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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Ceci n´est pas une école

El meme "Ceci n´est pas une école" ha circulado estos días entre la comunidad educativa.

Nos lo chivó Foucault que se lo había dicho Magritte, "Ceci n´est pas une pipe", así, de manera taxativa, junto a la imagen de una pipa para dejarnos asombrados y pensativos. Era su cuadro 'La trahison des images', similar a esta imagen o meme que corre por la red, "Ceci n´est pas une école". “¿Quién puede fumarse la pipa de uno de mis cuadros? Nadie”, nos dijo el pintor. Y nos dejó pensando, o más bien dejó pensando a Foucault, era demasiado fácil que nos mostrara solo algo tan evidente. Nos dejó intentando descifrar qué nos dice el arte sobre el mundo, en qué radica la semejanza o la similitud entre ambos o, más allá incluso, qué nos dicen las palabras sobre las cosas, cómo accedemos a la realidad. Lo que está claro es que no hay en el cuadro pipa alguna. La de la realidad está ausente, parece hablarnos de lejos para decirnos que ni la imagen de la pipa, ni la palabra pipa ni el “esto” de la frase son la pipa.

Este meme también nos deja pensativos y también parece que nos remite a una escuela lejana, ahora más que nunca. La hemos dejado en silencio y a oscuras, no es más que un edificio vacío, sin sentido, junto a una plaza, al final de una calle o en el centro de un pueblo, donde los despachos se aburren y los pupitres esperan como niños huérfanos. Hoy la añoramos, situada entre el pasado glorioso de lo cotidiano y la esperanza de la vuelta a una rutina liberadora. La escuela del texto, la 'école', nos habla de la misma manera que nos habló la pipa. Nos cuenta sus diferencias con el ordenador, con la clase virtual, con la improvisada educación a distancia de estos días. Parece rogarnos de lejos que no nos olvidemos de ella, que la tengamos presente en las decisiones que tomemos estos días sobre cómo continuar el curso, ocupando o no sus aulas. Es una escuela ausente que denuncia un olvido.

Si la escuchamos más nos pregunta cómo accedemos al mundo en las clases, por cómo se juega en ellas la verdad. Cuánto hay de simulacro, cuánto de burbuja ante lo que sucede o cuánto de ventana a los problemas de su alrededor. Nos deja pensando en si a la vuelta hablaremos de esto que hoy nos ocurre, si buscaremos las claves para entenderlo o si seguiremos como si no hubiera pasado nada. Y tendremos que contestar que una clase es solo una representación de la realidad, que se aleja de la vida aunque la refleje, como la imagen de la pipa se aleja de la pipa. Pero estos días la sensación es que ese alejamiento se agrava cuando es el ordenador el que sustituye al aula. El ordenador es representación de la representación, nos aleja más aún del mundo. Nos hace profundizar aún más en esta sensación de ficción, incluso de mentira, que tenemos todos en estado de alarma.

Estos días los profesores nos esforzamos, con gran dedicación y muchas horas de trabajo, en transmitir los contenidos a los alumnos y estar siempre disponibles para ellos, por plataformas digitales, vídeos o videoconferencia, buscando aquí y allá materiales que se ajusten a lo necesario de este cambio. No obstante, sabemos que hay algo en lo que clase y vida conectan, y que es muy difícil de reproducir virtualmente. Sabemos que el aula es realidad, que hay una realidad creada en el aula. Dar cuenta de ella es contestar a la reclamación que la escuela del meme nos hace desde lejos. La clase tiene sentido por sí misma, la clase es y hace vida. No se puede negar que hay una parte individual, personal, en el estudio, en el proceso educativo, pero no se aprende solo o hay cosas que no se pueden aprender estando solo. La clase es diálogo, es confrontación de ideas, es, a veces, conflicto que el profesor ha de saber crear y manejar para que haya progreso en lo que se aprende, para que haya investigación, sobre todo. Los cerebros funcionan mejor en compañía, por sinergia, en una obra coral, como el conocimiento. En la clase hay contacto, hay mirada y hay ambiente, incluso ruido. Hoy lo añoramos todo, hasta el ruido. En ella se aprende el respeto y se aprende la comunicación. Se aprende democracia. Todo esto es difícilmente enseñable en la distancia. Igual que no somos sin los otros, no conocemos sin los otros, sin contraste.

Me acuerdo de ella estos días mientras pensamos si evaluar y cómo, sobre qué realidad hacerlo. Espero que a la vuelta nos contemos qué hemos aprendido de todo esto. Dialogaremos, debatiremos y contrastaremos. Habrá mirada, ambiente y ruido, entre las paredes de unas aulas que hoy hablan solas.

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10 de abril de 2020 - 23:52 h

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