La Antártida: investigación andaluza a 13.000 kilómetros de Andalucía

Andaluces en la Antártida

La base española Gabriel de Castilla en la Antártida se creó en 1988 y está considerada la misión más antigua del Ejército español en el exterior. Desde entonces, allí -a 13.000 kilómetros de Andalucía- investigadores andaluces llevan ya 26 años controlando y estudiando  los movimientos sísmicos que se producen en el Polo Sur.

Son investigadores del Instituto Andaluz de Geofísica de Granada y de su universidad los que vienen desarrollando esta tarea en la base española, ubicada en Isla Decepción, a 1.000 kilómetros del lugar habitado más cercano y con 3 kilómetros de hielo de profundidad bajo sus pies. Son apasionados de su tarea, expertos en diversas materias que desarrollan su trabajo en plena Antártida y que, con su ejemplo, ayudan a contagiar el gusanillo de la investigación compartiendo su experiencia con  jóvenes estudiantes en la Universidad de Córdoba quienes, a través de una videoconferencia, han sido testigos de la tarea de quienes, quién sabe, quizás algún día sean futuros compañeros de investigación en el Polo Sur.

Hablando de tú a tú a los investigadores en la Antártida, haciendo mil preguntas sobre su día a día en un ambiente tan inhóspito y sobre los trabajos que llevan a cabo, estos estudiantes –aún en edad de decidir qué estudios superiores quieren hacer- han tenido la oportunidad de ver de cerca una tarea que por lejana, resultaba desconocida para muchos de ellos.

Al otro lado de la webcam dos investigadores del grupo de doce personas que acoge la base española y que en estos días preparan ya su vuelta a casa después de pasar tres meses –de diciembre a febrero, el verano austral allí- desarrollando sus investigaciones.

Uno de ellos es el profesor Amós de Gil de la Universidad de Cádiz, un experto en Geodesia –ciencia que estudia la forma y dimensiones de la Tierra- que ha desarrollado su estudio sobre el volcán que se sitúa en la Antártida y cuyo cráter en erupción posibilita que sobre él haya agua y no hielo y puedan navegar las embarcaciones hasta allí.

Gil explica a los estudiantes su estudio sobre la formación de ese volcán y sus movimientos a través de dispositivos GPS que ha instalado en toda Isla Decepción. A través de sus datos, conocen, igualmente, cómo se comporta un volcán y el grado de peligrosidad según los movimientos que registra, un estudio que luego trasladan a los volcanes en otras latitudes.

Junto a él, Alejandro Díaz está haciendo parte de su doctorado por la Universidad de Granada con esta experiencia en la Antártida. Él, junto al Instituto Andaluz de Geofísica, se encarga de la vigilancia sísmica en Isla Decepción, continuando el trabajo que se desarrolla allí desde 1988.

Para ello, a lo largo de la isla han establecido una serie de sensores sísmicos que registran los movimientos del territorio helado, pequeños terremotos en su mayoría que ayudan a establecer cuál es la actividad de la zona con un volcán vivo.

Preguntarse el porqué de las cosas

Además de esas investigaciones que ahora terminan, la base Gabriel de Castilla también ha acogido este año estudios sobre los musgos y líquenes específicos de la Antártida, sobre las especies invasoras en la zona y sobre la vida animal y vegetal en un entorno con esa anomalía térmica, donde en su verano austral se registran máximas de 2 grados centígrados pero en los peores meses las temperaturas llegan a menos de -80 grados.

A este lado del mundo, confortados por una temperatura ambiente muy lejana a la que se adivina tras la pantalla, los estudiantes cuestionan a los investigadores por su trabajo y, sobre todo, se interesan por cómo pueden desarrollarlo en las condiciones ambientales que el Polo Sur tiene en el imaginario de cada uno de ellos.

“¿Cómo es vuestro día a día?”, “¿Cómo se evacua a quién pueda estar enfermo o herido?”, “¿Cómo puedo ingresar en una unidad especializada para hacer ese trabajo?” “¿Cómo se alimentan los equipos y aparatos que utilizáis allí?”, ¿Qué hacéis cuando el tiempo no os permite salir de la base?….” Las preguntas de los estudiantes se suceden a los investigadores, movidos sin saberlo por algo que desde pequeños saben hacer bien y es, quizás, la esencia de la investigación: preguntarse siempre el porqué de las cosas.

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