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CATALUNYA

Entrevista | Jordi Amat

"El ‘contubernio de Múnich’ fue un ejercicio de patriotismo ennoblecedor"

Entrevista a Jordi Amat, que publica La primavera de Munich, donde se adentra en los vericuetos de una reunión en la primavera de 1962 donde hombres del interior y del exilio se reunieron en la ciudad bávara para encender las alarmas del Régimen franquista

“Los participantes en la reunión de Múnich tenían claro que debía articularse institucionalmente la diferencia nacional de España. En 1962 no explicitan cómo pero son conscientes de la existencia de unas comunidades naturales dentro de España”

“En Múnich los implicados reciben la tarjeta de jubilado y se jubilan en el apogeo de su gloria. La evolución de la Guerra Fría los amortiza, son dinosaurios”

“Los de Múnich no eran rupturistas, eran pactistas y desde una perspectiva moderada y socialdemócrata enseñaron un camino. Yo los tendría presentes”

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Jordi Amat

Jordi Amat en una foto de archivo

Quedo con Jordi Amat en la puerta central de la Universitat de Barcelona. Tras su magnífico El llarg procés acaba de ganar el XXVIII Premio Comillas por La primavera de Múnich (Tusquets), donde se adentra en los vericuetos de una senda poco estudiada de la Democracia española: aquella reunión en la primavera de 1962 donde hombres del interior y del exilio se reunieron en la ciudad bávara para encender las alarmas del Régimen a partir de un documento que superaba las divisiones derivadas de la Guerra y proponía un nuevo modelo de país desde premisas acorde con los sistemas políticos imperantes en el Occidente de la Guerra Fría.

La dictadura definió aquel encuentro como ‘contubernio’, y así ha quedado en la Historia, olvidado hasta la recuperación del erudito catalán, quien además aborda la cuestión dando protagonismo a datos, instituciones y personajes poco o nada considerados hasta el momento.

Antes de encender la grabadora empezamos a charlar y así empieza esta conversación, con Jordi Amat hablándome de La muerte en las manos, una novela de Julián Gorkin.

“Buscaba cosas sobre Julián Gorkin. No sabía nada de él y entendí que para mí investigación era fundamental. Me compré La muerte en las manos porque la prologaba John Dos Passos, quien escribió tres páginas muy tópicas, pero no dejó de sorprenderme que un autor estadounidense tan importante decidiera prologar a un autor español”

¿Qué referencias tenías del libro?

La única referencia era su propia existencia.

Nadie le hizo caso.

Nadie se había preocupado por él y no encontré ninguna reseña ni nada por el estilo en bibliotecas. La novela no es buena a nivel literario, pero su discurso ideológico era iluminador para comprender en profundidad, para entender cómo se reconstruyó, en un país devastado y dividido, una cultura democrática, una reconstrucción debida a unas personas que desde el combate contra la dictadura hicieron un esfuerzo intelectual salvaje que quedó olvidado.

¿Qué papel jugó Julián Gorkin?

Ante todo, Gorkin fue muy estigmatizado por el mundo comunista, que no dejaba de ser el grupo que había escrito el relato de la oposición al franquismo.

En el prólogo mencionas que Paul Preston te lo definió directamente como “un hijo de puta”.

Y con esa charla en una cena informal activó el clic necesario que me dio el arranque definitivo al ensayo, porque me parecía más que sorprendente ver cómo el historiador referencial de la contemporaneidad española desconocía por completo la implicación de Gorkin en el ‘Contubernio de Múnich’. ¿Cómo es que no éramos conscientes de algo tan importante?

Existe un desconocimiento total de la cuestión, pero no me extrañaría que la palabra Contubernio que usó el Régimen para definirlo haya convertido ese episodio en algo casi folklórico para muchos.

El éxito propagandístico del Régimen al denunciarlo es lo que le confiere espectacularidad y consigue darle vigencia como el Contubernio sin que nadie recuerde muy bien a qué se refería el término. Intenté reconstruirlo y así me di cuenta que unos señores aburridos dieron un paso al frente para plantear una alternativa democrática al franquismo. Lo intentaron y no ganaron. ¿Qué precio pagamos por su derrota?

El binomio Dos Passos-Gorkin, un americano y un español, me hace pensar en el Congreso por la Libertad de la Cultura, fundamental en tu ensayo y poco conocido para el gran público.

El Congreso por la Libertad de la Cultura, que en un principio no tenía nada previsto para con España, termina posibilitando que una serie de personas del interior provenientes del sistema franquista, y descolgadas del mismo por desencanto, encuentren una plataforma, una infraestructura para recibir libros extranjeros, ir a coloquios en el extranjero y formar parte de una red española de exilio español de reflexión democrática que asimismo integra una red internacional muy importante. ¿Por qué este legado no se ha asumido positivamente?

Siempre he pensado que la Historia española se explica muy mal, sobre todo la contemporánea.

Supongo que se explica bien en algunos casos y mal en otros. Desde la crisis y la actual degradación institucional se impugna la Transición, impugnación que en parte comparto, porque al fin y al cabo debemos efectuar su juicio a partir de las condiciones objetivas con las que efectuó el cambio y ahora se obvian en más de una ocasión. Sin tener claras estas condiciones es imposible efectuar un juicio crítico en condiciones. La actual Democracia española toma como momento fundacional la Transición, cuando durante la misma ni Juan Carlos I, ni Manuel Fraga y ni siquiera Adolfo Suárez o Santiago Carrillo hicieron una apuesta democrática. ¿Cuál era el fundamento moral con el que accedieron a pilotar el cambio? El pragmatismo está bien, pero ahí también había elementos de mucho cinismo.

En cambio en Múnich las coordenadas fueron otras.

En Múnich damos con demócratas más convencionales con un nivel de pureza en el gesto reconciliador que si me parece fundador de Democracia.

Y se unen los dos polos, de Gorkin a Ridruejo, del exilio al interior.

Y en los últimos años se habla más de Ridruejo, pero no sé hasta qué punto hemos asumido su papel y, sobre todo, su evolución, que da fibra a una tradición democrática española que siempre ha sido frágil. Esta tradición se rehace de modo ambiguo y complejo justo al salir el mundo de la Segunda Guerra Mundial, que es el momento en que algunos hombres se repiensan como demócratas españoles, y este legado no se ha asumido todavía.

Y se produce la confluencia entre los del exilio y el interior, pero estos últimos pueden formular unas lecturas mucho más coherentes que los exiliados porque conocen mejor la evolución de la sociedad española.

Tiene que producirse un encuentro entre los del interior y los del exilio y asimismo un encuentro entre vencidos y vencedores, vencedores conscientes de que su victoria en la Guerra Civil ha generado una sociedad injusta. Algunos de los que van a Múnich asumen el haber sido partícipes de este estado de cosas. Han hecho una lectura crítica. Aceptan que lo construido no funciona y la alternativa es la Democracia. Los que fueron a Múnich sabían que debían confluir en ese punto.

Y el que tiene mayores dificultades para conciliarse con los del exilio es José María Gil-Robles, el antiguo líder de la CEDA durante la Segunda República.

Sin duda. Era un señor de las derechas antirrepublicanas, con contactos con el fascismo y que durante la guerra apostó por la sublevación contra la legalidad republicana. Más tarde, a mediados de los años cincuenta, asumió un posicionamiento propio de la Democracia Cristiana blanda. Que ese señor que en las cortes republicanas discutió dialécticamente a muerte con Rodolfo Llopis hiciera el esfuerzo de reconocer al otro era algo muy complicado, pero todos sabían que sin ejercicio de reconciliación no había posibilidad de evolucionar.

Gorkin era claramente anticomunista y eso es algo a destacar de la reunión, donde no figuran representantes del PCE, algo que a buen seguro influyó para que el Congreso por la Libertad de la Cultura apoyara la causa de los implicados.

Uno de los defectos de la alternativa de Múnich es que no puede integrar a los comunistas, que al mismo tiempo eran los que mayores posibilidades tenían de alterar el orden público español, pero es que no existía ninguna otra posibilidad. El Movimiento Europeo se piensa para frenar el expansionismo soviético en los años más bestias de la primera Guerra Fría y era impensable que en Múnich los comunistas formaran parte de la foto, la clave era que no estuvieran. El Régimen define a toda la oposición democrática como comunista y así la condena en masa.

Tenemos el grupo de Múnich como los que plantearon la alternativa democrática, pero desde 1945 o incluso antes ya existían otros movimientos paralelos que desde el interior compartían esa conciencia, desde Destino a otras manifestaciones.

Sí, sin duda, pero desde el interior era muy complicado que retomara fuerza la tradición democrática porque la Democracia no tenía mecanismos para volverse a articular. O lo hacía desde márgenes minúsculos o desde el mismo sistema. La derrota fue en toda su profundidad y sólo desde el mundo de la victoria algunos entienden que deben cambiarse las cosas y replantear la cultura política en la que se hallan inmersos.

Y al final es en Múnich donde se produce la formulación política pura y dura.

Sí, porque al final los del exilio y el interior, tras meses de conversaciones e intercambio de documentos, consensuan un escueto documento de cinco puntos que son necesarios para la entrada de España en Europa convertida en una Democracia. De otro modo no contemplaban ese ingreso.

Los cinco puntos son los mínimos requisitos para una normalidad democrática.

Efectivamente. Consiguieron congelar las relaciones del gobierno franquista con el Mercado Común y durante los dos años posteriores a Múnich se plantearon cómo dar cuerpo a la esperanza que generaron y convertiré en un frente real de oposición. Ridruejo, Gorkin y otros elaboraron documentos para pensar cómo convertir España en una Democracia, pero mientras eso pasa el Régimen piensa el modo de perpetuarse. Cuando Ridruejo vuelve a España en 1964, tras dos años de exilio, llega con el compromiso de contar a sus cómplices políticos la situación del país, y ya en la primera o la segunda carta habla de la preparación de la ley que asegura el relevo en Juan Carlos I.

Cuando los republicanos de Múnich ya habían cedido en esta cuestión.

Si el compromiso de democratización pasa por la corona lo aceptan, aunque también había viejos republicanos que no lo aceptaban. Tras la muerte de Franco no se dio a la ciudadanía la posibilidad de votar la forma de gobierno.

Ahora llegamos a ese punto donde los fieles a la Transición te dirían que no era el momento de hacerlo.

En 1977 no se podía formular la pregunta porque el ejército no hubiese aceptado la República. ¿Qué perdemos por no poder formular la pregunta? No en 1977, sino a posteriori, porque la consolidación de la Democracia se resiente porque su fundamento moral es ambiguo.

Porque no se ha podido decidir la forma política del Estado. En Múnich se acepta la Monarquía como término medio.

Hace poco escuché el discurso de aceptación de la corona de Juan Carlos I y en ningún momento del mismo aparece la palabra Democracia. Es algo muy significativo. El éxito del 23F es pasar página a este origen problemático, antes de ese momento quedaron algunas preguntas pendientes, y seguramente la crisis institucional actual está muy relacionada con no haber afrontado de modo honesto estos interrogantes sin respuesta.

Y en Múnich se afronta sin complejos la cuestión que en la Constitución se dio por llamar de las nacionalidades.

Tenían claro que debía articularse institucionalmente la diferencia nacional de España. En 1962 no explicitan cómo pero son conscientes de la existencia de unas comunidades naturales dentro de España. Habían tenido mucho tiempo para pensarlo, años de exilio preparando el momento.

Piensan España, pero en esos momentos lo suyo es una propuesta, no una posibilidad.

El poder siempre quiere perpetuarse. Mis padres de Múnich supieron que unos hombres se habían reunido en esa ciudad para conspirar contra su país. No les dieron a entender que se habían reunido para mejorar su condición como ciudadanos.

Y además sucede en 1962, durante el Desarrollismo: cuando mejores condiciones de vida tienes reclamas más libertades.

Sí, pero también está el hecho de no querer poner en juego las condiciones surgidas del Desarrollismo por determinadas cuestiones políticas. Les dicen que los de Múnich son unos comunistas tóxicos y así la sociedad española no toma conciencia de la anomalía política en la que vive. Se transmite lo del contubernio de modo disolvente y además no existían canales viables de pedagogía democrática.

Por otra parte los implicados de Múnich toman conciencia, dentro del contexto de los años sesenta del siglo XX, de son viejos para capitanear el cambio propuesto.

Para que nos entiendan diremos que en el momento previo a las elecciones de 1977 Santiago Carrillo era mucho más importante que Felipe González, pero llega el momento de votar y el PSOE supera holgadamente al PCE. Era muy complicado que alguien con un papel durante la República y la guerra volviera a tener un rol preponderante. Superar eso era también superarlos a ellos.

Es como cuando en 1945 tras la Guerra Mundial Churchill pierde las elecciones en el Reino Unido.

Ganan los laboristas. No estaba en condiciones generacionales de capitanear el día después.

En los sesenta las formas de resistencia evolución de otra manera que no sigue el paso de Múnich.

En Múnich los implicados reciben la tarjeta de jubilado y se jubilan en el apogeo de su gloria. La evolución de la Guerra Fría los amortiza, son dinosaurios.

Y cuando se sabe que la CIA estaba detrás de todo la amortización es completa.

Una cosa era saber que la CIA estaba detrás en los cincuenta y otra, que es lo que sucedió, cuando Vietnam estaba en marcha. La misma Guerra Fría genera el mito de la CIA. Los valores del Congreso por la Libertad se impusieron y su disolución fue su victoria. Se creó para determinado combate ideológico y su idea de libertad es la que se asumió en ese momento.

Y propician muchas iniciativas de largo aliento.

Estaba muy bien montado. Organizaban muchas cosas. Protege revistas de gran prestigio en medio mundo, organiza coloquios de intelectuales y crea comités nacionales. En el caso español tenemos el caso del envío de Juan Marsé a París, donde pasa una temporada y empieza a planear Últimas tardes con Teresa.

Y así en cierto sentido se prosigue el trabajo, por ejemplo con el surgimiento de otro tipo de literatura.

Sí, como también sucedió por ejemplo el Congreso sobre Realidad y Realismo de Madrid en 1963. Se trataba de importar los grandes debates ideológicos para condicionarlos y formular una crítica al realismo socialista, que es, sin dejar de ser una literatura comprometida, lo que hizo Marsé dejando atrás los clichés y hablando directamente de la vida.

Hablar de lo ocurrido en Múnich durante esos días de 1962 en estos meses de 2016 es apelar a la necesidad de entendernos.

Sí, o de la necesidad de pacto. En ellos existió un ejercicio de patriotismo ennoblecedor. Eran conscientes del enemigo y de la solución, que debía ser positiva. Gil Robles le da la mano a Llopis por mucho esfuerzo que le cueste.

Es una expiación.

Sí, eso está muy bien visto y en ese sentido Gorkin y Ridruejo son constructores de puentes para que los demás se encuentren, son fontaneros que han quedado más eclipsados en el relato. Hay dos escenas clave, que me llamaban la atención y me parecían claves para poder entender esta historia y explicarla bien. Marià Manent, poeta no militante, decide ir a Múnich a sabiendas del precio que puede pagar por ello y en su dietario comenta la ovación a Ridruejo, que llegó tarde cuando ya estaba todo hecho ¿Qué ha pasado para que un miembro del POUM y un camisa vieja de 1937 cojan en 1962 para hablar con un asesor de Kennedy?

Y Marià Manent habla de intensa emoción y lágrimas.

En su relato hay mucha pureza, se conmueve también cuando visitan el campo de concentración de Dachau, esa pureza convierte lo de Múnich en algo único y también lo haga poco operativo para ser una alternativa real.

Parece, tal como lo dices, más un acto simbólico.

No se trata tanto de su influencia política como del espejo que nos interpela: la cuestión de la ejemplaridad.

Y aquí entra reconsiderar la cronología de nuestra historia democrática.

Considero a Suárez un personaje muy positivo para la Historia de España, sin duda, pero lo es como persona que posibilita la transformación del Estado y propicia la refundación de la Democracia, pero no es un demócrata, es más bien un hombre de Estado. Creo que existen aspectos de nuestra vida política que sólo se explican por una falta de calidad democrática. Los de Múnich no eran rupturistas, eran pactistas y desde una perspectiva moderada y socialdemócrata enseñaron un camino. Yo los tendría presentes.

Es la idea que le falta a la Democracia española, el pactismo y ponerse de acuerdo más allá si eres de este u otro partido.

Sí, porque el Estado protege sus intereses y la Transición también es una aportación, en lo bueno y en lo malo, de los intereses las élites del Estado.

El discurso de Múnich podría fluir a partir del libro y otros componentes, pero para que fluya de verdad deberá generarse una nueva situación política que supera de una vez por todas los principios y el relato de la Transición.

Sí, creo que es así, pero para con la Transición hay un exceso de nostalgia con la ruptura y en cambio se piensa poco en la reforma posible más allá de la que terminó produciéndose.

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