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La Casa Real se acerca peligrosamente al Gobierno

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¿Quién escribe los discursos del rey y del príncipe? Es obvio que todos los gobiernos meten la cuchara en ellos y que al final la Casa Real les da la forma y el estilo más apropiados para la ocasión. En los viajes al extranjero es obligada una defensa de la economía española y de sus empresas, más ahora que nunca. Pero incluso en esta situación resulta imprescindible mantener la neutralidad política, como bien saben en el Reino Unido, el patrón oro de las monarquías. De otra manera, el rey no podría decir que lo es de todos los españoles.

El jefe de Estado sanciona todas las leyes con su firma, pero no está obligado a defenderlas en público. Esa es una función que corresponde al Gobierno. No recuerdo ahora mismo que el monarca haya elogiado la legalización del aborto o de los matrimonios gays. Y es lógico. Aunque los sondeos muestren un apoyo mayoritario a esas leyes, existe una minoría significativa de la sociedad que las rechaza.

Tanto el rey como el príncipe han elogiado en sendos viajes al extranjero la política económica del Gobierno, precisamente cuando los sondeos no sólo revelan el rechazo que suscita entre los votantes de los partidos de la oposición sino que también las reticencias, como mínimo, entre algunos de los votantes del PP. "El Gobierno está también acometiendo reformas de gran calado que no tardarán en dar fruto", dijo el rey en Brasil en un mensaje casi calcado a los que acostumbran dar Rajoy y sus ministros. De entrada, no se puede decir que los españoles compartan tal nivel de optimismo. Según el barómetro del CIS de abril de 2012, el 37,1% de la gente cree que la situación económica será peor dentro de un año, mientras que los que opinan que será mejor son el 18,7%. Un 33% dice que será igual. 

Esas reformas que elogia el rey no parecen tener en estos momentos el apoyo de la opinión pública. Un 48,3% dice que la gestión del Gobierno de Rajoy es mala o muy mala. Los que dicen que es buena o muy buena son el 17,3%. Un 28,8% la califica de regular.

No se puede decir que el monarca hable en nombre de los españoles en este punto.

En el inicio de su visita a EEUU, el príncipe Felipe, también con la intención de ser optimista, ha dicho que "nuestros precios y salarios están marcando el ritmo del retorno al sendero de la competitividad y, al mismo tiempo, nuestras familias están reduciendo sus niveles de deuda mientras mejoran su ahorro". Es probable que en el contexto de la política económica y sin posibilidad de devaluar la moneda, el descenso de precios y salarios sea una de las pocas herramientas factibles para reducir el diferencial de competitividad con los países del norte de Europa (los economistas hablan de estas cosas con más soltura y sinceridad que los políticos), pero es complicado presentar este hecho como algo positivo cuando millones de españoles han perdido su puesto de trabajo y otros muchos en el sector público y privado han visto reducir sus salarios mientras aumentan los impuestos directos y los ayuntamientos se aplican a subir las tasas.

La bajada de precios no se está viendo con la misma claridad que la mucho más inmediata reducción del poder adquisitivo. Utilizar conceptos como el "sendero de la competitividad" no puede ocultar un mensaje que resulta difícil de aceptar a los españoles.

Las personas que escriben los discursos de la Casa Real deberían revisar con lupa los borradores que llegan de los ministerios. No querrán que el desgaste de la imagen del Gobierno termine contaminando a la monarquía. No está la cosa como para contagiarse de ciertos virus, sobre todo cuando la institución monárquica sufre un persistente catarro que no se le termina de quitar.

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