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La desilusión de la gente de izquierdas

Podemos tiene el futuro en el aire si no empieza a ser algo más que sus 71 parlamentarios y sus denuncias verbales al sistema. Y otra cosa más: para cuando lleguen las elecciones tendrá que haber aclarado, a fondo, cuál será su actitud hacia el PSOE

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Podemos sólo negociará con el PSOE si Sánchez cita a Iglesias y se aleja de C's

El portavoz de Podemos en el Congreso, Íñigo Errejón (d), pasa junto al portavoz del PSOE, Antonio Hernando. EFE

La sensación dominante entre los votantes de izquierdas es que no hay manera de quitar el poder al PP. Todo lo ocurrido en 2016, aun habiendo versiones muy contrapuestas al respecto, consolida esa sensación, que a no pocos lleva a la melancolía. A partir de ahí, las formas del pesimismo son distintas. En el mundo del PSOE, casi tan amplio como su cada vez más corto electorado, no abundan las esperanzas de que el partido pueda salir con fuerza del laberinto en el que el partido está metido. En el de Unidos Podemos mandan la confusión y también, un tanto, la frustración. No se entiende la pelea que están librando sus dirigentes y empieza a temerse que la hora de ese partido haya pasado. Pero esos estados de ánimo son la resaca de hechos pasados y, por tanto, pueden cambiar si ocurren cosas nuevas. El problema es que pueden hacerlo en sentidos muy distintos.

Dentro de muy pocas semanas se conocerá la fórmula con la que Podemos pretende hacer frente a sus dificultades. Cómo se organizará internamente a tal fin y con qué proyecto político. No cabe anticipar nada al respecto. El enfrentamiento, incomprensible para muchos, pero real y consistente, que han protagonizado sus principales dirigentes no permite descartar salidas traumáticas. Pero es de suponer que por muy calientes que estén los ánimos, al final se impondrá la cordura, es decir, el entendimiento.

El tono de los textos que en las últimas horas han hecho públicos Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, por primera vez, sobre todo en el caso del primero, ofreciendo algo que se acerca a un proyecto, hace pensar que se camina en esa dirección. Pero habrá que esperar para saber cómo acaba la cosa.

Tantas o más incógnitas ofrece el panorama socialista. El sábado se conocerá la fecha de su congreso. Pero nada más. Los nombres de quienes se enfrentarán por la secretaría general siguen siendo una incógnita. No se sabe si Susana Díaz encabezará la lista oficialista, si Pedro Sánchez volverá a competir por el cargo o quién puede encabezar una tercera vía. Y no porque se estén guardando muy bien esos secretos, sino porque en ningún caso hay decisiones firmes al respecto. Todo depende de la relación final de fuerzas que exista en el momento previo al congreso.

Todo indica que Susana Díaz sólo dará el paso si está segura de que va a ganar, que Pedro Sánchez no lo hará si corre el riesgo de hacer el ridículo y que el "tapado" aparecerá, si lo hace, a última hora. Los afanes de los cuadros y de la militancia socialista se concentran ahora en atraer gente para los objetivos que cada facción persigue. Afiliado por afiliado, agrupación por agrupación. El PSOE está metido en una campaña electoral interna que va a durar meses y cuyo resultado es aún impredecible, aunque como siempre ocurre en estas cosas, quien tiene el mando, es decir, la Comisión Gestora, goza de una gran ventaja inicial.

La colocación del PSC en esa barahúnda parece decisiva. Si los 17.000 afiliados catalanes conservan el derecho a votar en el congreso, Susana Díaz podría perder. Si se lo quitan, como algunos poderosos socialistas quieren, ganaría. Pero esa victoria se produciría a costa de que el PSOE se quedara sin referencia política en Cataluña. Lo cual sería muy grave. Para el partido y para la política española.

A la espera de que se resuelvan esas incertidumbres, el panorama político general no se va a mover un ápice. Rajoy no va a mover pieza en ninguna de las cuestiones fundamentales del actual panorama. Ni en Cataluña, porque dispone de tiempo mientras las posiciones finales del independentismo sigan pendientes de que se aclare quién manda dentro del mismo. Ni en lo relativo al presupuesto, es decir, a las directrices de su política económica, que necesariamente van a ser distintas de las del pasado, aunque posiblemente peores en lo que a los intereses de las clases populares se refiere. Pero el PP no las va a abordar mientras no tenga la certeza de cuál va a ser la actitud del PSOE al respecto, porque no le basta un pacto con Ciudadanos y el PNV. Y todavía no está dicho cuál va a ser la posición final del PSOE.

Por tanto, se quiera o no, el momento es de espera. Y va a durar unos cuantos meses. Con Rajoy como referente de poder indiscutible. Luego se verá qué ocurre con eso. Porque si los socialistas no dan el plácet a sus cuentas del Estado porque los que apoyan esta opción no obtienen de su congreso la fuerza necesaria para hacerlo, y si los partidarios del referéndum catalán (independentistas o no) acuerdan una plataforma común frente a La Moncloa, las cosas se le pueden poner difíciles al presidente del Gobierno y a su partido.

Podemos puede jugar un papel muy importante en el periodo que se iniciará dentro de unos meses. Siempre que resuelva sus cuitas internas, claro está. Pero, sobre todo, si consigue dar un giro decisivo a su práctica política. Si abandona el electoralismo obsesivo que ha practicado en los últimos tres años y se convierte en un referente político real, operativo y articulado, de los millones de españoles que han perdido con la crisis. Hoy por hoy esa gente, que no son sólo los que lo están pasando mal o muy mal, no tiene un instrumento para contar en la política. Desde hace demasiado tiempo que la gente que está en contra de las políticas neoliberales y de las injusticias de todo orden que el poder comete y ha cometido contra sus derechos sólo interviene en la escena pública para votar. Y empieza a sentir que eso vale para poco, que nada cambia.

Podemos debería aprestarse a modificar esa situación. En la España de hoy es imprescindible que la gente que está en contra del establishment y del statu quo participe en la política, en la acción social, más allá de sus apoyos a una u otra idea mediante un clic o un tuit. Eso significa que la militancia de Podemos habría de convertirse en un colectivo de operadores, de organizadores políticos en los más diversos sectores de la sociedad, entre ellos, pero no solo, entre los trabajadores más explotados. Como se ha hecho siempre, como hacen los militantes de la ultraderecha en Francia, en Holanda y en más sitios.

Habida cuenta de que no hay elecciones a la vista, aunque los corifeos del PP no dejan de agitar ese fantasma para meter miedo al PSOE, hay tiempo para abordar esas tareas. Que son imprescindibles. Porque Podemos tiene el futuro en el aire si no empieza a ser algo más que sus 71 parlamentarios y sus denuncias verbales al sistema. Y otra cosa más. Para cuando lleguen las elecciones tendrá que haber aclarado, a fondo, cual será su actitud hacia el PSOE. Porque por muy mal que les vaya a los socialistas no van a terminar como el Pasok y si se quiere formar un gobierno alternativo al el PP habrá que contar con ellos.

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