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Nos pertenece

Imagen de la Rambla en 1957

Pepe Carvalho mira la Rambla desde la ventana de su oficina. Está cansado. Desde esa atalaya ha visto pasar miles de manifestaciones, persecuciones policiales y, sobre todo, la misma vida. Biscuter da la lata, como siempre. Jefe, ¿le recaliento las crepes de pies de cerdo y alioli que sobraron de ayer? Sorprendentemente no tiene hambre. No responde y antes de cerrar la persiana da una última ojeada a la parte baja de la avenida en esa tarde lluviosa. Tres hombres con gabardina y paraguas la descienden con Colón y la torre de Jaume I al fondo. Català Roca los inmortaliza.

Un poco más arriba los burgueses se amontonan para entrar al Liceu. Lucen sus mejores galas, llegan con sus mejores coches y se asombran por la presencia de personalidades literarias e históricas. En el quinto piso Santiago Salvador piensa repetir su atentado del siete de noviembre de 1893. Ignacio Agustí, un poco enajenado tras su conversión al OPUS, ríe por el eterno éxito de Mariona Rebull, mientras Ramón Casas observa con atención todo el panorama para inmortalizarlo y trasladarlo a los paneles del círculo.

Silencio, entran los señores. Afuera los obreros se manifiestan para reivindicar esa vertiente olvidada de la Rambla, en realidad una gran desconocida para los barceloneses, que la gozan con tópicos. Un trabajador de la CNT se da la mano, algo milagroso, con otro de la UGT en recuerdo de la gloriosa huelga de agosto de 1917. Creen que los polis los persiguen, corren hacia la casa Bruno Cuadros, la de los paraguas, y cuando están en el Pi respiran aliviados. Los agentes del orden, representantes del ejército español, no iban contra ellos, sino a reventar la sede del Cu-cut, ese diario que se atrevió a decir en una viñeta, en 1905 las personas tenían la piel casi tan fina como ahora, que los soldados no podían ganar nada y que los festejantes de una victoria eran los chicos de la Lliga en el Frontón Condal, entusiastas con su cupo en las municipales.

En el Pi un chico guapo con pinta de charnego, una palabra que por suerte usamos poco, mueve la cabeza de lado a lado para comprobar si el dueño de una moto no está al acecho. Duda, se abalanza sobre el vehículo y Àngel Guimerà se escandaliza al salir de una farmacia donde tiene una tertulia por la reacción del murciano, ensimismado y raudo hacia el Carmelo, monte pelado al que sólo puede llegar con un vehículo motorizado porque el Franquismo no les ha dado ni asfalto, ni escuela ni autobuses.

Manolo Reyes, el nombre auténtico del Pijoaparte, mira de soslayo a sus alrededores y decide bajar la Rambla. No le interesan la Boqueria ni el primer centro comercial de la Historia de Barcelona, los almacenes Santa Eulalia, pero se entusiasma con una morenaza que Pomés capta con su cámara en ese lejano 1957.

En su enfebrecido descenso casi topa con los marines de la sexta flota, se carcajea de Ocaña y sus performances en el café de la Ópera y siente la tentación de saludar a Josep Pla. El escritor tiene una tarda poco inspirada, ha salido de la sede de las Noticias, sita en el 19 de la Rambla, para inventarse alguna, redactarla a toda pastilla, criticar la estatua de Pitarra, siempre dice que la base es una especie de sidecar, y acercarse cuando termine la jornada laboral al Ateneu del carrer Canuda a ver si están Plana, Pujols, D’Ors, Sagarra u otros componentes de su famosa peña.

Pla, que en la Girona de su adolescencia metía mano a las chicas del mercado, está tan absorto en la escultura del autor teatral que se pierde la visión de dos señoritas. Aloma pasea a su aire, mientras Colometa respira un aire fresco que nunca más volverá a respirar mientras se acerca al carrer Ferran, antes terminado con un séptimo, y espera unos minutos que pase una procesión de tallas religiosas organizada por los burgueses de la ciudad. ¿No estábamos en 1931? ¿Qué hacen estos señores de 1888 dando la murga con sus tallas medievales?

Aloma quiere ver al tío de América y tiene miedo. Desea descansar en Can Pistoles, actual teatro Capítol, cuando, de repente, ve cómo sacan a un hombre del Hotel Rivoli. George Orwell, en la terraza del café Moka, ni se inmuta y pregunta a uno de los milicianos del POUM sobre si es verdad que el reloj de la Real Academia de Ciencias y artes da la hora exacta.

En el Rivoli, un poco más abajo del Continental donde se hospeda el escritor británico, trabaja el grandísimo Eddy Collins, quien departe con sus amigos de la Canalla Condal y Fernando Atienza, harto de hablar con un crítico de arte y en plena paranoia de recuerdo de esa mañana del atraco al Banco Central entre Watusis y jamones robados en el mercado que venden heroinómanos como si nada nada.

Afuera, un galán asciende la avenida. Caminava, una mica insegur, un home gris de galtes indefinides, d’edat indefinida, amb l’estómac ple de whisky i el cor ple de roses vermelles...

Bobby Xuclà saluda a Jordi Corominas, nada habitual de la Rambla porque en su memoria nada borrará la magia de una noche donde se quedó solo en casa y se aventuró a descubrir su Barcelona. Hasta aquel entonces había huido asustado de la plaça Reial, No hi vagis, tampoc al xino, y había celebrado con un a las doce en casa algún título del Barça en la Font de Canaletes, que tampoco le gusta mucho ahora, prefiriendo con gran diferencia el edificio del número 110 en que unos putti dicen en el último piso que ahora son cuatro. Misterio de misterios. También le gusta la casa del Doctor Genové del número 77, medio en serio, medio en coña, porque es de Sagnier. Si en la capital catalana dudas sobre la autoría de una casa la respuesta es sencilla.

Esa noche de 1993 jugó a fútbol con unos alemanes en la plaza Catalunya y descendió la Rambla en soledad. Aún no había mutado en lo que es hoy en día y la encontró vacía, con los escaparates de souvenirs repletos de carnets de Franco y José Antonio además de otras marcianadas increíbles. Al fondo un travesti con bigote fumaba ducados. Luego escuchó la Rambla, de Quimi Portet, y asoció ese instante con esa canción.

Jordi sabe que no vale de nada decir que volveremos a cruzar la Rambla. Ya lo hacemos. Aún yerma están todos los hombres y mujeres de este artículo, y si me apuran la 40 céntimos, la prostituta que guiaba a los trabajadores durante la Semana Trágica. También hay muchos franceses y seres anónimos, nosotros, que siempre estamos porque nos pertenece y nadie nos la quitará.

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21 de agosto de 2017 - 12:12 h

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