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El cliente que me llamó "niña"

"Cuando nos despedimos, le dio la mano a mis jefes y a mí no. Le tendí yo la mía: no la rechazó, pero acompañó su apretón de manos con un paternalista niña", cuenta Blanca, encargada del proyecto para ese cliente

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Acudíamos, mis dos jefes y yo, a la presentación de un estudio al que habíamos sido invitados por cortesía de uno de nuestros clientes.

Tengo que recalcar aquí que de los tres asistentes de mi empresa (como decía, mis dos jefes y yo) la única que había leído a la ponente, conocía su trabajo al dedillo, sus estudios y seguía su trayectoria desde hace años era yo. Estaba realmente emocionada por poder tener oportunidad de conocerla en persona y comentar sus trabajos con ella.

Como decía, habíamos sido invitados por uno de nuestros clientes con el que, en ese momento, además, estábamos llevando un proyecto de investigación ambicioso y bastante complejo. Tengo que decir que he utilizado el plural de –falsa– modestia dado que, sí, el proyecto estaba liderado completamente por mí, con interlocución directa y por escrito numerosos días con este cliente, gestionando un equipo detrás de la elaboración de este proyecto y trabajando dura y rigurosamente.

Al salir de la presentación, mis jefes decidieron que esperaríamos a despedirnos de nuestro cliente. Me pareció excelente idea dado que, por fin, nos pondríamos cara. Así fue, nuestro colega salió por fin de la sala y vino hacia nosotros, que esperábamos de pie en el pasillo. Charlamos apenas unos dos minutos, todos llevábamos relativa prisa y, entonces, a modo de despedida, el susodicho le dio la mano a mi jefe (situado a mi derecha), le dio la mano a mi otro jefe (que estaba a mi izquierda) y ¿para mí? Pues nada. Yo, situada en medio de mis dos jefes, me quedé sin mi apretón de manos y decidí que era buen momento para tenderle yo la mía. No la rechazó, pero acompañó su apretón de manos con un paternalista y cuidado "niña". Niña. Ninguno de mis dos jefes dijeron nada al respecto. Yo tampoco; yo, la mujer que lidera el estudio, con quien este cliente tenía habitual contacto vía correo electrónico en los que demostraba día a día mi profesionalidad y lo primero que se le ocurre decir es "niña". Sin contar con que al principio ignoró mi presencia.

Tras aquel feo gesto me cambió inevitablemente el semblante y físicamente se me notó la tensión que este señor me había generado. Mis expectativas de lo que iba a ser aquella ponencia habían cambiado por completo, pero la historia no terminó aquí.

Al salir del evento, mi jefe tuvo a bien comentar la jugada, pero nada más lejos que hacerlo desde un punto de vista crítico. Comenzó a reírse bien alto, mirándome y señalándome, repitiendo: "¡Niña! Te ha dicho niña…". Y risas, más risas. Entonces yo corté su broma con un seco: "No es gracioso en absoluto, a mí esto no me parece nada divertido". Él notó mi enfado y trató de aplacarlo con un fantástico: "Es a modo de cariño, no te lo tomes así". Añadí: "A vosotros dos ya os conoce desde hace años y os tiene mucho cariño, mucho más a que a mí; ¿a vosotros os llama 'niños'?".

No obtuve respuesta de ninguno de los dos, cogimos el coche y volvimos a la oficina como si nada hubiera pasado.

Blanca

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