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E. C. Pielou, la mujer que elevó el rigor matemático de la ecología

El Día internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia es una gran ocasión para revertir la tendencia de asumir que es un hombre quien está detrás de las iniciales de un nombre importante

Evelyn Chrystalla Pielou, pionera de la ecología moderna, es un ejemplo de cómo las iniciales de investigadores de referencia que se asumen como masculinos pueden esconder el trabajo de grandes científicas

Gran divulgadora científica, E.C. Pielou ayudó a sentar las bases de la bioestadística moderna

E.C. (Chris) Pielou (1924-2016)

E.C. (Chris) Pielou (1924-2016)

Uno de los sesgos más extendidos del sistema patriarcal que afecta a nuestra percepción de la ciencia es la omisión o el desconocimiento del papel de las mujeres  como grandes impulsoras del avance científico. No solo no tenemos conciencia de la importancia de científicas e inventoras como Ada Lovelace o Rosalind Franklin, que han pasado desapercibidas incluso entre aquellos que han seguido sus pasos en la computación o la biología evolutiva, respectivamente. Además, existe un efecto perverso que pasa aún más desapercibido:  el de asumir que los apellidos de investigadores eminentes corresponden con las iniciales de un hombre. 

En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia queremos contribuir a revertir esta tendencia. Para  ello nada mejor que el ejemplo de una de las científicas más relevantes de la ecología cuantitativa del siglo XX, cuyo género es obvio para los ecólogos norteamericanos que coincidieron con ella en congresos, pero que ha pasado desapercibido a muchos ecólogos europeos y de otras partes del mundo, que, al desconocer el nombre que se esconde tras las siglas E.C., asumieron (y asumimos) que se trataba de un hombre. 

Evelyn Chrystalla (Chris) Pielou fue uno de los más prominentes ecólogos del siglo XX (usamos el masculino a propósito). De hecho, fue pionera y fundadora de la Ecología Cuantitativa, una disciplina que se basa en introducir rigor matemático y estadístico a los estudios de ecología. Un rigor que ahora caracteriza a toda la Ecología moderna y que se debe en buena parte a su esfuerzo por poner a las matemáticas al servicio de las demás ciencias

Las aportaciones de Pielou incluyen el índice de equitatividad más utilizado por los ecólogos de comunidades (comunidades equitativas son aquellas en las que ninguna especie domina, en términos de abundancia, a las demás). Pielou contribuyó a dilucidar matemáticamente si un patrón observado en la naturaleza es aleatorio, un paso fundamental para demostrar que hay un factor o mecanismo causal detrás de ese patrón. Incluso fue pionera en incorporar la estructura de las distribuciones geográficas y la historia evolutiva al estudio de la biogeografía moderna, precediendo en varias décadas a dos de las grandes líneas de investigación que actualmente nos ayudan a entender los efectos del cambio global sobre la diversidad. Pero su legado se nota especialmente en la formación cuantitativa que sus dos libros de Ecología Matemática (publicados en 1969 y 1977) han proporcionado a varias generaciones de ecólogos. 

Nacida en 1924 en Inglaterra, ser mujer impidió a E.C. Pielou (como a tantas otras mujeres de su generación) tener una entrada “ortodoxa” en el mundo de la ciencia pues la sociedad de entonces la reservaba para los varones. Conoció a su marido D.P. Pielou (también naturalista) cuando los dos servían en la Royal Navy durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras se dedicaba a criar a sus tres hijos en casa, realizó varios artículos de bioestadística sin ninguna supervisión académica formal, que sin embargo le valieron para obtener su doctorado por la University of London, en 1962. Ya como doctora, consiguió un trabajo como investigadora para el departamento de bosques y agricultura del gobierno canadiense, lo cual le permitió alcanzar una posición como profesora universitaria en 1968, 17 años después de graduarse. A partir de este momento tuvo una vida académica plenamente exitosa en varias universidades canadienses, ganando diversos premios y reconocimientos hasta su jubilación en 1988. 

Lejos de retirarse por completo, durante sus años de madurez escribió varios libros de divulgación, que han transmitido su pasión por la ecología, la paleontología y la vida en el ártico a las generaciones más recientes de naturalistas norteamericanos. Y casi hasta el momento de su muerte en 2016, Chris Pielou continuó trabajando por la conservación de la naturaleza y liderando expediciones naturalistas al ártico. Aunque “haberlos, haylos”, pensemos cuántos hombres de ciencia han seguido desafiando los espacios abiertos y empeñándose en expediciones en condiciones extremas a edades tan avanzadas. 

En general, la mayoría de nosotros tendemos a asignar género a los apellidos cuando los leemos sin un contexto adicional. Desgraciadamente, asociamos con demasiada frecuencia la autoría de publicaciones y el éxito en investigación a la masculinidad. Luchar contra esta construcción social es una tarea a largo plazo, pero no es difícil identificar autor con género. Esta percepción sesgada está desapareciendo conforme aumenta el número de mujeres que dictan conferencias, se presentan en las reuniones de trabajo, firman artículos y encabezan perfiles personales en internet con su nombre completo. Y conforme aumenta el número de las que no renuncian a su apellido cuando se casan. En todas estas situaciones vamos afortunadamente progresando, pero en algunos casos los nombres de investigadoras eminentes del siglo pasado siguen asociándose al género equivocado. 

Haciendo el ejercicio de reexaminar las figuras que han influido e influyen en nuestra disciplina científica podemos encontrarnos con sorpresas como la que contamos aquí. De hecho, la trayectoria de E.C. Pielou no ha pasado desapercibida entre los ecólogos, sino todo lo contrario. El premio a los jóvenes investigadores en Ecología Estadística de la Ecological Society of America lleva su nombre. Sin embargo, muchos científicos, incluyendo buena parte de los colaboradores de esta sección y de otros colegas a los que hemos consultado, no nos habíamos planteado que fuera una mujer. Como comenta Jean Lagenheim en su revisión sobre las primeras ecólogas, aunque ha de llegar un momento en que ya no se necesite discutir el papel de las mujeres a la ecología, todavía sigue siendo más que necesario resaltar las dificultades personales y sociales que tuvieron que afrontar para realizar su trabajo y poner en su justa medida la magnitud de las contribuciones realizadas por estas grandes científicas.

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