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Botella, la liquidadora de un modelo

Estamos asistiendo al cierre de todo un ciclo político marcado por la hegemonía de un bloque de poder formado por el PP, las grandes constructoras y las entidades financieras

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La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y su antecesor, el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón. / Efe

Creo que es un error analizar la renuncia de Ana Botella a presentarse de candidata a la alcaldía de Madrid pensando en claves personales o puramente electoralistas. En mi opinión, no estamos asistiendo simplemente al fin de la etapa de una persona concreta en el Gobierno municipal, sino al cierre de todo un ciclo político marcado por la hegemonía de un bloque de poder formado por el PP, las grandes constructoras y las entidades financieras. Estas élites han hecho y deshecho lo que han querido durante años en Madrid, ante una débil contestación social y con el apoyo implícito o explícito de los grandes medios de comunicación.

La imagen que me ha venido a la mente tras conocer la noticia es la de los liquidadores de Fukushima o Chernóbil. Una vez agotado el boom inmobiliario y conocido los efectos que iba a tener la crisis sobre la sociedad madrileña, las posibilidades de Ana Botella de refrendar en las urnas una mayoría de gobierno eran mínimas. Por eso me da tanto pudor escuchar cómo se ensañan con Botella aquellos que ensalzaban a Gallardón. En este contexto, la única tarea posible de la alcaldesa es la que ha realizado: intentar liquidar la catástrofe generada por sus antecesores –especialmente por el actual ministro de Justicia– siguiendo las imposiciones ideológicas de su partido y las más materiales del Ministerio de Hacienda.

Quizá lo más recordado de su mandato acabe siendo la nefasta gestión de la tragedia del Madrid Arena (spa en Portugal incluido), la intervención en inglés en la defensa de la candidatura olímpica o la indecente forma en la que intentó romper la huelga de los barrenderos. Pero si queremos analizar con más rigor el mandato de Botella debemos fijarnos sobre todo en la deuda, sin duda el factor explicativo de casi todo, junto con el derrumbe de los ingresos provenientes de todo lo relacionado con la economía del ladrillo tras el crash. Las cargas financieras (deuda más intereses) han supuesto siempre más de 1.000 millones anuales, más de una cuarta parte del presupuesto, llegando el pasado 2013 a llevarse una tercera parte. Hablamos de una deuda de más de 7.000 millones para un presupuesto de 4.442 millones de euros.

Las políticas del Ayuntamiento han sido radicalmente procíclicas, con resultados nefastos para la ciudad. Se ha pasado de una brutal inversión cuando más recalentada estaba la economía, a reducir ésta a cero, soportando además los peores años en cuanto a amortización de deuda justo en los períodos más duros de la crisis. Mientras la deuda del resto de administraciones bajaba durante los años anteriores a la crisis, la de Madrid crecía descontroladamente, incluso cuando se recaudaba mucho más por impuestos como el IBI, que se ha más que triplicado en diez años.

Otra característica principal de este ciclo ha sido la privatización de casi todo y la concentración radical de los contratos. Actualmente podemos decir que más de la mitad del presupuesto se lo lleva un pequeñísimo grupo de constructoras y bancos, que son los verdaderos dueños y señores de la ciudad. No sé si a esto se le debe llamar casta, trama u oligarquía, pero parece evidente que han tenido a su servicio a los poderes políticos madrileños, que han diseñado a su medida el urbanismo, las infraestructuras de transporte o la privatización de servicios públicos básicos.

Es normal que en este contexto percibamos una ciudad sucia, deprimida, sin proyecto, incapaz de encontrar un modelo al que agarrarse para evitar el empobrecimiento de cada vez más sectores sociales. Durante años, los de siempre se han forrado gracias a un crecimiento urbanístico voraz, sin estrategia territorial alguna que, además, ha arrasado la industria. Es lógico que junto a la depresión económica se constate un cierto hundimiento moral.

Está claro que Botella le ha echado la crisis, pero al PP le va a echar la calle. Nada sería posible si el pueblo de Madrid no hubiera protagonizado uno de los ciclos de movilización más potentes que se recuerdan en nuestra historia. Frente a unos gobernantes cada vez más encerrados en el palacio, la gente ha perdido el miedo a ocupar las plazas. Y eso es lo que vamos a encontrarnos en las próximas elecciones: a la Plaza frente al Palacio.

La ciudadanía tiene hoy una oportunidad y una responsabilidad enorme. Frente a la decadencia del Madrid oficial se puede empezar a ver ya una ciudad vibrante –llena de iniciativas políticas, sociales, culturales y económicas– esperando encontrar una brecha por la que emerger a la superficie. Toca rescatar la ciudad de las garras de los culpables de la crisis y devolver el poder a la gente. La ciudadanía debe restablecer el control sobre la institución y el Ayuntamiento debe recuperar el ejercicio de sus competencias. Espero que todos, en lo que nos toca, estemos a la altura.

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