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España distópica

Basta con echar un vistazo a los informativos (o, en su defecto, al Telediario) para comprobar que se nos está poniendo el país de un ciberpunk angustioso

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blade runner

Blade Runner

Tienen que estar de los nervios los autores de distopías. De un tiempo a esta parte, no hay manera de que la ciencia ficción pesimista coja una distancia razonable con la realidad. Si la cosa sigue así, en unos años habrá que colocar a Huxley y a Orwell al lado de Larra, en la balda de "Costumbrismos de ayer y de hoy".

Basta con echar un vistazo a los informativos (o, en su defecto, al Telediario) para comprobar que se nos está poniendo el país de un ciberpunk angustioso. Ahí están, por ejemplo, los policías municipales nazis imputados por una conversación privada. O eso creíamos, que era privada, hasta que, en un sorprendente giro de los acontecimientos, se nos ha explicado que privado ya no hay nada.

Imagine enterarse de eso mientras camina usted, EXTERIOR, MADRID, NOCHE, por una de esas calles de sentido único, sin posibilidad de dar media vuelta. Imagínese repasando sus propios grupos de Whatsapp, desglosando los delitos ahí cometidos y haciendo un cálculo de la multa. No me diga que no sería un arranque estupendo para "Blade Runner 3: La Democracia Ejemplar".

Si quiere más contexto, yo se lo aporto. Suponga que, en ese mundo de polis fascistas, privacidad arrebatada y calles de tránsito unidireccional, sufre usted una epifanía y descubre que le gobierna una banda de corruptos. Una que, durante años, ha mentido sin consecuencias a la opinión pública, ha mangoneado medios de comunicación privados con promesas y amenazas, y ha convertido la televisión pública en su particular repositorio de propaganda.

Nada nuevo en este país, dirá usted y tendrá razón. Pero imagine ahora que esos mismos corruptos anuncian, sin un ápice de vergüenza, su firme compromiso de luchar contra las noticias falsas y en favor de la veracidad informativa. Francamente, si eso no le pone los pelos como escarpias, no sé qué más necesita.

Acabaremos, como Rick Deckard, tocando canciones al piano sin saber si realmente nos gustan o alguien nos las programó. Todos a una, la misma melodía. Que el peso de la ley caiga sobre quien se salga una nota, igual que caerá sobre quien tenga la desfachatez de caminar en dirección contraria.

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