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DK

El diario El País informaba el otro día de una nueva baja: la librería Catalònia de Barcelona, que cierra a los 89 años, después de sobrevivir a la Guerra Civil, a un incendio devastador, a una dictadura y al mobbing inmobiliario. El cierre de Catalònia se une al de Áncora y Delfín y al de la Librería General de Arte Martínez Pérez, que cerraron en 2012, y al de Ona, que lo hizo en 2010.

¿Las causas?

Según los dueños, el descenso de ventas, que ha alcanzado el 40%. Las nuevas tecnologías han arrasado con las secciones que mantenían la librería: la de viajes, la de lecturas universitarias, la técnica y las de obras de referencia.

Según otros, la cercanía de la Fnac o de El Corte Inglés, así como el excesivo peso de las compras institucionales han sido los causantes del cierre.

Hay quien dice incluso que la gestión de la librería no era buena. Tenían un local enorme y con muchas posibilidades, dicen: más de 800 metros cuadrados y otros 290 para oficinas y almacén; tenían una situación inmejorable: al lado de la plaza de Catalunya, frente a la Fnac y a El Corte Inglés...

Como se ve, ni siquiera nos ponemos de acuerdo en las razones por las que cierran las librerías: lo que para unos es un inconveniente para otros es una ventaja. Pero la razón es tan sencilla, tan elemental, que da miedo formularla: las librerías cierran porque el libro está dejando de ser el rey de la Cultura, porque la gente está dejando de leer ficción, porque la lectura ya no es la principal actividad durante el tiempo de ocio ni siquiera entre las clases cultas.

Por supuesto que las nuevas tecnologías influyen en el cierre de librerías, y también influyen el precio de los libros en época de crisis, y la cercanía de las grandes superficies... Pero todo eso no es más que el acompañamiento musical del verdadero fenómeno: el fin de la lectura de libros tal y como la conocemos desde el Renacimiento.

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Publicado el
9 de enero de 2013 - 16:16 h

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