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Mol Matric supera los baches con apoyo mutuo

La histórica cooperativa metalúrgica, gestionada desde 1980 por los trabajadores que la rescataron de la quiebra, capea la crisis con fórmulas imaginativas para evitar despidos y mantener los proyectos de cooperación

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Miembros de la cooperativa Mol Matric trabajando en los talleres de Barberà del Vallès (Barcelona)

Miembros de la cooperativa Mol Matric trabajando en los talleres de Barberà del Vallès (Barcelona).

En pleno hundimiento de la crisis económica, después de haber pasado un ERE en 2010 y haber gastado 300.000 euros de su propio capital para no despedir a una sola persona –y sostener una fábrica que prácticamente no tenía pedidos–, la cooperativa metalúrgica catalana Mol Matric no sólo ha logrado sobrevivir, ha contratado más personal y ha abierto una nueva planta con una inversión de 1,5 millones de euros.

Entre el sonido de las máquinas y el olor a serrín de metal, trabajan actualmente en Mol Matric 52 personas, de las cuales 35 son dueñas de la empresa. Son 19 personas más que durante el ERE. Cada fin de semana se turnan para compartir con las familias la masía que compraron conjuntamente hace años. A pesar de haber perdido dinero, no han dejado de lado un proyecto de cooperación que mantienen en el Sáhara ni han dejado de colaborar con una comunidad nicaragüense.

Mol Matric es una de las 17.000 cooperativas de trabajo que existen en España. Pero no es una cualquiera. Es un hito de la solidaridad laboral y representa uno de los estandartes españoles de la lucha obrera por el mantenimiento de puestos de trabajo de calidad. Gracias, en parte, a la aportación que ellos han efectuado, se han sentado las bases de Coop57, una de las entidades de finanzas éticas que están creciendo saneadas en España mientras los bancos tradicionales chupan del bote del Estado.

Ejemplo de fábrica recuperada

La empresa es también una de las primeras fábricas recuperadas en España, en 1980, cuando los obreros (casi todos hombres) de la quebrada Talleres Alá decidieron atrincherarse en la fábrica, tomarla, quedarse con la maquinaria y ponerla a trabajar, al puro estilo de las empresas argentinas que Naomi Klein llevó a la fama en 2001, pero treinta años antes. El antiguo dueño llevaba meses sin pagarles la nómina, bajo la promesa de que en el futuro las cosas cambiarían. De pronto, cerraba sus puertas y desaparecía del ámbito de Talleres Alá para descansar sin culpas en su magnífica mansión de la Costa Brava.

 

Miembros de Mol Matric hace treinta años

Miembros de Mol Matric hace treinta años.

Pero los obreros no estaban decididos a dejarle dormir. Nunca habrían vuelto a ver el dinero que les correspondía si no hubiera sido por la pelea que llevaron a cabo; el coche que instalaron delante de la puerta para que nadie pudiera llevarse los materiales, los juicios, las manifestaciones en la puerta de la casa del dueño, el apoyo de la mayor parte de las familias y mil maniobras que se ingeniaron hasta que consiguieron quedarse con la empresa y reflotarla.

Aunque los obreros trabajaron sin cobrar durante un poco más de tiempo, esta vez lo hicieron para ellos mismos. Recuperaron los clientes y pudieron ahorrar en un fondo de reserva los millones de pesetas que les permitieron renovar la maquinaria y capear los tiempos de crisis, incluso en la actualidad. Una de las claves del sostenimiento de la empresa, que ha pasado por varias crisis coyunturales, es que siempre capitalizaron el 90% de los beneficios.

¿Por qué no son hoy muchas las empresas recuperadas como Mol Matric –aunque las hay–? “Los procesos legales son distintos ahora que en los años ochenta”, responde Fernando Cid, presidente de la cooperativa, que comenzó como peón de limpieza, pero que ha ido evolucionando, de la mano del ahora jubilado Salvador Bolancer, el antiguo presidente y uno de los más implicados en la toma de la fábrica en 1980.

“Las leyes actuales benefician mucho menos que antes a las personas que trabajan. Hace años, el trabajador era el primero en cobrar –explica Cid–. Ahora no, y los juicios son mucho más complejos. En empresas grandes, a veces ni siquiera queda claro quién es el verdadero dueño y a quién hay que pedir responsabilidades. Hemos tratado de ayudar a otras empresas a hacer lo mismo que Mol Matric, y en algunos casos se ha podido; pero, cuando la inversión es muy grande, cuando hay maquinaria cara, las cuentas tienen que cuadrar, y no siempre es sencillo”.

“De todas maneras, nos han adormilado”, replica Máximo Vilafranca, jefe de Calidad de la cooperativa y miembro del consejo rector, que trabaja en Mol Matric desde 1990. “Parece que la gente tenga la sensación de que vendrá alguien y la salvará, pero la verdad es que nadie va a venir y no hay que conformarse con lo que hay. Debemos seguir luchando”.

Con los pies en el suelo

A pesar de la solidaridad y la búsqueda de alternativas, Mol Matric no es un mundo de utopías  flower power no adaptadas a la realidad. Vive los tiempos que corren en un mundo globalizado, y se preocupa por lo que vendrá.

“Hemos conseguido más contratos y, como antes no teníamos, cuando comenzamos a tener trabajo no había vacaciones”, precisa Fernando Cid. “¿Cómo íbamos a tomarnos vacaciones si habíamos estado   de vacaciones cuatro meses?”.

Una de las estrategias usadas para capear la crisis, además del ERE, fue el sistema de “banco de horas”. Cuando no tenían encargos, se iban a casa y continuaban cobrando la nómina, pero cuando llegara el trabajo, no habría horarios. El trabajo llegó, pero no sólo cubrió las horas guardadas en el “banco”, sino que las sobrepasó.

“Ahora somos más y trabajamos mucho”, agrega Cid. “Las empresas a las que proveemos –centradas actualmente en el sector del automóvil– nos piden la misma labor, realizada en la mitad de tiempo. Nosotros, lamentablemente, como muchas otras empresas en muchos otros sectores, estamos viviendo en carne propia eso de que hay que trabajar más por menos dinero. De hecho, al principio aceptamos trabajos sabiendo que teníamos que aportar dinero para cubrirlo. Pero fue la manera de sacar adelante la empresa. La otra opción era cerrar”.

El futuro es siempre incierto. Los encargos ya no son a largo plazo, cuando organismos del Gobierno les encomendaban, por ejemplo, la construcción de los chasis de trenes para cubrir las reformas. Ya se han terminado los grandes presupuestos españoles para infraestructuras de los años noventa. Ni siquiera hay encargos a escala internacional. Si de las 52 personas que trabajan en la cooperativa hay 17 que no son socias, es porque no se puede asegurar que el año próximo no vuelvan a caer las ventas.

Igualmente, siguen ideando alternativas. Otra de las estrategias que tienen, y que les ha permitido sobrevivir, es la diversificación. Habían invertido en maquinaria para energía eólica, que hace pocos años se suponía que iba a ser “un boom”, pero el Gobierno ha cambiado la legislación, y con ello el dinero que otorgaba. El sector de las renovables cayó en picado. El del automóvil, en cambio, encarga, pero eso sí, por menos dinero.

“Hemos tenido que recortar una serie de beneficios sociales que nos dábamos, como las vacaciones continuas durante un mes. Vamos haciendo según llega el trabajo. No creemos que en el futuro podamos jubilarnos como se están jubilando ahora, cobrando casi el equivalente al último sueldo. Sufrimos lo que sufre todo el mundo”, se lamenta Máximo Vilafranca.

Sin embargo, sufren un poco menos. “Intentamos seguir manteniendo el espíritu cooperativo y de solidaridad de cuando se tomó la empresa en los años ochenta. Los jubilados siguen viniendo por la fábrica y colaborando porque es también suya, aunque ya no trabajen”.

El cambio es colectivo, o no es

Actualmente han adquirido el hábito de invitar a una persona que les interese, del mundo político, social, intelectual o académico, a un almuerzo con los obreros en el comedor de la fábrica. La próxima persona a la que quieren invitar es Ada Colau, líder de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que ha conseguido paralizar miles de desahucios.

“Si esa fuerza y ese apoyo colectivo se pudiera transmitir al mundo laboral, tal vez se podrían mejorar otras cosas. Quizá habría más fábricas recuperadas, a pesar de que los asuntos legales vayan en contra”, opina Fernando Cid. “Aun así, tienen que cuadrar las cuentas. Una cooperativa necesita ser rentable. Es una empresa como cualquier otra en el sentido de mercado, aunque sea mucho mejor trabajar en esa modalidad que en una empresa tradicional”.

Por el momento, intentan vivirlo de la mejor manera posible, sin dejar de pensar alternativas ni un minuto. La experiencia de los pioneros de Mol Matric les ha enseñado que el cambio es colectivo, o no es.

[Este artículo pertenece a la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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