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El carnismo mata

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Cómo será la cosa para que lo haya tenido que advertir la Organización Mundial de la Salud. Para que hayan tenido ya la valentía de hacerlo público, enfrentándose así a los gigantescos intereses económicos de la industria de la carne animal, las indudables presiones de sus lobbies y la incesante y engañosa maquinaria de su publicidad.

Comer carne mata: a millones de animales, al planeta, a las comunidades humanas más desfavorecidas y a muchos consumidores de las sociedades presuntamente desarrolladas. Ya sea con argumentos redistributivos ( la FAO relaciona la ganadería con el hambre en el mundo); económicos ( el ex eurodiputado Jens Holm se refiere a la burbuja agropecuaria provocada por la ganadería y la especulación del grano); ecológicos ( la ganadería es considerada la actividad humana de mayor impacto medioambiental) o animalistas (millones de animales son cruelmente explotados y matados, como muestra la película Earthlings), han sido numerosas e importantes las voces que alertan desde hace décadas de que la industria carnista es un negocio de muerte.

La declaración de la OMS, máxima autoridad mundial sobre salud, viene a añadir el argumento de que comer carne (en este primer informe se refieren a carnes procesadas y carnes rojas, pero estoy segura de que en el futuro publicarán más informes sobre la carne de los pollos, inflada de antibióticos, y la de los peces, envenenada de mercurio y contaminación marina) puede provocar cáncer.

Sorprende que quienes tachaban de magufismo a voces anteriores hayan reaccionado ahora, ante las conclusiones de los científicos, con un sinfín de memes y chascarrillos. Toda contradicción se da por buena con tal de no cuestionar los propios hábitos, sobre todo si tienen que ver con el diente. Cuestionarlos no ya por la salud y la supervivencia del planeta o de millones de personas que pasan hambre en una parte del mundo para que en otra parte se desayune con bacon, se tome a media mañana una pulga de lomo, se coma unas chuletas, se meriende un bocata de jamón y se cene unos huevos con salchichas. Cuestionarlos no ya por la salud y la supervivencia de esos millones de animales tratados, no como seres  sentientes y que tienen conciencia, sino como meros objetos, cartesianas máquinas vivientes, materia prima, dividendos. Cuestionarlos, siquiera, por la propia salud.

La doctora en Psicóloga Social Melanie Joy, autora del célebre Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas (Plaza y Valdés Editores) y creadora del término carnismo, da en su libro las claves para que se produzca semejante obcecación individual y colectiva: los humanos acatan en su mayoría lo que les dicta el sistema carnista y asumen su ideología, basada en la producción a gran escala y en la anestesia emocional. Los chistes sobre el anuncio de los científicos de la OMS son la quintaesencia de esa anestesia emocional, que llega a bloquear el sentido crítico hasta el extremo de perder, no ya la empatía con las otras víctimas de ese sistema, sino el propio instinto de supervivencia: me río yo del cáncer y me zampo una hamburguesa. En el colmo de la irresponsabilidad pública, y al mejor estilo Rajoy, el ministro de Sanidad, Alfonso Alonso, ha llegado a decir que lo que previene el cáncer es “el sentido común”.

Seguro, sin embargo, que estas primeras reacciones darán paso a una reflexión masiva sobre el consumo de carne que resultará en un descenso notable de ese hábito dañino. Será muy positivo para la salud de todo y de todos. También la de los animales de los que procede esa carne. Numerosas investigaciones en centros de explotación animal y mataderos han sacado a la luz pública la aberrante realidad que celosamente esconden sus muros. Las espantosas condiciones en las que viven y mueren los cerdos que, por ejemplo, la famosa empresa Campofrío convierte en productos están muy alejados de sus falaces anuncios de televisión, donde encantadores cochinillos corretean por paisajes idílicos. La organización Igualdad Animal hizo público un  vídeo de una granja de Brugos que suministra cerdos a Campofrío donde queda patente la terrible verdad que la industria escamotea. Sobrecogedora fue también la investigación de IA que reveló el  maltrato extremo que sufrían los cerdos en la granja Escobar, en Murcia. Así que, como concluye Kurt Straif, coordinador del estudio de la OMS: “Que el público decida en quién confiar, la industria o nosotros”.

Esa violencia consustancial a la industria carnista es también perjudicial para la salud: la salud social. Una sociedad que no combata ese enorme nivel de violencia, cuyos hábitos no estén regidos por la ética, está enferma también. Y quizás algún día un informe de la OMS pueda referirse además a los peligros que para la salud humana puede comportar la ingesta de una carne que procede del estrés, del sufrimiento, del pánico y de la cautividad. “Me niego a ingerir agonías”, dijo la escritora Marguerite Yourcenar.

Por mucho que desaprensivas empresas como McDonald’s  quieran limpiar su imagen anunciando carnes presuntamente “ecológicas”, hoy el mundo, a través del informe de la OMS, es un poco menos cautivo de los indecentes intereses de la industria carnista. Si ya lo dice hasta la OMS es que la cosa es gravísima. Un buen momento para planearse un cambio de hábitos alimenticios, para iniciar una dieta vegetariana ( que los científicos ya pronostican imprescindible) y observar unos principios veganos. Y, para los irredentos del consumo de carne, la ocasión de recordar que ya se han producido hamburguesas de laboratorio,  carne cultivada in vitro cuya comercialización debería impulsarse y ser el inicio de una reconversión de la industria. La carne cultivada supone una esperanza de futuro, un cambio de paradigma para un mundo no carnista, que sería mejor desde el punto de visto económico, ecológico y ético.

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