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Esas pequeñas y grandes cosas que perpetúan el machismo cotidiano

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No quiero caer en la glorificación de las mujeres ni convertir estas líneas en un tratado maniqueo. Sería una patochada decir que todas las mujeres son listas y buenas y todos los hombres unos necios malvados. Sin embargo, la conmemoración del Día Internacional de la Mujer sirve para recordar que no solo queda un largo camino en la conquista de la igualdad sino que existe un riesgo de retroceso.

Y, me estoy refiriendo no ya a los grandes objetivos como el acceso al empleo, igualdad salarial o representación en los altos cargos -a poseer una mayor visibilidad y reconocimiento-, sino a esas actitudes machistas que están tan inmersas, forman parte del día a día de las relaciones sociales y personales y, desde luego, sexuales, que de tan 'normales' son incluso asumidas por las mujeres. Son esas pequeñas cosas que perpetúan la hegemonía masculina y la sumisión femenina.

Porque creo que es en los detalles, en lo más simple, donde se descubre la esencia de las cosas, estas son algunas de actitudes más reconocidas que a casi ninguna mujer pasan desapercibida y sí, a muchos hombres.

Todas las mujeres son iguales. Los hombres maduran y las mujeres envejecen. Un hombre tiene carácter pero una mujer es histérica. Ellos alardean de sus conquistas sexuales. Si ellas lo hacen, se les vitupera

Todas las mujeres son iguales. Los hombres maduran y las mujeres envejecen. Un hombre tiene carácter pero una mujer es histérica. Ellos alardean públicamente de sus conquistas sexuales y se les otorgan medallas. Si ellas lo hacen, se les vitupera.

Hay hombres momificados que comparten su vida con mujeres hermosas. Ellos tienen a su disposición recursos para compensar su falta de atractivo físico. A un hombre la revaloriza ir con una mujer joven. La sociedad le vitorea y envidia. Pero, no es igual cuando es ella la que da el brazo a un hombre guapo y, no digamos, si además es joven. Siempre levantará sospechas, cuando no críticas. Es esa enfermiza doble vara de medir que hay que destrozar para siempre. Cada vez son más las mujeres que lo hacen. La libertad consiste en poder elegir y la pervivencia de diferencias en función del sexo debe ser intolerable en una sociedad de iguales.

Se duda de las mujeres que optan por vivir solas, que no es lo mismo que estar en soledad. De las que no han querido tener hijos. De las que sonríen sin otra pretensión que ser agradables. De las que hablan con los hombres de tú a tú. De las que toman la iniciativa sexual. Quizá se duda porque la imagen que se muestra a través del espejo asusta. Y dudan no solo los hombres sino también muchas mujeres.

Es la grandeza del macho alfa frente a la mujer que comprueba que a veces tiene que travestirse para ser admitida en el club de las buenas costumbres. Esos viejos hábitos que se han impuesto para mayor gloria de quienes están más interesados en que perduren.

Es un hecho tan asumido que a menudo oímos en boca de hombres y mujeres que es mejor “hacerse la tonta” para lograr un objetivo. Esa nefasta actitud por la que las mujeres deben saber cocinar, fregar o poner la lavadora además de tener un coeficiente de 150.

Esa sociedad que acepta a los gais y critica a las lesbianas. Ese lenguaje pernicioso que emplea “coñazo” en la crítica y “cojonudo” en la alabanza. Son esas pequeñas y menos pequeñas cosas incorporadas al imaginario colectivo.

Y, si bien es cierto que son muchas las mujeres que se rebelan contra los estereotipos y prosiguen su senda sin dudar, también lo es que no siempre se responde a ese machismo latente que a veces lo impregna todo como un velo invisible pero tóxico.

Es todo ese arsenal cultural y de hábitos que a menudo nos hace sentir como si tuviéramos que pasar un examen para demostrar lo inteligentes, preparadas, bellas, buenas y sexis que somos; por citar las asignaturas principales que se nos exige en nuestra carrera de mujer. Y, así, nos pasamos la vida siendo merecedoras de una buena calificación.

Vivimos en una cultura que, por increíble que parezca, sigue tratando a los hombres como seres superiores a las mujeres. Lo comprobamos a diario. Y acontece que hay mujeres que se adaptan a ese mundo en lugar de cambiarlo, perpetuando así la hegemonía masculina.

Hace unos días, decía la joven actriz Emma Watson, conocida por ser la protagonista femenina de Harry Potter, y por pertenecer a una nueva generación de mujeres interesadas en reivindicar el término feminismo , que la sociedad actual desprecia todas las cualidades que se asocian a lo femenino y que, de esta manera, devalúa la percepción de las mujeres, Y, señalaba no solo a los hombres, sino también a las mujeres. “Todos somos cómplices”, sostenía.

Creo que hay mujeres cómplices, pero que la autoría corresponde a los hombres.

Las mujeres universitarias superan el 51% y representan la mitad de la mano de obra del país pero no están en los lugares donde se adoptan las decisiones.

Las mujeres perciben los salarios más bajos y la brecha salarial ronda el 26%. El Tratado de Roma de 1957 establecía que a igual trabajo igual salario. Pero casi 60 años después, sigue sin cumplirse. Todavía hay profesiones en las que las mujeres son acusadas de quitar el trabajo a los hombres, lo recordaba una conductora de autobús de Bilbao con motivo del 8 de marzo.

Y todo ello, en el llamado mundo desarrollado porque, en el otro, millones de niñas, jóvenes y adultas son tratadas como esclavas y castigadas solo por el hecho de ser mujeres.

Queda mucho por recorrer. También en la lucha contra ese machismo que puede pasar desapercibido de tan cotidiano. Todos los días deberían ser el Día Internacional de la Mujer. Para que nadie lo olvide.

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