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En busca de la izquierda perdida

Diputados de ICV-EUiA, ERC, PSC y CUP, juntos en un homenaje a Andreu Nin celebrado en el Parlament.

Creo que mucha gente de izquierdas en Cataluña es consciente que existe una izquierda española, más abierta entre militantes y electores que en las cúpulas políticas e intelectuales, más presente en la sociedad que en las instituciones, más dialogante en los sectores culturales que entre los cargos públicos. Es muy difícil esperar la mínima comprensión para dialogar con los actuales dirigentes del PSOE, puesto que niegan el derecho de los interlocutores catalanes -sean de partidos, sindicatos o movimientos sociales- de ser lo que son, representantes de un pueblo que manifiesta voluntades colectivas.

Pero no todo se reduce a muertos vivientes. En el conjunto de España hay fuerzas sociales e intelectuales que expresan una sociedad -una parte de ella- que aspira a encontrar un camino a la izquierda. Véanse por ejemplo el rechazo de las politicas económicas del gobierno actual y del anterior, la extensión por el territorio del movimiento 15-M o colectivos similares, las tomas de posición de los sectores culturales frente a la crisis y contra la degeneración democrática o el crecimiento de Izquierda Unida. El PP, UDyP y en parte el PSOE excitan un populismo rastrero contra 'los catalanes', intentando desviar la reacción social, por sus políticas antipopulares unos, por electoralismo otros y por españolismo rancio todos. Se trata de una guerra sucia larvada que puede derivar un tragedia. Los aprendices de brujos anuncian una casi irremediable "fractura" para provocarla. Es la profecía del autocumplimiento. Pero hay una alternativa de izquierdas ante el conflicto actual España-Cataluña.

El movimiento popular catalán es una fuerza que cuestiona el régimen político español, la monarquía, los aparatos del Estado -en gran parte contaminados de franquismo-, los privilegios y influencia sobre los gobiernos de la cúpula de la Iglesia, las oligarquías políticas que se han alternado en el Reino de España y han creado una imagen de corrupción generalizada, las políticas neoliberales que enriquecen a un 1% en detrimento del 99%, la sumisión del Estado al gran capital financiero y la colusión entre las cúpulas económicas y las instituciones y dirigencias políticas. Es lógico que desde la izquierda española se desconfíe del gobierno de CiU por sus ideas neoliberales y sus vínculos económicos. Pero ya hemos expuesto que el movimiento popular catalán solamente en parte y muy precariamente lo lideran CiU y ERC. Ésta última es la fuerza que por ahora obtiene más réditos electorales y su base social y electoral tiende más a la izquierda que al centro. La tendencia de CiU a pactar con el gobierno del PP le alejará con gran parte del movimiento popular.

En el movimiento popular catalán se incluye un extenso tejido sociopolítico en gran parte de izquierdas al que ya nos hemos referido. Lo forman los movimientos sociales en auge, los sindicatos de trabajadores, las entidades profesionales y culturales, las ONG y colectivos alternativos, las asociaciones de pequeños empresarios y de cooperativistas, y las organizaciones y plataformas -ya sean independentistas, como el Procés Constituent, o no independentistas pero a favor del derecho a decidir, como el Frente Cívico, de base en gran parte obrera en la que conviven generaciones veteranas y jóvenes-.

Es un movimiento que desborda ampliamente a los partidos de izquierda, aunque los incluye: los postcomunistas de ICV-EUiA, los independentistas de la CUP y una parte de la militancia y electorado socialista. Podemos lamentar que el independentismo haya integrado y hasta cierto punto ocultado las reivindicaciones sociales, pero éstas están presentes y vivas en el movimiento popular. Por otra parte, el movimiento independentista en su conjunto pone en cuestión el régimen político actual y agudiza su crisis, tanto del modelo político conservador como del ideario reaccionario sobre España. Algo que las izquierdas catalanas debieran compartir con las izquierdas españolas.

También es cierto que hay sectores de izquierda que no están en el movimiento. Son minorías, una parte de la militancia y el electorado socialista, sectores radicalmente clasistas que conciben de forma estricta el conflicto social entre capitalistas y proletarios, y el federalismo difuso que aparece no como una tercera vía sino más bien como una hipótesis teórica que por ahora no encuentra más apoyo que algunos colectivos bienintencionados entre profesionales, universitarios y algunos sindicalistas. Ni es una reivindicación arraigada en el pueblo catalán, que siente ahora en su mayoría una gran desconfianza en el Estado español, ni forma parte del ADN de la cultura política española dominante, que comparten PP y PSOE. La debilidad de la izquierda, sin embargo, no está en la base social del movimiento popular, ni en los sectores de izquierda que están al margen o en contra de aquel. Está en las fuerzas políticas catalanas.

¿Es posible situar al PSC en el ámbito de la izquierda y en el movimiento popular catalán? El PSC tiene raíces en la izquierda tanto marxista como social-liberal. Y la mayoría de su núcleo fundacional en los años 70 procedía de la tradición socialdemócrata de izquierdas y del catalanismo favorable a la autodeterminación y a un federalismo avanzado. Pero el partido se instaló en las instituciones. Se generó una casta de recién llegados que encontraron en los cargos públicos y sus entornos su modo de vida y se encontraron con dos líderes que les garantizaban los votos. Uno fue Maragall, que arrasaba en Barcelona y su prestigio irradió progresivamente en toda Cataluña. Recibía apoyos diversos: el catalanismo de izquierda, parte de los votantes del PSUC (a partir de la crisis de 1981) y de la extrema izquierda, sectores medios urbanos barceloneses especialmente...

El otro era Felipe González, que representaba a la izquierda posible en la España de la transición y tenía un especial predicamento entre los sectores populares y medios de origen no catalán. El partido de Maragall se ha diluido y el arrastre político de los personajes más o menos próximos a él son prácticamente marginales en el partido y excepto algunos casos locales, tampoco poseen patrimonio electoral. El prestigio de Felipe González forma parte del pasado y sus declaraciones españolistas no convencen a una parte de los votantes socialistas.

El PSC ahora está demasiado supeditado al PSOE para tener una participación activa en el movimiento popular catalán, pero tampoco está del todo en contra. Defiende la consulta en unos términos tan restrictivos -que sea legal según lo interpreta el gobierno español para que no haya consulta- que quiere aparecer como equidistante, pero en la realidad política se coloca sin querer en fuera de juego y puede ser arrastrado hacia el PP y Ciutadans, que le hacen llamamientos explícitos. Hay un voto al PSOE no despreciable en Cataluña, pero va de baja, por su evidente anticatalanismo y por por su corresponsabilidad en la crisis y en las políticas posteriores. En resumen, el socialismo es el hombre enfermo de la política catalana. Ni carne ni pescado la ballena, es decir la ciudadanía, es posible que el PSC sea expulsado a la marginalidad o se encuentre atado a un pacto fraudulento entre PP y PSOE. Sería una nueva versión del café para todos revestido por una cierta retórica federalizante mientras la oligarquía política española sea lo que es.

El otro partido de izquierda -en realidad son varios partidos- con una presencia significativa en el ámbito institucional es la coalición Iniciativa per Catalunya Verds-Esquerra Unida i Alternativa (ICV-EUiA). Iniciativa, el partido más fuerte entre los herederos del PSUC, se destiñó de rojo para aparecer más verde y seguramente lo consiguió en exceso. Pero su práctica y su imagen tienden a recuperar un tinte más rojizo, lo cual le acerca a sus socios de coalición y a una parte importante de lo que se mueve a la izquierda de los socialistas y de los sectores desilusionados del PSC.

La coalición ICV-EUiA tiende a recuperar el discurso y la práctica de lo que fue el PSUC de los años 60 y 70. Está claramente en el campo de defender la consulta, el derecho a decidir, pero no se pronuncian sobre la independencia. Una parte de sus dirigentes, militantes y electores la defiende; otros plantean una salida más similar a un federalismo asimétrico, es decir, con un estatus específico para Cataluña. Pero la cuestión hoy es independencia sí o no. Pueden cambiar los términos pero ahora el discurso independentista es claramente hegemónico. Si no se posicionan entre estas dos opciones, que son las que están en la calle y en la opinión pública, cada día se encontraran más en tierra de nadie. Por ahora su posición firme en defensa de la consulta sobre el derecho a decir los mantiene en el movimiento pero a remolque del mismo. Hay razones para optar a favor de la independencia hoy.

El movimiento popular independentista es la única opción a la que el régimen español un momento u otro deberá reaccionar. Le obliga a actuar y sea cual sea su respuesta le debilitará, puesto que tanto si opta por la represión o por la cesión se le condenará. Sus silencios despreciativos, sus amenazas barriobajeras, su discurso anacrónico propio del españolismo franquista, su incapacidad para presentar ofertas que obliguen al diálogo y a la negociación, su incomprensión de que para la opinión pública la consulta sobre el futuro conjunto es considerado un derecho democrático elemental... Este cúmulo de perversidad, ignorancia y incompetencia transmite indignación moral, cansancio histórico y deseo de cambio radical.

Las izquierdas catalanas y españolas deberían acercarse a un escenario común, respetando el derecho de unos a reclamar el derecho a la independencia y el de los otros a proponer un pacto que reconozca un autogobierno real en un marco político pactado. Se trata de convertir algo que ahora perturba a las izquierdas de uno y otro lado en una oportunidad histórica de cambiar un régimen político podrido, y al mismo tiempo establecer una relación positiva entre Cataluña y el Estado español, que puede ser la independencia, la relación confederal o un federalismo sui generis que reconozca un estatus específico de autogobierno a Cataluña. En el corto plazo sería ya un avance un pacto de no agresión y promover dinámicas paralelas contra el gobierno del PP, alternativas económicas y sociales, propuestas de reforma política propias de la democracia a todos los niveles, iniciativas culturales, denuncia de la corrupción y cuestionamiento de la monarquía.

Por este camino las dinámicas paralelas pueden ser convergentes.

Para ello es necesario construir una fuerza política en Cataluña que sea una alternativa no al movimiento popular sino al liderazgo de CiU con el apoyo de ERC. En este sentido ICV y EUiA tienen una responsabilidad especial. Pueden a la vez atraer a sectores socialistas e incluso del área de Convergencia y de ERC (si continua pegada a CiU) y ser un referente político para el magma de plataformas y colectivos que son gran parte del activismo dentro del movimiento popular: los movimientos y organizaciones sociales y sindicales, el Frente Cïvico, el Procés Constituent, el Parlamento ciudadano... Lógicamente la CUP debería aliarse con este bloque y ERC también. No se puede dialogar con la izquierda española si no se tiene una cierta posición de fuerza dentro del movimiento popular catalán.

¿Y los federalistas de izquierdas catalanes? Hay que reconocer que fueron los primeros en apuntarse a una 'tercera vía' que luego han seguido, cada uno a su manera, Duran i Lleida y Sánchez Camacho. Nuestros federalistas locales tienen la buena intención de evitar conflictos y buscar entre todos salidas razonables. Olvidan que en política se crea un escenario de negociación razonable si previamente se ha generado una relación de fuerzas que impele a las partes a negociar. Ellos no tienen fuerza detrás ni delante. En Cataluña la única fuerza que tiene una propuesta política confrontada con el gobierno español es el movimiento por el derecho a decidir y la independencia -si no hay otra salida que no sea el status actual-.

Para mayor frustración de los federalistas, ni el gobierno ni los principales partidos estatales no son ni quieren ser federalistas (PSOE incluído, como se demostró en su manifiesto de Granada). El federalismo es hoy una posición intelectual sobre las ideologías y las confusiones de lenguaje. Por ahora reúne a simpáticos cani sciolti de la política que no encuentran muchos receptores.

¿Pero dónde está la izquierda española con la cual dialogar? El PSOE y sus entornos existen pero son muy poco de izquierdas, muy conservadores del régimen actual a la espera de que les toque por turno volver al gobierno. No son capaces ni de dialogar seriamente con su partido hermano en Catalunya, el PSC. No aceptan la consulta, no reconocen capacidad al pueblo catalán para expresar sus aspiraciones y obviamente no aceptan la posibilidad de su independencia. Sin embargo, precisamente plantear la opción independentista es el factor que genera un escenario de diálogo. Es como una huelga: sin este derecho no hay negociación con la patronal.

Plantear la independencia con un fuerte apoyo social es la única forma de negociar una relación nueva entre Cataluña y el Estado español. Hoy por hoy las cúpulas del PSOE comparten con la derecha (PP y UPD) una concepción del Estado unitarista, uniformista y centralista que no deja espacio a la negociación de un estatus diferenciado y un alto nivel de autogobierno de Cataluña. ¿Y el federalismo? Nunca el PSOE ha planteado un federalismo por mucho que la palabra salga en sus documentos y nunca ha aceptado la especificidad de Cataluña.

Existe Izquierda Unida, que apoya claramente el derecho a la autodeterminación pero rechaza la independencia. Es una posición más abierta, permite negociar, pero sus posiciones clasistas básicas (ricos-pobres, capitalistas-trabajadores, oligarquía-pueblo) están muy en primer plano y no le permiten ver todo el potencial transformador del movimiento popular catalán. El cual coincide en gran parte con sus posiciones: acabar con el actual régimen político español, promover modelos economico-sociales alternativos, reconocer la plurinacionalidad de España. Es comprensible que no sean “independentistas catalanes” pero esperemos que acepten esta posibilidad si así lo quiere el pueblo catalán. En todo caso es significativo que la dirección de IU, por medio de Cayo Lara, haya expresado su total apoyo al derecho a decidir como lo es también la proclamación por parte del lider del Sindicato Andaluz de los Trabajadores, Diego Cañamero, del derecho de los catalanes a ser independientes.

Obviamente hay un vasto tejido socio-político y cultural en España. Progresista y en parte en activo o potencialmente de izquierdas, diverso, con actitudes contradictorias o en todo caso heterogéneas. Pero que en general no entiende y no le interesa demasiado el caso catalán. Lo ven como una postura arrogante o egoísta. Consideran el movimiento popular como una operación manipuladora de la derecha catalana. Pero gran parte de los factores y motivos que han generado el movimiento popular catalán son los mismos que indignan a gran parte de los ciudadanos españoles. No parece una tarea imposible que cristalice una movilización social en España cuyos objetivos coincidan en gran parte con los del movimiento catalán como hemos ya citado: la Monarquía, la Constitución, la regeneración de la política, las políticas económicas, los privilegios de la Iglesia y la misma idea reaccionaria de España. Para lo cual debiera, sin embargo, que en este proceso se constituyera una fuerza o bloque político que articule este magma socio-político ahora muy fragmentado.

En resumen. Tenemos el problema en España, en su régimen político y en la mala idea propia de la España vieja y reaccionaria que contamina a la cultura política española. El movimiento popular catalán es un síntoma del problema y puede ser una parte de la solución. Su existencia y desarrollo pueden contribuir bastante a acabar con el actual régimen siempre que en el conjunto de España se desarrollen dinámicas similares. La mala idea de España agoniza, es decir lucha por vivir, por hacernos malvivir a todos. No acabaremos con el régimen político español, condición previa para una segunda transición, sin dar la batalla cultural contre la idea de España que subyace en el pensamiento y la política que nos ha llevado a la degeneración de la democracia. Una vez más corresponde como siempre a las izquierdas y a las clases populares estar al frente del combate por una recuperación del proceso democrático. La solución para Cataluña es parte de la solución para España. Tenemos que entendernos.

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21 de octubre de 2013 - 16:08 h

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