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Brujos y aprendices de la energía nuclear

La demanda energética nos hace mirar una y otra vez a la energía nuclear, pero la controversia y el secretismo sobre riesgos y accidentes impiden un debate honesto.

Aunque el control de la energía nuclear y sus riesgos es muy imperfecto y la sociedad española desconfía de la energía nuclear, los principales partidos políticos la apoyan con mayor o menor rotundidad. 

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Aprendiz de brujo nuclear - Ilustracion de Yoana Novoa

Aprendiz de brujo nuclear - Ilustracion de Yoana Novoa

La historia del Aprendiz de Brujo pertenece a un poema de Goethe, que la música de Dukas y los dibujos de Disney han hecho muy popular. En esta historia un aprendiz de magia y brujería da vida a una escoba durante la ausencia de su maestro para que realice todas las trabajosas tareas que tenía encomendadas. El aprendiz, incapaz de recordar las palabras mágicas para detener a la escoba que estaba vertiendo demasiada agua para limpiar el cuarto, la quiere detener rompiéndola. Esto empeora las cosas, ya que la escoba se multiplica y comienza a generar una inundación, que es al final evitada con la llegada del maestro.


La humanidad, con su creciente demanda de energía, ha estado siempre buscando formas de controlarla y ponerla a su servicio. Posiblemente nunca hayamos encarnado mejor el papel de aprendices de brujo que con la energía nuclear. Con el objetivo de generar grandes cantidades de energía se realizaron en la década de los 40 del pasado siglo diversos experimentos explorando la reacción nuclear de fisión. Los primeros ensayos fueron principalmente de índole militar, y culminaron con las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki en el verano de 1945 y que precipitaron la rendición de Japón y el final de la Segunda Guerra Mundial. Aunque irónicamente la fuerza demoledora de las bombas nucleares asentó la paz entre los países occidentales hasta nuestros días, algunos ya vemos en esto un mal comienzo para el programa de desarrollo nuclear. Una característica clave de la energía nuclear es la alta calidad de la energía por unidad de masa de material utilizado, muy superior a cualquier otro tipo de energía conocida por el ser humano. Destaca también la poca eficiencia de un proceso en el que se pierde entre un 86% y un 92% de la energía liberada. Pero por encima de todo destaca el manifiesto descontrol que tenemos de los dos problemas principales, el de los residuos radioactivos y el de los riesgos de accidentes nucleares. Los residuos tienen un largo periodo de peligrosidad y deben almacenarse durante miles de años, pero ¿quién asegura la estabilidad geológica de los almacenes en esa escala temporal? Eso por no hablar de la estabilidad sociopolítica y de los riesgos de sabotaje y terrorismo en relación a los almacenes nucleares, algo que cambia en marcos temporales de pocas décadas. 


No hay que olvidar que uno de los mayores desastres medioambientales de la historia lo ha constituido el accidente sufrido tras la explosión del reactor de la central nuclear de Chernóbil, Ucrania, en 1986. El accidente, una gran explosión que emitió una gigantesca nube radiactiva hacia toda Europa  y que está considerado como el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (accidente mayor, nivel 7),  dejó una ciudad fantasma que hoy día puede ser visitada, con el riesgo radiológico asumido por el visitante, y constituye un museo de lo que puede ocurrir cuando no se controla algo tan potente. Los efectos persisten hoy en día y existen miles de personas, tanto las que sufrieron directamente el accidente como sus descendientes, afectadas de cáncer y malformaciones.


Tenemos muy presente, por cercano en el tiempo, el accidente de Fukushima, pero muy pocas personas saben que en la actualidad (cuando los efectos de la exposición a radiación distan probablemente de expresarse en grado máximo) la mortalidad causada por ese accidente equivale a la muerte de una persona al día. Y se tardó mucho tiempo en que la prestigiosa NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) de los EE.UU. publicara las fotos y los videos sobre la radioactividad en el Pacífico. Las imágenes son escalofriantes y muestran como un cuarto de la superficie marina de todo el planeta está afectado por niveles de radiación superior a lo normal como consecuencia de la contaminación tras el accidente de la central japonesa. De hecho, dado que muchas de las merluzas que comemos en nuestro país proceden del Pacífico, podemos asegurar que los cuerpos de muchos españoles habrán incorporado ya la correspondiente señal radiológica inequívoca derivada de su ingestión. Pero, como sus efectos son sutiles y actúan a largo plazo, lo más probable es que los habitantes de zonas cercanas y muy  afectadas, como Corea, nunca serán conscientes del origen real de sus problemas económicos y de salud.


La peligrosidad de los accidentes nucleares se incrementa por el secretismo con que son tratados. Se oculta información clave y con ello se pone en riesgo innecesario a la población. La manipulación informativa es muy importante. Por ejemplo, en su reciente visita a Japón como presidente de España, Rajoy visitó la central nuclear de Fukushima y alabó tanto las bondades de la energía nuclear como la actitud del pueblo japonés. No mencionó que su visita coincidió con una nueva fuga radiactiva. Los telediarios relataron la visita de Rajoy sin informar sobre esta nueva fuga, lo cual para el Consejo de Informativos supone que un dato destacado quedase al margen de las noticias "con el daño que ello supone para el derecho de los espectadores a recibir una información completa, imparcial y objetiva".


En noviembre de 2007, la central nuclear española de Ascó sufrió un incidente que generó la emisión de material radiactivo al medio ambiente. El hecho se ocultó incluso al propio Consejo de Seguridad Nuclear y la opinión pública fue oficialmente informada sólo después de la acción informativa de Greenpeace. Se registró un retraso de más de cuatro meses, lo cual impidió que se alertara a tiempo a la población y que se tomaran medidas de protección y vigilancia. Por ejemplo, se expuso a un riesgo radiológico totalmente innecesario a los alumnos del colegio de los Maristas de Gerona al no cancelar la visita a la central. Los alcaldes de los pueblos próximos se enteraron por la prensa ya que no hubo prealerta de emergencia. El secretismo en torno a lo que sale mal en relación a la energía nuclear ha estado siempre presente. Basta con recordar el caso de las bombas nucleares caídas accidentalmente en Palomares,  como lo hace recientemente el principal periódico nacional. Este pueblo almeriense, hoy en día la localidad más radioactiva de España, es un caso increíble de 50 años de oscuridad informativa y problemas diplomáticos que siguen vigentes. Los posibles riesgos para la salud de las personas y de los ecosistemas han sido y aun son cuestiones secundarias, ya que priman los intereses políticos de los países implicados, en este caso España y EE.UU. La mayor parte de los españoles desconoce, probablemente, que EE.UU. ha financiado durante todos estos años un programa de seguimiento llevado a cabo por agencias españolas, que incluía el análisis de muchos ciudadanos que habitaban la zona en el momento del accidente. Y que, como reconocía hace pocos años un investigador involucrado en una entrevista informal, todavía pueden detectarse niveles anormales de plutonio en su orina.


La sociedad demanda más y más energía. En los últimos 60 años se ha triplicado el consumo energético mundial de forma que en un solo año se consumen los combustibles fósiles que la Tierra tardó un millón de años en producir.  En lugar de promover un uso eficiente de la misma, se promueve su uso indiscriminado con la justificación de que es la base de la economía. Ante las indicaciones de que la energía que consumimos se obtiene en su mayoría de un recurso no renovable que se está agotando se vuelve una y otra vez la mirada a la energía nuclear. En noviembre de 2007, estaban operativos 439 reactores nucleares en todo el planeta, 33 en construcción, 94 planeados y en estado de propuesta 222. Entre las naciones que no usan actualmente la energía nuclear, 25 países están construyéndolos o en fase de planificación. Algunos países contemplan planes para eliminar o minimizar la energía nuclear (como Dinamarca o la propia Alemania), pero tan sólo Italia lo ha hecho realmente, si bien importa electricidad de naciones con centrales nucleares activas. En nuestro país, la energía nuclear fue la segunda fuente de generación de energía eléctrica en 2011, con un 21% de la producción, detrás de las renovables (33%) y por delante de los ciclos combinados (19%), lo que representa el 4,5% de la energía final consumida o el 12,2% del total de energía primaria, es decir de toda la energía disponible antes de ser utilizada o transformada en energías secundarias como la electricidad o el calor.


A pesar de que la sociedad española no confía ni quiere que la energía nuclear sea la principal fuente energética (ver los datos de las encuestas del CIS), los dos partidos mayoritarios (PSOE y PP) apoyan mas o menos tibiamente esta forma de energía y aplican planes directos o indirectos que aplazan el cierre de centrales y ralentizan la reconversión hacia las energías renovables. El coordinador general de Izquierda Unida, Cayo Lara, a raíz de lo sucedido en Japón, se manifestó a favor del cierre de todas las centrales nucleares porque suponen un grave riesgo para la salud de las personas así como de prohibir el tránsito o el almacenamiento de material nuclear en los municipios. PNV, BNG, PA, ERC e ICV también se oponen a la energía nuclear. CiU demanda que se reabra el debate para defender su utilización pero sólo UPyD se declara abiertamente a favor de esta forma de energía.


Aunque la sociedad no comprenda nada acerca de la tecnología que hay detrás de la generación y explotación de la energía nuclear, sufrirá los efectos de los fallos, accidentes y ensayos nucleares. Por ello debemos mejorar la comprensión general de los riesgos y pedir mejores explicaciones de la capacidad de control que tenemos de esta energía. La contestación a la pregunta de si podemos asumir los riesgos asociados a la energía nuclear debe darla la sociedad, pero en esto los científicos, los tecnólogos y los responsables empresariales deben aportar más información objetiva y mejores argumentos, y los políticos deben dejar de cubrirlos o transformarlos para servir a estrategias a corto plazo y a intereses meramente económicos.


La energía nuclear ha sido un tema controvertido desde los inicios de su empleo por nuestra parte. El conocimiento científico de los riesgos y cómo prevenirlos es muy imperfecto. Esta imperfección está relacionada con el complejo tratamiento de riesgos bajos pero de consecuencias devastadoras,  algo que puede comprobar cualquier lector simplemente leyendo las exenciones de cualquier seguro que haya contratado (terremotos, guerras, catástrofes naturales, accidentes nucleares, etc.). A pesar de la corriente de privatización que domina la política mundial, la energía nuclear se basa en la sencilla máxima de que, al ser los seguros inviables por la gravedad del riesgo asumido, si hay un accidente pagará Papá Estado. Sin embargo, se transmiten mensajes tranquilizadores a la sociedad sobre esta base empírica tan frágil


Los defensores de la energía nuclear destacan que es una forma barata de garantizar el suministro eléctrico, y que no se generan gases con efectos invernadero. Claro que cuando se habla de lo barata qué es esta energía, no se incluyen muchas externalidades. Es una situación patente en la que se explota el patrimonio común y se pone en riesgo sin pagar ni programar ningún tipo de seguro. Por ejemplo, las aguas que enfrían un reactor no cuestan nada a la central, son de todos, se contaminan, tanto térmica como radioactivamente y nadie paga nada por eso. Obviamente si estos costes y todos los riesgos y gastos asociados a los residuos no se suman, la cuenta nuclear sale muy barata. Lo de que la energía nuclear es barata parece más un mito, bien protegido, pero mito al fin y al cabo.


Lo cierto es que la energía nuclear de fisión no la acabamos de controlar, y la de fusión ni siquiera somos capaces de generarla de forma estable. Llevamos muchas décadas jugando a aprendices de brujo con esta forma de energía sin valorar colectivamente los riesgos de nuestra ignorancia. Parece como si contáramos con que llegará algún maestro a tiempo para detener la inundación de radiaciones que hemos generado y que seguiremos generando con nuestros ensayos y accidentes nucleares.


Eric Hobsbawm, profesor de la Universidad de Stanford y miembro de la Academia Británica, escribió en su “Historia del siglo XX” (Capítulo XVIII Brujos y aprendices: las ciencias naturales) algo que se aplica de manera inquietante a lo comentado aquí sobre la energía nuclear:

Además, y gracias en buena medida a la asombrosa expansión de la información teórica y práctica, los nuevos avances científicos se traducían, en un lapso de tiempo cada vez menor, en una tecnología que no requería ningún tipo de comprensión por parte de los usuarios finales. No necesitaban comprender nada acerca de las máquinas para trabajar con ellas. Los aprendices de brujo ya no tenían que preocuparse por su falta de conocimientos.”

Mas información sobre la ilustradora en  www.lapizearte.wordpress.com




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