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El Brexit, oportunidad y riesgo para la lengua española en las instituciones europeas

La salida del Reino Unido de la UE puede cambiar los equilibrios internos de los idiomas. Mientras atiende o no atiende esa batalla lingüística, el Gobierno de Rajoy se ha metido en otra en Hispanoamérica

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El Alto Comisionado para la Marca España, Carlos Espinosa de los Monteros EFE

Han pasado casi dos años desde el referéndum del 23 de junio de 2016 en el que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea y más de uno desde que el 29 de marzo del 2017 le comunicó oficialmente el Reino Unido al presidente del Consejo de la UE que, sí, que dejaban el club. La cuenta atrás del Brexit avanza acelerada, y entre las muchas batallas que el impactante fenómeno ha desencadenado hay una en la que España no se sabe si está o si se la espera: la batalla lingüística. ¿Cambiará el peso interno institucional de cada uno de los 24 idiomas oficiales de la Unión cuando el principal valedor político del inglés se haya ido? La importancia del español ¿irá a más o corre el riesgo de ir a menos? ¿Alguien en el Gobierno anda pensando en ello, vigilando esa viña?

Dirigentes de instituciones lingüísticas oficiales españolas que he consultado se temen que no. Que nadie en los altos niveles del Gobierno se ha tomado el asunto como una oportunidad -cultural, social, económica...-, y que corremos serios riesgos de que la oportunidad se transforme en riesgo y al cabo en dificultad. "El Gobierno no sólo no atiende ese frente, sino que además se ha abierto a sí mismo otro frente lingüístico internacional donde no lo había", comenta el máximo responsable de una institución de la lengua y la cultura española que prefiere no ser citado por su nombre.

El nuevo charco lingüístico, la nueva guerra de la lengua, en el que se ha metido el Gobierno de Rajoy quizás haya pasado inadvertido a la opinión pública española, pero está provocando una polvareda intensa en la diplomacia internacional, especialmente en la América hispanohablante. El 24 de enero pasado, Mariano Rajoy presentaba en público la que él mismo calificó como una nueva prioridad del Gobierno: el proyecto "el español, lengua global". Sonaba bien la música -"convertir nuestro idioma en una herramienta estratégica de creación de oportunidades para toda la comunidad hispanohablante"- hasta que se supieron algunos detalles de la letra: al "Alto Comisionado de la Marca España", que dirige Carlos Espinosa de los Monteros, se le añadía un "y la Promoción del Español" que ha sido interpretado en muchos de los otros países hispanohablantes casi como una apropiación indebida por parte de España.

Departamentos de español en grandes universidades americanas, academias de la lengua, institutos lingüísticos... no disimulan su malestar. "España no es el propietario del idioma, es solo uno de los copropietarios", resumen algunos. Con razón. El español nació aquí, en el lado oriental del Atlántico, en la incipiente Castilla alto medieval -de ahí que en puridad tendríamos que llamarle castellano, pues idiomas españoles hay varios más-, pero el mayor peso demográfico, económico y cultural de nuestro idioma hace mucho que ya no está en Europa sino en América. España solo es el cuarto país en número de hispanohablantes, triplicada por México y superada por Estados Unidos y por Colombia.

La idea inicial de la estrategia "El español, idioma global" surgió en el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que dirige Iñigo Méndez Vigo. Hay quién sospecha que uno de los motores de arranque de la iniciativa era el nacionalismo español creciente tras el agravamiento el año pasado de la crisis catalana y que otro de los motores eran los celos del departamento de Méndez Vigo -además de ministro, portavoz del Gobierno, no se olvide- respecto a otro ministerio, el de Exteriores, del que cuelga el poderoso Instituto Cervantes, al institución pública que desde 1991 se encarga de promover en todo el mundo la enseñanza, el estudio y el uso del español.

Sea como fuere, no parecía mala idea sacar pecho y lustre del que quizás sea el mayor activo colectivo del que podamos presumir: un idioma que nació entre nosotros y que hoy hablan casi 600 millones de personas en todo el mundo, casi 500 millones de ellas como lengua materna. Pero la idea tropezó, como tantas otras, con el ministro de la caja de caudales, Cristóbal Montoro, que se opuso a que a la Administración Pública le naciera otro organismo con su correspondiente dotación económica. Solución de urgencia: meter el invento -sin muchos detalles y sin presupuesto- en el Alto Comisionado de la Marca España, que además estaba necesitado de alguna idea y fuerza motriz con la que recuperar impulso tras las manchas que a la marca España le habían procurado en el exterior noticias como los grandes escándalos de corrupción o la cara fea del Estado en algunos episodios del conflicto catalán.

La mezcla de la marca España con el español está resultando, en fin, tan polémica -y tan contradictoria con las políticas ecuménicas y panhispánicas sobre el español que han desarrollado en las últimas décadas la Real Academia Española o el Instituto Cervantes- que en altos niveles de la Administración se especula con una rectificación inminente, aunque sea en voz baja, en tono menor, para cerrar ese frente.

¿Se ocupará tras ello el Gobierno de atender el otro frente lingüístico, el de la Unión Europea post Brexit? Veremos.

Cuando España entró en el club europeo, en la segunda mitad de los años ochenta del pasado siglo, el inglés y el francés eran los idiomas dominantes, casi al 50%, en las instituciones europeas y en la política exterior. A partir de 2004, con la entrada de los países del este, donde los diplomáticos conocían y usaban mucho más el idioma de Shakespeare que el de Molière, el inglés se disparó hacia la supremacía absoluta. Ahora, en la Unión, el inglés es el claro dominador, el francés es el segundo idioma y en un tercer nivel disputan entre sí, muy igualadas, las lenguas oficiales de los otros países grandes: el alemán, el italiano y el español.

Reino Unido saldrá en breve de la Unión, pero el inglés no perderá por ello su vitola de lengua casi universal, ni siquiera dentro de la UE. "Veo dos escenarios posibles en pocos años -comenta un diplomático buen conocedor de las instituciones europeas-. En uno de ellos, el inglés seguirá siendo el idioma dominante. En el otro, podríamos ir a una especie de régimen de cinco lenguas: inglés, francés, español, alemán e italiano". Dependerá, según este experto, de las bazas que jueguen cada uno de los países afectados. "El francés se hará valer, y más ahora que de nuevo escuchamos hablar de África como el continente del futuro, y el francés es muy fuerte en África. El alemán tendrá también sus pretensiones, fundadas en el liderazgo político de Alemania y en que es idioma oficial, no lo olvidemos, de dos países de la Unión: Alemania y Austria. Todo lo que pretenda Alemania para el alemán lo debería exigir España para el español, que tiene detrás el empuje de todo el enorme mundo hispanohablante, de gran parte de América. Y todo lo que logremos nosotros para el español lo pedirá Italia para el italiano...".

La clave en la batalla lingüística que se avecina en la UE estará, según este experto, en "cómo se traslade el peso y el momento político de cada país" a los debates y las posibles negociaciones. La Francia de Macron y la Alemania de Merkel parten, por tanto, con cierta ventaja tanto respecto a la Italia inestable de sus recientes elecciones como a la España de Rajoy, al que hay quien ve en fallo multiorgánico, rodeado de problemas de toda índole. Montoro incluido.

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