantal, buen negocio, nunca te faltará trabajo. El cuerpo como objeto de cuidados, la apelación a la vulnerabilidad como un signo identificador de lo humano, ha subrayado la relevancia de las mujeres, tanto en el ámbito reproductivo como productivo, así como la dependencia que todos tenemos de ellas en su rol tradicional de cuidadoras. La corresponsabilidad, el deber de cuidar, el derecho a cuidar y a ser cuidado, nuestras plusvalías afectivas, han sido la cabeza de lanza de una narrativa revolucionaria que bascula sobre las experiencias más cotidianas y concretas de las mujeres. Y en este punto se han encontrado las abuelas, con las hijas y las nietas ( Lo que no tuve para mí, que sea para vosotras, rezaban algunas pancartas). La solidaridad de nuestras mayores, que sostienen a varias generaciones con sus exiguas pensiones y que cultivan una cadena de cuidados sin las que sus hijos ni siquiera podrían trabajar (aún en condiciones precarias), comparte su raíz con la actual movilización de pensionistas que ha superado ya todas las expectativas. Precisamente, esta misma crisis de cuidados que suplimos con nuestras abuelas, ha visibilizado también a las migrantes cuidadoras, infraciudadanas e inframujeres, de las que también dependemos. 
  1. Finalmente, no hay duda de que esta centralidad del cuerpo está también relacionada con la defensa de los comunes y con el papel protagonista que han jugado las mujeres en la resistencia frente al expolio y las privatizaciones de los servicios públicos. De hecho, no es casualidad que las organizaciones que en España han luchado contra los desahucios y la pobreza energética, las que más han apoyado las remunicipalizaciones de las fuentes energéticas y el agua, han estado compuestas y lideradas, mayoritariamente, por mujeres (una pauta que podemos encontrar en todas partes del mundo). 

En fin, puede decirse que el 8M ha sido el reflejo de voces diferentes y mil veces contradictorias unidas por un relato y un horizonte común; conscientes todas ellas de que la contingencia de un cuerpo puede ser el motor de la historia

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