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Cuando rebosa la mierda

El furgón policial traslada el exsecretario de organización del PSOE Santos Cerdán a su llegada a la cárcel de Soto del Real, este lunes.
30 de junio de 2025 20:09 h

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Cada vez que salta un caso de corrupción a la escena pública de este país, se me viene el pálpito de Hortensia Romero, la prostituta ingeniada por Fernanda Quiñones, en su relato “Legionaria” y en su novela “Las Mil Noches…”. Nada hubo más corrupto que el franquismo, pero el escritor gaditano y la meretriz malagueña lo tenían ya claro hacia 1979: “Antes estaba la mierda tapá y ahora, con la democracia, destapá. Que es mejor que esté destapá mientras no rebose, pero que sigue habiendo la misma mierda”.

Desde entonces, hemos visto de todo, hasta a una infanta al borde de un ataque de togas o al Rey emérito semi-exiliado económico entre Abu Dabi y las regatas de Sanxenxo, a punto de publicar sus memorias que, como diría José Manuel Caballero Bonald, siempre constituyen un género de ficción.

Hemos asistido al espectáculo de banqueros asaltando a la banca o ministros asaltando a su propio Gobierno, a partidos que parten y reparten y siempre se llevan la mejor parte; y, en su microclima correspondiente, hemos sabido de doctores Bacterio de las grabaciones, de Ruiz-Mateos vestido de Supermán, de pequeños Nicolás emulando a Forrest Gump, del equipo médico habitual de Jesús Gil con cuadros de Miró en su cuarto de baño, de predicadores de la honestidad pública que aparecen con frecuencia en las listas de morosos de Hacienda, de sociatas de la Beautiful People, del 3 per cent, de intelectuales de papel cuché, del más difícil todavía, en el mayor espectáculo del inframundo.

Hemos contemplado en tiempo real como hubo ordenadores machacados a martillazos, votos comprados o duplicados a no se sabe qué precio, pagos en especie del fornicio, presidentas tan cleptómanas como Carmen Polo, tránsfugas de chaquetas reversibles, periolistos y calumnistas, concejales con enorme suerte en la lotería, jueces de puñetas sospechosas aunque haya también –no haría falta decirlo, pero hace falta en tiempos de lawfare-- muchos otros de manguitos irreprochables, beneméritos en fiestas de narcos, narcos llevando de excursión marítima a presidentes, áticos marbellíes o madrileños, casas de citas, papeles pintados con bin ladens, barandas fugados con los fondos de pensiones de los huérfanos, chorizos de postín invitados a superbodas en El Escorial, familiares con mando en plaza, puertas giratorias que siempre desembocan en rutilantes consejos de administración, fondos de reptiles, ejércitos de hackers y fabricantes de embustes.

Todo apunta a que los socialistas van a pasar, de nuevo, una temporada en el infierno, lo que contagiará probablemente a sus socios, echando por tierra algunas de las conquistas sociales de lo que se ha dado en llamar, y creo que es cierto, el gobierno más progresista de la historia de este país

Días atrás, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, decía que la corrupción cero no existe. Una verdad palmaria en el país del 17 por ciento del PIB en economía sumergida. Sin embargo, lo que debería existir es tolerancia cero hacia la corrupción. El Gobierno de Mariano Rajoy terminó siendo un bolso abandonado en un escaño y el presidente escondido en un figón, precisamente porque no supo o no pudo contener el tsunami de corruptelas con tan sólo achicar el agua con cubitos playeros. Su partido acabó siendo condenado a título lucrativo por aquel festival de mangazos que caracterizó a buena parte de los mandatos del PP. Como antes ocurriera cuando el cambio prometido por el PSOE de Felipe González, se trocó por un cambiazo y el eslogan del partido, el de cien años de honradez, derivó en su estrambote: “y unos cuantos de recreo”.

Ahora, parece que estamos en las mismas. A muchos nos preocupan las estadísticas más que las encuestas, porque el llamado caso Koldo ya ha dejado de afectarle sólo a él y se extiende, como una mancha de aceite, hacia los vestíbulos de Ferraz y de La Moncloa, más allá de otros montajes judiciales o policiales que a tontas y a locas procuran más penas de telediario que evidencias palpables. Aquí, la justicia o como quepa llamarle parece que no pincha en hueso. Y, más allá de toda presunción de inocencia, aquí hay presunción de Dinamarca: algo huele a podrido y a chamusquina, bendito Shakespeare. Todo apunta a que los socialistas van a pasar, de nuevo, una temporada en el infierno, lo que contagiará probablemente a sus socios, echando por tierra algunas de las conquistas sociales de lo que se ha dado en llamar, y creo que es cierto, el gobierno más progresista de la historia de este país.

Vemos las jetas otrora ilustres de Avalos y de Santos Cerdán, camino del banquillo. Como antes, vimos las de otros supuestos ángeles caídos: que el partido que esté libre de culpa, tire la primera piedra, aunque haya piedras y culpas mayores que otras.

No obstante, no debiéramos preocuparnos tanto de la repercusión electoral de estos barros, que bien pudieran derivar en los lodos de un Gobierno del PP y del Vox, que María Santísima y Carlos Mazón nos guarden. Lo que debiera inquietarnos es el futuro de la democracia y que esta leña alimente el fuego de quienes no creen en este sistema y que inundan los sondeos juveniles, de un tiempo a esta parte. Quizá porque no hayan leído a Fernando Quiñones y desconozcan, aunque ello no justifique cualquier otro crimen organizado, venga de donde venga, que nada hubo más corrupto que el franquismo, porque cualquier dictadura carece de filtros contra sus propias fechorías. Y que siempre es mejor que la mierda esté destapá. Eso sí, mientras no rebose.

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