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La historia de los corralones de Málaga, identidad trinitaria y perchelera

Vecinas del corralón de calle Jara, 6 | N.C.

Néstor Cenizo

La Trinidad y El Perchel son dos barrios en los márgenes del centro histórico de Málaga a los que no alcanza el ajetreo de los forasteros despistados. Se respira una sensación a lo de siempre, cuando apenas un río casi siempre seco los separa de las mil tabernas y el ruido que hacen las maletas contra el suelo. Los dos barrios celebran estos días su historia y su cultura, resumida en patios decorados con flores, mantones y estampas de Antonio Molina: los corralones son identidad trinitaria y perchelera. Durante una semana, las familias de 34 de los 106 corralones muestran con orgullo su casa y, un poco, su forma de vivir.

Cuando en Málaga surgieron experiencias que emulaban a la Corrala Utopía sevillana, un señor de La Trinidad de toda la vida escuchó la palabra “corrala” y dijo: “¿Qué es eso de corrala, ni corrala? Aquí, en Málaga, nunca se les ha llamado corralas. Aquí son corralones”. Reivindicaba para La Trinidad, El Perchel y su arquitectura una identidad propia resumida en unos edificios rectangulares de varias viviendas, que dan a una galería voladiza con patio central, en la que solía haber una fuente o un pozo comunitario y otros servicios comunes.

La Trinidad y El Perchel son dos barrios extramuros. El primero fue asentamiento de Isabel la Católica durante el asedio a Málaga y el segundo nació de la industria del secado de pescado. De este barrio de viviendas y gente humilde salió, por ejemplo, Chiquito de la Calzada (de la Calzada de La Trinidad). Cuando en 1989 la gran riada se llevó todo por delante, las administraciones buscaron una solución de urgencia y recuperaron los corralones. “Hace años hubo la riá y se perdió lo que eran las casas nuestras y nos dieron estasriá, como las antiguas pero con más comodidades”, explica Antonia Reyes. Entre esas comodidades, hoy corre el agua potable y cada vivienda tiene su baño.

Aquel día Mariana Quesada vio los colchones arrastrados por el agua y su casa, en el 38 de calle Jara, arrasada. “Nos metieron aquí de bulla, y no teníamos ni wáter”, recuerda hoy, en Calle Jara 18. La Junta de Andalucía la construyó sobre una antigua carbonería y el edificio es hoy un maravilloso corralón en tres alturas, ganador varias veces del premio a la excelencia. Con el dinero del premio les dan un vale para gastar en embellecerlo más aún. Por vivir aquí estas familias ingresan un alquiler social simbólico. Alguna vez les han ofrecido alternativas, pero Ignacio Campos dice que dónde va ir él, si está mejor que quiere. Por las noches salen a la fresca y cuando hay fútbol proyectan el partido sobre la inmensa pared medianera que les queda por frente.

Hay un orgullo indisimulado cuando enseñan la decoración, los colores, las estampas, los geranios y las gitanillas, y cuando José Campos, cuñado de Mariana, explica que fue él quien incorporó hace tres años el azul añil axárquico, “que luego se puso de moda” entre los corralones. La familia cuida del lugar como si fuera suyo (que en el fondo lo es), y así ocurre en el centenar de corralones de La Trinidad y El Perchel.

Un poco más adelante Antonia Reyes explica que la tradición de embellecer los patios y enseñarlos al forastero viene de atrás, aunque se había perdido. Cuando entramos aquí (Jara, 6, 8), las cinco o seis comadres que charlan en círculo bajan la voz, quién sabe por qué. Piden luego que se les saque una foto. Entonces aparece Antonia, que es prima de La Repompa, cuñada de El Tiriri, familia y amiga del Chino de Málaga y otros cantaores y bailaores que la memoria ya no puede retener.

Así que enseña sus fotos, el patio y los mantones: “Antes se ponían también las colchas, a ver quién la tenía más bonita. Como no tenían nada…”. Los corralones se abren hacia adentro, en una arquitectura hecha para la vida comunitaria, y dice Antonia que cuando ella no quiere fideos, se los lleva a su vecina, que le da el arroz. Es un pequeño espacio de resistencia a la vida moderna.

El Corralón de Santa Sofía es un hermoso corralón del siglo XIX. Aquí se celebran los eventos de esta XIII Semana Popular de los corralones de La Trinidad y El Perchel. Josefa da los últimos retoques porque el sábado es la bienal de arte flamenco. Dice que la mayoría de los vecinos viven solos y que pueden estar aquí hasta que fallezcan. “Hasta que la palmemos”, y hace un gesto inequívoco. Josefa explica que antes esto era terrizo, que había un pozo común y que tiene entendido que “era de una señora rica, que cuando se iba a morir dijo que no quería que se hicieran pisos, y que quería que se quedara así”. Y así se quedó, mientras ahí fuera la ciudad cambiaba.

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