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Islamofobia y género

"Los derechos fundamentales de las mujeres musulmanas que viven en Europa no se verán reforzados mediante la sanción o la imposición, ya sea de los poderes públicos o social"

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Tres menores, una de ellas con un 'hiyab', acuden a su centro educativo

Tres menores, una de ellas con un 'hiyab', acuden a su centro educativo EFE

Es un hecho común, transversal en todas las culturas a lo largo de la Historia, que se suela asignar a las mujeres el papel de preservadoras de las esencias de la tradición, la moral y los principios religiosos, “honor” respecto del cual en la mayoría de las ocasiones no han sido consultadas acerca de su interés en ostentarlo. García Lorca expuso de forma magistral esta realidad en La Casa de Bernarda Alba; la genialidad del autor andaluz permite que ese retrato pueda tener una validez atemporal y universal.

Vivimos en Europa unos tiempos convulsos, donde la mezcla irresponsable desde algunas instancias mediático-políticas de terrorismo, migraciones, consecuencias de la crisis y creencias religiosas ha abonado un preocupante crecimiento de la islamofobia en sectores de la población europea. Esta situación ha puesto de forma singular en el punto de mira a las mujeres musulmanas de nuestro continente, en el señalado papel que se les impone de referente visible de los “valores islámicos”. En ocasiones se pueden ver presionadas desde su propia comunidad para ser punta de lanza de una posible “reacción identitaria” ante lo que se interpretan como ataques a la religión musulmana, y al mismo tiempo son diana de las iras populistas de la ultraderecha europea a cuenta de esa especial visibilidad.

Centrándonos en el segundo aspecto, en las últimas semanas han tenido lugar dos acontecimientos que nos deberían mover a la reflexión. Por una parte, el intento de prohibición del uso del conocido como “burkini” en algunos municipios costeros franceses. Llama la atención que en este tipo de polémicas recurrentemente sea la mujer, su cuerpo y vestimenta el centro del debate, ni siquiera la ínclita Marie Le Pen ha cuestionado la pertinencia de que los hombres musulmanes puedan vestir chilaba en la playa. Quizás sea porque en su condición de varones los hombres musulmanes no se les considera ni interna ni externamente guardianes de la tradición, y por ello no es motivo de escándalo en su comunidad que un estricto seguidor de los preceptos de Mahoma use traje de baño “occidental”, ni para el resto de la sociedad sea intolerable que vaya ataviado con chilaba a la playa. Y casi de surrealismo cínico se podría calificar el discurso que defiende que imponer multas por vestir burkini sea un instrumento útil en defensa de los derechos de las mujeres musulmanas.

Ya en nuestro país, hace pocos días tuvimos noticia de una execrable agresión que sufrió en Barcelona una mujer embarazada que paseaba por la calle con su pareja e hijos por el hecho de llevar niqab. Dos individuos, al parecer vinculados con grupos de ultraderecha, empezaron a increpar a la mujer por su forma de vestir y acabaron propinándole una patada en el costado. Admitiendo la dificultad de intentar interpretar el proceso mental (en el caso de que exista alguno) de alguien capaz de golpear a la altura del vientre a una mujer en avanzado estado de gestación, delante de su pareja e hijos menores de edad, por el simple hecho de que lleve una determinada indumentaria, sí podemos aventurar que el ser considerada la víctima como símbolo visible de determinadas coordenadas culturales-religiosas tuvo un peso decisivo en tan cobarde e indeseable acción.

En la misma línea, hemos vuelto a vivir estos días la recurrente polémica sobre la prohibición de entrar en clase a una adolescente con hiyab, en un instituto de Valencia.

Por lo tanto, consideramos que también desde la perspectiva de género es imprescindible la lucha contra los discursos que identifican la violencia terrorista y supuestas invasiones migratorias destinadas a destruir la “cultura europea” con el Islam, ya que las mujeres musulmanas que viven en suelo europeo se convierten en blanco preferente de los populismos xenófobos y de las aludidas reacciones identitarias.

Para concluir, destacar que, al igual que las alargadas sombras de los muros de la casa de Bernarda Alba que se ciernen todavía en el general de nuestra sociedad (en forma de violencia de género, techos de cristal, cosificación sexual del cuerpo femenino…) solo se erradicarán promoviendo una igualdad efectiva en la titularidad y ejercicio de derechos para todos y todas, los derechos fundamentales de las mujeres musulmanas que viven en Europa no se verán reforzados mediante la sanción o la imposición, ya sea de los poderes públicos o social.

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