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El sector de la naranja en Castellón busca su “revolución”

Huerto de naranjos en Burriana (Castellón).

Belén Toledo

“Esto así no puede continuar”. Es la frase que tanto ponentes como público repitieron el viernes en Nules (Castellón), en un encuentro de productores de naranja. Se trata del XIII Congreso de Citricultura de la Plana, una cita que se celebra cada dos años. En esta ocasión, sirvió para canalizar la rabia de los agricultores. Después de varios lustros de ruina, esta campaña ha sido especialmente mala. Un 40% de la mandarina clemenules -la variedad más cultivada en la provincia- se ha quedado en el árbol, según la organización agraria La Unió de Llauradors. Los precios eran tan bajos que no compensaban el gasto de la recolección.

“¿Para cuándo la revolución de la producción? Nos han tocado la dignidad, no nos han respetado”, clamó Ramón Mampel, secretario general de La Unió. Esta revolución consistiría en conseguir la unidad de los agricultores. El campo castellonense es eminentemente minifundista, con una media de tamaño de las parcelas de media hectárea. La consecuencia es que los productores no tienen capacidad para negociar precios más altos con los distribuidores, que sí están más agrupados.

Sin capacidad de negociar y con muchos nervios

Esta situación de debilidad se suma a la necesidad que tiene el agricultor de asegurarse la venta en el momento de la cosecha, debido a que es un producto perecedero. Se produce un nerviosismo excesivo en los agricultores que les lleva a vender muy barato, según lamentó Doménech Nàcher, secretario técnico de la organización agraria Fepac-Asaja. Mampel pidió más control en la cadena alimentaria, y que los agricultores tengan capacidad de presión sobre los intermediarios: “Hemos perdido todo el poder y lo han ganado la distribución y el comercio”, se lamentó.

Este año, el cuadro se ha completado con los daños de las lluvias. También con la importación de naranja sudafricana, que gracias a una decisión de la Unión Europea, ha podido llegar a España hasta el 31 de noviembre y se ha solapado con el producto de Castellón. 

Castellón, el “Champagne” español

La “figura de calidad” fue una de las soluciones propuestas en el congreso. Se trataría de una marca común que dé prestigio a los cítricos de la provincia. Concretamente, a las mandarinas de la variedad clemenules, la más cultivada en este territorio. Está por definir el alcance geográfico de esta medida.

Nàcher apostó por una marca “que garantice que lo que paga el consumidor llega al labrador”. Aseguró que, según los sondeos que su organización ha efectuado, el consumidor europeo valoraría mucho “saber que una parte proporcional” de lo que paga por una mandarina acaba en quien la ha cultivado. Mampel aspiró a que las comarcas productoras de clemenules se parezcan a la región de Champaña, en Francia, donde la denominación de origen de esta bebida ha disparado el precio de las tierras de cultivo.

Baja autoestima del sector 

Los ponentes se lamentaron de la escasa asistencia a citas como la del viernes en Nules, pese a “la que nos está cayendo este año”, en palabras de Nàcher. Atribuyeron este desinterés al pesimismo extendido desde hace años en el sector. Los bajos precios están llevando al abandono de tierras y convierten la agricultura en una actividad sin interés para los jóvenes: “Algo está pasando cuando en la Comunidad Valenciana hay 140000 hectáreas abandonadas y un 2% de menores de 30 años trabajando en el campo”, se lamentó Mampel.

“En diez años desgraciadamente el 30% de los que estamos aquí no estaremos”, explicó Juan Vicente Moros, presidente del Grupo Cooperativo Intercoop, en referencia al público asistente, compuesto en su inmensa mayoría por hombres mayores de 50 años. Moros pidió que el sector ejerza “presión”. “Muchos pueden pensar que si no protestamos, es que no nos pasa nada”, se lamentó. Propuso, por ejemplo, una recogida de firmas entre los “miles de asociados” a las cooperativas agrarias.

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